sábado, 29 de septiembre de 2012

La preparación para la próxima estación estaba en las manos apresuradas de Florencio. Los sábados iban completando cada parte de la huerta. Toda semilla ya estaba bajo tierra. Los canteros de lechuga de varias clases; de escarola; de achicoria; de cebollas de corte, de cabeza, de verdeo; bajo cubierta estaban dos tipos de tomate; de pimientos; ya se habían puesto los plantines de alcaucil y las esparragueras; el perejil de varias clases; las plantitas de salvia, de orégano; las acelgas y espinacas; las habas. Ahora estaban abocados a sembrar la alfafa para los animales de la granja. Poseían dos arados de reja y dos caballos percherones y con ellos hicieron el sembrado más gozoso de su vida: el primero. Las casillas de los cerdos, los gallineros quedaron también terminados junto a las conejeras con la diligencia de los brazos cooperativos, los de aquellos que nunca habían trabajado juntos y que ora una de estas cosas ora la otra tenían en su casa sin integrarse como un pobrísimo complemento a la canasta familiar. Ahora belleza y utilidad y orden se conjugaban en el primer emprendimiento de la cooperativa. Faltaban los árboles del huerto.
Junto a la acequia cercaron un espacio con plantas de diversos tipos de durazno; plantas de damasco, de almendro, de nogal y de diversos cítricos. Detrás sobre la colina colocaron pinos de barrera por el sur para tener hongos o setas como le llamaba Florencia. Evidentemente pasarían una primavera, la primera, que no tendría igual por verse el fruto del trabajo floreciendo todo junto.
Nada raro cuando se está en medio de la ubérrima naturaleza y se coloca toda la fuerza con devoción a favor de su poder que busca salir afuera y manifestarse. Era indecible la expectativa de los dos esposos ante cada plantita que se había plantado y ante cada semilla en esa situación promisoria de recién casados. Ellos estaban en una primavera, la de sus vidas y se sentían agradecidos a la fuerza que los hacía crecer: aquella que llaman en todas partes "amor".  

domingo, 9 de septiembre de 2012

OPERATIO SEQUITUR ESSE

 El drama de estos jóvenes consistió en su consonancia en el ser. Las cosas que los ocupaban eran las del habitar. Flora iba poblando su casa de imaginadas ubicaciones de los enseres y adornos rayanos en una sencillez franciscana. Se había pusto a hacer con una arpilleras unos cuadritos bordados con la sierra y las lomas frente al campo poblado de terneritos que simpemente colgaban de hilos de lana. Rescato muebles y armarios viejos y pintándolos los fue ubicando a satisfacción. En esos días llegaron los baúles y encomiendas por ferrocarril y debieron ir a buscarlos a la pequeña estación volviendo a andar ese camino cerrado por las jarillas en esa mañana donde el azul parecía cosido al montecito. Crepitaban las sierras bajas conforme avanzaban con las cadenciasde la chata Ford. La estación en medio de dos grupos de casas a un lado y otro de la vía, con el clásico almacén de Ramos generales y la agencia postal no sé que en que sueños de intimidades y soledades los hundían.
El jefe de estación los atendió dándoles conversación, propia de quien tiene pocas ocasiones de hablar en las mañanas de su trabajo y ellos respondían con el entusiasmo de quienes ya se sentían miembros del mismo cuadro o personajes de la misma novela. Trazaron todo tipo de vínculos y conversaron de cabritos al asador, pájaros y condiciones del clima propio de la estación que estaba ya llegando. No pudieron ocultar la convrsación sobre la música ante la curiosidad del jefe y despachante de la encomienda:
¿Qué instrumento hay en esa caja? preguntó admirado como vaciando los ojos
Es un armonio, respondió Flora
Al ver la perplejidad del ferroviario pasó a explicarle sus características y cómo era antecesor del piano y la función que tenía con sus pedales y qué tamaño ideal tenía y no mucho peso.
El jefe, que tenía relación con su tío les prometió una visita y ellos lo alentaron con entusiasmo. En esos espacios vacíos los hombres gustan de visitarse y gozan de tales encuentros, en consonancia con las estrellas solitarias que se saludan en la pureza.
Retomaron el camino de vuelta llenos de ansiedad por abrir las encomiendas. Llenos de los aromas fuertes de esos campos llgaron a su casita y con la ayuda de Bernardo y Amelia y la curiosidad de los niños ubicaron todo dentro de la casa y fueron descubriendo el armonio que ubicaron cerca del  ventanal que daba al oeste. Allí nomás se pusieron a limpiarlo y luego todos quisieron ver cómo sonaba tan raro instrumento.
Flora le dio el gusto y tocó unas canciones infantiles que le sonaron muy raras en el lugar. Los niños por cierto quedaron fascinados ante tal novedad que enriquecería su alma providencialmente.
Les llevó bastante tiempo ordenar todo lo recibido, porque había desde ollas d ehierro, barro cocido hasta libros. Cada cosa que ubicaban era como una nota consonante en la sinfonía  del habitar que habían comenzado hacía ya dos meses exactos.
Todo lo que se hacía en esa estancia La Bendición, todas las operaciones eran consonantes con el ser, sin más. En su casa habían sido admitidos hundidos en lo simple, intenso de lo que para siempre y desde siempre quiere ser pensado.