¡Ah esos campos en el comienzo del verano llaman a cabalgar! Caballos no faltaban en la bendición y quien tiene caballos y los ve pastando en los campos sí que ha visto y sentido algo máximo en cuanto a lo que se llama vida.
Florencio tenía su alazán y cada día amaba más su nobleza. Es verdad que lo cepillaba y lo cuidaba como ciertas mujeres a sus perritos en las ciudades. No quiero menospreciar a estos animalitos encerrados en su pequeños espacios citadinos y a sus amas pero el caballo de que hablo es el que es uno con la tierra que habita, no el del hipódromo.
El caballo es lo más cercano a lo que el hombre llama libertad pero al mismo tiempo a lo que antiguamente se consideraba nobleza y que los griegos llamaban ARETÉ.
¡Qué noble fuerza con medida la de estos animales que sienten los campos como nosotros sentiremos en lo que llamamos paraíso y que notoriamente hemos perdido! Ellos respiran beatitud: hay que verlos en esos montes resoplando paz y enseñando vida comunitaria, aquella que los hombres viven predicando en vacío. Y sin embargo se entregan con dignidad al servicio del jinete que los monta con respeto y al cual se acostumbran.
¿Hay un sonido más acompasado y discreto que el paso de un caballo bien montado? Algo más mesurado que el trote de un caballo de sulky por un camino de tierra? Algo más sano que el galope? Sí que depende del uso que le dan los hombres pero sabemos del espíritu de sacrificio que han tenido a lo largo de la historia.
Aquí ya estamos en el lugar redentor para ellos que andan por los cuadros como Adán y Eva antes del pecado. El hombre aprende del caballo cuando él mismo está relativamente sosegado y le devuelve con admiración su condición de cercanía con respecto a la tierra.
El indio sin noción de humanidad adquiría ternura con el caballo a sus solas. El caballo en su habitat perfecto, una estancia como la Bendición, alcanza la categoría de santidad y beatifica los ojos de los inquietos e impredecibles hombres.
Florencio más y más salía con Bernardo a recorrer esos campos de Dios y llegaban los momentos de las grandes faenas. Rosendo al fondo del campo daba cuenta de sus recorridos y del estado general de los vacunos y cuando tenían que buscar una vaca perdida se ponían en camino entre los árboles y arbustos por las sendas que los mismos animales hacen y era un contento el arreo de uno o más vacunos por la destreza de los caballos que parecían mandar ellos en los momentos de las corridas. Ellos saben cuando y por donde doblar y encimarse a los novillos rebeldes y a los terneritos asustadizos. Es en esas ocasiones donde muestran su saber que requiere sabiduría en el jinete para no destemplar los movimientos adecuados y tiranizar la nobleza de quienes lo sirven a la perfección. Porque la sabiduría es saber interpretar y no imponer lo que les parece ser. No hay capricho que valga en el buen gaucho que admira a su pingo.
Florencio había estado todo el día siguiente en buscar animales del cuadro del fondo del campo para pasarlos al de la represa del medio y los vacunos aquerenciados no lo permitían fácilmente, desconocedores de la economía y el manejo del establecimiento. Ellos defendían sus senderos y su permanencia y desde su habitar tenían razón. Pero más no se podía: había que cosificarlos un mínimo a los vacunos destinados al consumo y a la venta, cosa que no ocurría con los caballos.
Así cuando llegó a su casa por la tarde su alma era campo y nobleza gaucha. Flora admirada le hablaba sin muchas respuestas. Al verlo en ese estado le dio la merienda y se sentó al armonio para ponerle música a la armonía de su esposo. Y la tarde caía y las horas volvían y el tiempo se hacía espeso entre miles de aves compañeras que eran dueñas del monte de árboles y del cielo.
Había llegado la hora de la liturgia diaria que es el orden que desde San Benito se le puso a los días después de la venida del Redentor del hombre y de la naturaleza.
Florencio tenía su alazán y cada día amaba más su nobleza. Es verdad que lo cepillaba y lo cuidaba como ciertas mujeres a sus perritos en las ciudades. No quiero menospreciar a estos animalitos encerrados en su pequeños espacios citadinos y a sus amas pero el caballo de que hablo es el que es uno con la tierra que habita, no el del hipódromo.
El caballo es lo más cercano a lo que el hombre llama libertad pero al mismo tiempo a lo que antiguamente se consideraba nobleza y que los griegos llamaban ARETÉ.
¡Qué noble fuerza con medida la de estos animales que sienten los campos como nosotros sentiremos en lo que llamamos paraíso y que notoriamente hemos perdido! Ellos respiran beatitud: hay que verlos en esos montes resoplando paz y enseñando vida comunitaria, aquella que los hombres viven predicando en vacío. Y sin embargo se entregan con dignidad al servicio del jinete que los monta con respeto y al cual se acostumbran.
¿Hay un sonido más acompasado y discreto que el paso de un caballo bien montado? Algo más mesurado que el trote de un caballo de sulky por un camino de tierra? Algo más sano que el galope? Sí que depende del uso que le dan los hombres pero sabemos del espíritu de sacrificio que han tenido a lo largo de la historia.
Aquí ya estamos en el lugar redentor para ellos que andan por los cuadros como Adán y Eva antes del pecado. El hombre aprende del caballo cuando él mismo está relativamente sosegado y le devuelve con admiración su condición de cercanía con respecto a la tierra.
El indio sin noción de humanidad adquiría ternura con el caballo a sus solas. El caballo en su habitat perfecto, una estancia como la Bendición, alcanza la categoría de santidad y beatifica los ojos de los inquietos e impredecibles hombres.
Florencio más y más salía con Bernardo a recorrer esos campos de Dios y llegaban los momentos de las grandes faenas. Rosendo al fondo del campo daba cuenta de sus recorridos y del estado general de los vacunos y cuando tenían que buscar una vaca perdida se ponían en camino entre los árboles y arbustos por las sendas que los mismos animales hacen y era un contento el arreo de uno o más vacunos por la destreza de los caballos que parecían mandar ellos en los momentos de las corridas. Ellos saben cuando y por donde doblar y encimarse a los novillos rebeldes y a los terneritos asustadizos. Es en esas ocasiones donde muestran su saber que requiere sabiduría en el jinete para no destemplar los movimientos adecuados y tiranizar la nobleza de quienes lo sirven a la perfección. Porque la sabiduría es saber interpretar y no imponer lo que les parece ser. No hay capricho que valga en el buen gaucho que admira a su pingo.
Florencio había estado todo el día siguiente en buscar animales del cuadro del fondo del campo para pasarlos al de la represa del medio y los vacunos aquerenciados no lo permitían fácilmente, desconocedores de la economía y el manejo del establecimiento. Ellos defendían sus senderos y su permanencia y desde su habitar tenían razón. Pero más no se podía: había que cosificarlos un mínimo a los vacunos destinados al consumo y a la venta, cosa que no ocurría con los caballos.
Así cuando llegó a su casa por la tarde su alma era campo y nobleza gaucha. Flora admirada le hablaba sin muchas respuestas. Al verlo en ese estado le dio la merienda y se sentó al armonio para ponerle música a la armonía de su esposo. Y la tarde caía y las horas volvían y el tiempo se hacía espeso entre miles de aves compañeras que eran dueñas del monte de árboles y del cielo.
Había llegado la hora de la liturgia diaria que es el orden que desde San Benito se le puso a los días después de la venida del Redentor del hombre y de la naturaleza.