La preparación para la próxima estación estaba en las manos apresuradas de Florencio. Los sábados iban completando cada parte de la huerta. Toda semilla ya estaba bajo tierra. Los canteros de lechuga de varias clases; de escarola; de achicoria; de cebollas de corte, de cabeza, de verdeo; bajo cubierta estaban dos tipos de tomate; de pimientos; ya se habían puesto los plantines de alcaucil y las esparragueras; el perejil de varias clases; las plantitas de salvia, de orégano; las acelgas y espinacas; las habas. Ahora estaban abocados a sembrar la alfafa para los animales de la granja. Poseían dos arados de reja y dos caballos percherones y con ellos hicieron el sembrado más gozoso de su vida: el primero. Las casillas de los cerdos, los gallineros quedaron también terminados junto a las conejeras con la diligencia de los brazos cooperativos, los de aquellos que nunca habían trabajado juntos y que ora una de estas cosas ora la otra tenían en su casa sin integrarse como un pobrísimo complemento a la canasta familiar. Ahora belleza y utilidad y orden se conjugaban en el primer emprendimiento de la cooperativa. Faltaban los árboles del huerto.
Junto a la acequia cercaron un espacio con plantas de diversos tipos de durazno; plantas de damasco, de almendro, de nogal y de diversos cítricos. Detrás sobre la colina colocaron pinos de barrera por el sur para tener hongos o setas como le llamaba Florencia. Evidentemente pasarían una primavera, la primera, que no tendría igual por verse el fruto del trabajo floreciendo todo junto.
Nada raro cuando se está en medio de la ubérrima naturaleza y se coloca toda la fuerza con devoción a favor de su poder que busca salir afuera y manifestarse. Era indecible la expectativa de los dos esposos ante cada plantita que se había plantado y ante cada semilla en esa situación promisoria de recién casados. Ellos estaban en una primavera, la de sus vidas y se sentían agradecidos a la fuerza que los hacía crecer: aquella que llaman en todas partes "amor".
Junto a la acequia cercaron un espacio con plantas de diversos tipos de durazno; plantas de damasco, de almendro, de nogal y de diversos cítricos. Detrás sobre la colina colocaron pinos de barrera por el sur para tener hongos o setas como le llamaba Florencia. Evidentemente pasarían una primavera, la primera, que no tendría igual por verse el fruto del trabajo floreciendo todo junto.
Nada raro cuando se está en medio de la ubérrima naturaleza y se coloca toda la fuerza con devoción a favor de su poder que busca salir afuera y manifestarse. Era indecible la expectativa de los dos esposos ante cada plantita que se había plantado y ante cada semilla en esa situación promisoria de recién casados. Ellos estaban en una primavera, la de sus vidas y se sentían agradecidos a la fuerza que los hacía crecer: aquella que llaman en todas partes "amor".