martes, 11 de diciembre de 2012

EL TIEMPO ERA DE ELLOS

La vuelta a su estancia fue cosa de media hora con el armonioso Ford y fue a la hora del atardecer. Venían conversando animadamente con el tío Tobías de la conversación iniciada en “A LA BÚSQUEDA DEL TIEMPO PERDIDO”. Los había tocado el asunto de la novela contemporánea.
“Tío, dijo Florencio, creo que estamos en la cosa aquí en la Bendición, pero no queremos que se nos escape el tiempo que empezábamos a ver  que sucedía en la ciudad europea”.
“¡Sí pero nosotros fuimos educados por el mar mediterráneo donde está el secreto del tiempo!” dijo  Tobías sentencioso, quien se iba a internar en su ermita a rumiar la Misa como siempre hacía. Ese hacer memoria suya y comer el pan de vida transformándose en Él no lo podía dejar pasar sino hacerlo concentrar con la horas que durante treinta años había atesorado en el campo.
“Aquí está el secreto del tesoro escondido: compramos el sitio donde está enterrado” contestó Florencio entusiasmado.
“Aprendimos allá en el mar de Homero y él nos hizo venir a enterrar el remo” dijo a su vez el tío.
Tobías había avanzado en la posesión de ese tesoro que ahora aumentaba compartiéndolo con los jóvenes que le brindaban gran consuelo en tanto los veía crecer hacia el fundamento de la verdad.
 Era la piedad, era la Iglesia como gran sacramento que le proporcionaba tal plenitud. Eran las palabras de San Pablo que habían hecho camino por varias décadas. Era la gracia aprovechada en la simplicidad. Es decir el mar de San Pablo y el de Homero. Mientras se llenó la cabina del Ford con tanta solemnidad llegaron y Flora se bajó a abrir la tranquera, cosa que le encantaba.
Ahora, ya en la casa,  después de saludar con afecto a sus sobrinos se entró por el sendero del monte para alcanzar su ermita. Ellos lo llenaron de cálidos abrazos de consuelo.
Florencio dejó a Flora en la casa y dio una vueltita por la huerta y vio si estaban encerrados los terneros. Todo estaba en orden y la familia grande se había ido de paseo con perros y todo en la jardinera.
Revisar los sembrados pareció necesario pero, más aún, era un hábito gozoso que llenaba su alma de belleza. Los canteros ya brotados y en orden producían paz. Mientras tanto Flora preparaba las cosas de su casa y disponía la modesta colación y cuando todo estuvo listo cada uno se puso a hacer una tarea en la gran mesa de la cocina pero muy cerca uno del otro como si no quisieran perder ni un minuto para “estar” y respirar el mismo aire.
Como era domingo escribieron respectivas cartas a sus padres al modo paulino para acercar lo lejano y poner un punto de encuentro: aquel que el Señor les prometía en comunión y que todos debían ejercitar con buena voluntad. Sólo ella, la buena disposición, podía aportar lo imprescindible para la existencia: la paz.
Las sierras venían a su encuentro y se bebieron el zumo intenso del ocaso. En silencio dejaron que la noche cayera sobre ellos y los arrebatara con su enorme procesión de estrellas. Ellos no temían aquella pluralidad de luces palpitantes. Estaban incluidos cada noche y vivían el misterio y en el misterio que Pablo llamó “misterio de la piedad”. Allí más adentro y más cerca cada día  sus personas integraban el matrimonio que hacía cinco meses habían contraído y parecía ya de toda una vida, quizás por la sensación de profundidad del sendero estelar que tenían ante sí en la soledad de aquel campo bendito.
La conversación final  e integral del lecho cerraba el círculo del día donde dos se hacían uno en la serenidad suave del espíritu que recibe al Espíritu.

1 comentario:

  1. CORRECCIÓN:"NO QUEREMOS QUE SE NOS ESCAPE EL TIEMPO, PORQUE ESTO ES LO QUE EMPEZÁBAMOS A VER QUE SUCEDÍA EN LA CIUDAD"

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