Lo raro de estos dos jóvenes había sido la prescindencia de aquello que parece constitutivo en los hombres que es la sociedad. Escribieron las cartas con afecto verdadero por sus padres y aquel amigo, el cual confirma precisamente el hecho de que uno no precisa amigos cuando no son como el amigo, es decir, que uno no precisa sociedad, el verse con la gente para sentirse hombre.
Cuando el hombre alcanza a saber que ha sido creado para la cercania con las Personas divinas, para lo que se llama "alabanza de la gloria" entonces se ve desligado de la sociedad con las gentes en el complejo cada vez más intrincado de una ciudad.
Aquí ellos habían establecido por necesidad la colaboración con quienes trabajan en la estancia y se dirigían a ellos en cuanto personas ya que compartían su destino en ese sitio. Pero la necesidad no residía en un vacío que ellos pretendieran llenar sino en una colaboración inteligente para superar las necesidades en una forma de alabanza a quien nos ha dado los bienes de la naturaleza para nuestra vida. La forma elegida por Florencio para la producción era no solo apropiada sino bella: la cooperativa. Era una respuesta social a la sociedad, un testimonio de las personas que no sufren ya más el ser intrumentos de la sociedad o miembros útiles sino fines de la misma.
Florencio tuvo la suerte de haber podido aplicar lo que su amigo iba sabiendo por la divina de las ciencias, la filosofía. Florencio tuvo la posibilidad de aquel campo libre pero para ello tomó una decisión inusual: abandonar lo habitual y propio. Sin embargo había más que esto o mejor dicho era la causa final: el matrimonio con aquella profesora de música infantil que había conocido en su escuela. Y aquí estaba la clave de la diferenciación con lo social: él había sentido que la unión con ella implicaba una diferenciación con ese todo inmediato llamado sociedad, como si ellos fueran, ya unidos en matrimonio, algo absoluto. En verdad lo eran porque al amarse se volvieron personas y así fueron únicos por más que formaran parte de un cielo donde podrían ser tan numerosos como las estrellas de la vía láctea que precisamente en ese momento contemplaban desde la galería de su casita antes de entrar a comer.
Ya era verano y el cielo de esos campos oscuros se les caía encima, en vez de huir se acercaba palpitante.
Ellos como hemos dicho repetidamente experimentaban su situación como algo extraordinario y prodigioso; el estar casados, la novedad del hecho era vivido con la extrañeza de haber nacido de nuevo pero ahora con conciencia plena. "Es claro", les había dicho Mateo, "habéis experimentado el sacramento en estado puro, es decir sin mezcla de sociología alguna".
Y así la plenitud que sentían retirándose al lecho nupcial coronaba el día y lo llenaba de sentido. Si San Agustín escribió aquello de "nos hiciste para tí" ellos podían decir: "nos hiciste para habitar en esta cercanía hasta que reposemos en tí":
Cuando el hombre alcanza a saber que ha sido creado para la cercania con las Personas divinas, para lo que se llama "alabanza de la gloria" entonces se ve desligado de la sociedad con las gentes en el complejo cada vez más intrincado de una ciudad.
Aquí ellos habían establecido por necesidad la colaboración con quienes trabajan en la estancia y se dirigían a ellos en cuanto personas ya que compartían su destino en ese sitio. Pero la necesidad no residía en un vacío que ellos pretendieran llenar sino en una colaboración inteligente para superar las necesidades en una forma de alabanza a quien nos ha dado los bienes de la naturaleza para nuestra vida. La forma elegida por Florencio para la producción era no solo apropiada sino bella: la cooperativa. Era una respuesta social a la sociedad, un testimonio de las personas que no sufren ya más el ser intrumentos de la sociedad o miembros útiles sino fines de la misma.
Florencio tuvo la suerte de haber podido aplicar lo que su amigo iba sabiendo por la divina de las ciencias, la filosofía. Florencio tuvo la posibilidad de aquel campo libre pero para ello tomó una decisión inusual: abandonar lo habitual y propio. Sin embargo había más que esto o mejor dicho era la causa final: el matrimonio con aquella profesora de música infantil que había conocido en su escuela. Y aquí estaba la clave de la diferenciación con lo social: él había sentido que la unión con ella implicaba una diferenciación con ese todo inmediato llamado sociedad, como si ellos fueran, ya unidos en matrimonio, algo absoluto. En verdad lo eran porque al amarse se volvieron personas y así fueron únicos por más que formaran parte de un cielo donde podrían ser tan numerosos como las estrellas de la vía láctea que precisamente en ese momento contemplaban desde la galería de su casita antes de entrar a comer.
Ya era verano y el cielo de esos campos oscuros se les caía encima, en vez de huir se acercaba palpitante.
Ellos como hemos dicho repetidamente experimentaban su situación como algo extraordinario y prodigioso; el estar casados, la novedad del hecho era vivido con la extrañeza de haber nacido de nuevo pero ahora con conciencia plena. "Es claro", les había dicho Mateo, "habéis experimentado el sacramento en estado puro, es decir sin mezcla de sociología alguna".
Y así la plenitud que sentían retirándose al lecho nupcial coronaba el día y lo llenaba de sentido. Si San Agustín escribió aquello de "nos hiciste para tí" ellos podían decir: "nos hiciste para habitar en esta cercanía hasta que reposemos en tí":
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