El filósofo
AMIGO le escribía a Florencio regularmente
y sus palabras surgían de sus intensos estudios en Alemania de la abundancia de
su corazón, la reflexión de su espíritu y la contemplación de su mente. La
última carta decía:
“He estado estudiando la Ética aristotélica y
me maravilla su objeto y su unidad. El objeto es la felicidad como fin último
de la vida, la cual es concebida como un acto, no como un estado: es un estar
en acto en vista de un fin.
La
subordinación de los fines nos conduce por necesidad a un fin último al cual
tendemos como arqueros hacia un blanco. Un fin de los fines que si es divino
sin embargo como forma de vida práctica, denominada buena acción, eypragía,
surge de SU BELLA ACCIÓN y produce una forma de vida plena medida por
comparación al hombre sabio y justo, óptimo u hombre paradigmático. El bueno es
quien lo imita y el malo quien no obedece la regla vista en las acciones de
ambos y se desmesura.
La ética
tiene que ver exclusivamente con las acciones no con las cosas y para alcanzar
el fin o el blanco debe adquirir la práctica por la experiencia. No es
geometría que se aprende desde los axiomas sino por el obrar mismo. Esta
experiencia va adquiriendo un hábito que plasma una forma llamada areté,
traducida luego por virtud. Las virtudes también se subordinan en cuanto
alcanzan fines subordinados al último, aquel que los hace fines. Este se llama
felicidad o eydaimonía.
Lo
sorprendente es que no es una cosa o un algo que se alcanza sino que es el
mismo acto en su perfección máxima, es decir regida por la virtud intelectual
de la sabiduría, el acto del NOYS o inteligencia pura.
La
felicidad es pues acto interior del alma intelectual en su virtud más alta y no
algo que viene desde afuera regido por la fortuna. Para los hombres en general
la fortuna es idéntica con la felicidad. Aristóteles acepta una cantidad de
bienes exteriores solo necesarios para ejercer las diversas virtudes y asimismo
un mínimo de infortunios como los de Príamo
La virtud
queda fijada por el ejercicio y por eso se llama “ética”. Comprendo que todo
esto es una antigualla además pisoteada por la educación actual. Pero para mi
maestro no hay más pasado pisado. Cada época es consuma en algo transparente
como lo que he expuesto e integra un presnte: el de la historia de la verdad.
Imaginarán
cuan pleno estoy con todo esto ¡Que una filosofía así haya podido surgir al fin
haciendo justicia! Concuerda los tiempos y concordarán los derechos. Les arrojo
esta pureza, que exige mi maestro en todo, sobre vuestra pureza. Somos ahora jóvenes
y mucho necesitaremos de la verdad para andar por este mundo. Los abraza
vuestro amigo Martín.”
Florencio
leía la carta a Flora con regocijo en su lejano retiro campestre y ambos
pensaron:
“Que bien -dijo
Florencio- yo pensaba que nosotros lisa y llanamente hemos buscado la felicidad
y que esta no consiste en las cosas sino en algo impalpable”.
“Claro –dijo
Flora- yo la siento como una música, que más lo es cuanto más armonía muestra. No
la puedes tomar y atesorar. Surge cuando la ejecutas o compones y parece
evaporarse luego”.
“Sí pero
mira como consiste en las virtudes que surgen del ejercicio deseado en vista
del bien y entonces se fijan en el alma” dijo Florencio.
“Bueno la música
tiene modos y están allí cuando los requieres”, dijo Flora siguiendo con el
ejemplo que conocía.
“Sucede que
esta música es la filosofía porque viene de las Musas” contestó Florencio
recordando las lecciones de su amigo. “Pero ahora aprehendiendo lo invisible
sigamos adelante con nuestra nochecita que aún hay fines subordinados que
atender”, añadió.
Y ambos se
sumergieron en las tareas finales del día alrededor y dentro de la casa
sintiendo que el hogar hacia adonde avanzaban era el fin último.