Jóvenes ellas, llenas de vida, asumieron el morir a las cosas de este mundo en una clausura que era simplemente un "estarse al amado amando". El resto sería dado por añadidura. Así el terreno elegido era en verdad una apertura a lo que las cosas multidiversas cierran y un dejar ser al alma entre las criaturas que a su vez proclaman la gloria de su creador en las tardes y mañanas del paraíso.
Ellas sabían que el pecado le correspondía a los hombres por libre elección y luego por congénita debilidad. Ellas habían contemplado a Jesús en el huerto y pretendían, aunque jóvenes, no escapar a la ofrecida cruz. El modo de hacerlo era disponerse a recibir la gracia que allí brotaba y que debía hallar un lecho por donde correr, un lecho material como el de la acequia que ahora escuchaban murmurar a su lado. Sentían que no sólo no podían desaprovechar el tiempo oportuno para ofrecerse como cauce sonoroso de la gracia sino que debían hacerlo correspondiendo al PLEROMA consumado.
Se les antojaba que la plenitud del tiempo anunciada en los Evangelios en esa sierra podría verificarse en cuanto las horas efectivamente volvían en lo mismo sin medirse desde fuera con hechos o sucesos que significaban la necesidad de los hombres, enajenados al paraíso, podemos decir ahora, voluntariamente ¡Creen los hombres que hay que hacer y hacer! Y así justifican su olvido de aquella plenitud anunciada que ellas esperaban experimentar entre los árboles, arroyos, verdes lomadas, vallecitos ocultos entre ellas, y en la pureza proverbial de las laderas y de la siempre convocante cima de la sierra que se une al éter.
El tiempo allí no se fugaría sino que las abrazaría en un crecimiento en lo mismo durante el rezo de los salmos y los himnos de su libro de oraciones y sobre todo en la adoración del santísimo en la ermita, cada día.
Así lo había hecho el hermano Carlos de Foucauld en los montes Atlas y así lo harían ellas cuando dieran con su cura párroco que les proporcionara la HOSTIA en las debidas condiciones.
Éste no sería otro que nuestro padre Mateo.
Ellas sabían que el pecado le correspondía a los hombres por libre elección y luego por congénita debilidad. Ellas habían contemplado a Jesús en el huerto y pretendían, aunque jóvenes, no escapar a la ofrecida cruz. El modo de hacerlo era disponerse a recibir la gracia que allí brotaba y que debía hallar un lecho por donde correr, un lecho material como el de la acequia que ahora escuchaban murmurar a su lado. Sentían que no sólo no podían desaprovechar el tiempo oportuno para ofrecerse como cauce sonoroso de la gracia sino que debían hacerlo correspondiendo al PLEROMA consumado.
Se les antojaba que la plenitud del tiempo anunciada en los Evangelios en esa sierra podría verificarse en cuanto las horas efectivamente volvían en lo mismo sin medirse desde fuera con hechos o sucesos que significaban la necesidad de los hombres, enajenados al paraíso, podemos decir ahora, voluntariamente ¡Creen los hombres que hay que hacer y hacer! Y así justifican su olvido de aquella plenitud anunciada que ellas esperaban experimentar entre los árboles, arroyos, verdes lomadas, vallecitos ocultos entre ellas, y en la pureza proverbial de las laderas y de la siempre convocante cima de la sierra que se une al éter.
El tiempo allí no se fugaría sino que las abrazaría en un crecimiento en lo mismo durante el rezo de los salmos y los himnos de su libro de oraciones y sobre todo en la adoración del santísimo en la ermita, cada día.
Así lo había hecho el hermano Carlos de Foucauld en los montes Atlas y así lo harían ellas cuando dieran con su cura párroco que les proporcionara la HOSTIA en las debidas condiciones.
Éste no sería otro que nuestro padre Mateo.
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