martes, 26 de febrero de 2013

LA NOBLEZA DEL CABALLO

¡Ah esos campos en el comienzo del verano llaman a cabalgar! Caballos no faltaban en la bendición y quien tiene caballos y los ve pastando en los campos sí que ha visto y sentido algo máximo en cuanto a lo que se llama vida.
Florencio tenía su alazán y cada día amaba más su nobleza. Es verdad que lo cepillaba y lo cuidaba como ciertas mujeres a sus perritos en las ciudades. No quiero menospreciar a estos animalitos encerrados en su pequeños espacios citadinos y a sus amas pero el caballo de que hablo es el que es uno con la tierra que habita, no el del hipódromo.
El caballo es lo más cercano a lo que el hombre llama libertad pero al mismo tiempo a lo que antiguamente se consideraba nobleza y que los griegos llamaban ARETÉ.
¡Qué noble fuerza con medida la de estos animales que sienten los campos como nosotros sentiremos en lo que llamamos paraíso y que notoriamente hemos perdido! Ellos respiran beatitud: hay que verlos en esos montes resoplando paz y enseñando vida comunitaria, aquella que los hombres viven predicando en vacío. Y sin embargo se entregan con dignidad al servicio del jinete que los monta con respeto y al cual se acostumbran.
 ¿Hay un sonido más acompasado y discreto que el paso de un caballo bien montado? Algo más mesurado que el trote de un caballo de sulky por un camino de tierra? Algo más sano que el galope? Sí que depende del uso que le dan los hombres pero sabemos del espíritu de sacrificio que han tenido a lo largo de la historia.
Aquí ya estamos en el lugar redentor para ellos que andan por los cuadros como Adán y Eva antes del pecado. El hombre aprende del caballo cuando él mismo está relativamente sosegado y le devuelve con admiración su condición de cercanía con respecto a la tierra.
El indio sin noción de humanidad adquiría ternura con el caballo a sus solas. El caballo en su habitat perfecto, una estancia como la Bendición, alcanza la categoría de santidad y beatifica los ojos de los inquietos e impredecibles hombres.
Florencio más y más salía con Bernardo a recorrer esos campos de Dios y llegaban los momentos de las grandes faenas. Rosendo al fondo del campo daba cuenta de sus recorridos y del estado general de los vacunos y cuando tenían que buscar una vaca perdida se ponían en camino entre los árboles y arbustos por las sendas que los mismos animales hacen y era un contento el arreo de uno o más vacunos por la destreza de los caballos que parecían mandar ellos en los momentos de las corridas. Ellos saben cuando y por donde doblar y encimarse a los novillos rebeldes y a los terneritos asustadizos. Es en esas ocasiones donde muestran su saber que requiere sabiduría en el jinete para no destemplar los movimientos adecuados y tiranizar la nobleza de quienes lo sirven a la perfección. Porque la sabiduría es saber interpretar y no imponer   lo que les parece ser. No hay capricho que valga en el buen gaucho que admira a su pingo.
Florencio había estado todo el día siguiente en buscar animales del cuadro del fondo del campo para pasarlos al de la represa del medio y los vacunos aquerenciados no lo permitían fácilmente, desconocedores de la economía y el manejo del establecimiento. Ellos defendían sus senderos y su permanencia y desde su habitar tenían razón. Pero más no se podía: había que cosificarlos un mínimo a los vacunos destinados al consumo y a la venta, cosa que no ocurría con los caballos.
Así cuando llegó a su casa por la tarde su alma era campo y nobleza gaucha. Flora admirada le hablaba sin muchas respuestas. Al verlo en ese estado le dio la merienda y se sentó al armonio para ponerle música a la armonía de su esposo. Y la tarde caía y las horas volvían y el tiempo se hacía espeso entre miles de aves compañeras que eran dueñas del monte de árboles y del cielo.
Había llegado la hora de la liturgia diaria que es el orden que desde San Benito se le puso a los días después de la venida del Redentor del hombre y de la naturaleza.

miércoles, 20 de febrero de 2013

FECISTI NOS AD TE

¡Cómo llegaron a su casa donde los aguardaba la intimidad! Libres posesores de sí mismos por la locura o ingenuidad de la fe luego de recibir el sacramento del perdón se sumergieron en su cocina, prendieron la cocina y dejaron que avanzaran las sombras por los senderos del monte mirando la llama de amor viva o el cauterio suave con que se despedían las cumbres de las montañas.
Uno se podría preguntar de qué tenían que pedir perdón. Violando el secreto de confesión podemos decir que quien se entrega con esa fe gratuita al tribunal de la penitencia y se pone ante el redentor le confiesa su distracción con respecto a Él, su falta de fe, de esperanza y de caridad, su pensar en las cosas finitas y no en Dios infinito agradeciendo su abajamiento, su cercanía, su servicio, los misterios de su humanidad donde se entrega a nosotros. Ellos tan jóvenes no tenían en verdad desvíos ni amenazas ni temores ante vejez o enfermedad ya que veían lejos todo lo que debilita a los hombres pero sí corrían el riesgo de creerlo todo fácil y brillante en el oro de sus días juveniles y sobre todo creerse autosuficientes.
Además ya sabían los efectos salutíferos de la gracia sacramental cuando se entregaban a quien nos sostiene en la existencia y nos eleva en esperanza a su seno de gloria. Los signos de la gloria que poseían ante sí no debían satisfacerlos de modo que dejaran el camino hacia Dios. Porque eso sí habían amado aquel comienzo de las Confesiones que dice: SEÑOR NOS HICISTE HACIA TI Y NUESTRO CORAZÓN ESTÁ INQUIETO HASTA QUE NO REPOSE EN TI.
En aquella plenitud soledosa sonaban aquellas palabras con una precisión y claridad perfecta. Y además hay que agregar: vivían otro sacramento como si lo inauguraran: el sacramento del matrimonio. Esto es, el sacramento obra lo que significa ¿Qué? La unidad de Cristo con la Iglesia, de Dios con la humanidad. Experimentaban en su unión aquello para lo cual hemos sido hechos: ser sus hijos en el Hijo de su amor.
Esa cocina era su templo y el arroz que preparó Flora en su sencillez era "punto menos que la gloria". Y cada vez que llegaba la hora de recogerse al lecho matrimonial la cercanía era máxima y sobre todo el tiempo volvía sobre su unión y se hacía pleno bajo la galaxia que los incluía en su viaje.

martes, 5 de febrero de 2013

PUNTO MENOS QUE LA GLORIA

Sí, el viaje al pueblo en aquella jardinera con esa vigorosa yegua baya era poco menos que la gloria. La tarde de por sí parte del paraíso: el camino de tierra hacia la sierra bordeado de espeso monte de jarillas y gruesos algarrobos, la fragancia de los chañares amarillos y las breas, los campitos sembrados con sus ranchitos más algún molino con sus bebederos, cielo tan azul que azula un enorme muro de vida multiforme, ora espejo que refracta ora morada que invita. "En la casa de mi padre hay muchas moradas". Surgen al paso de la yegua las lomas de Luyaba y enfrente la loma redonda que salta como patentizando la profecía. Mucha luz devuelta en verdes ondas crepitantes por los prados sobre las lomas "Punto menos que la gloria" decía don Celso en Peñas Arriba. Y ellos que habían leído la novela de Pereda lo creían a pies juntillas. ¡Ah esto no es tradicional ni moderno: es lo que siempre ha existido y siempre existirá: el ser que da de amar! Las laderas y las cimas de la sierra de un azul más claro y plateado daban a soñar mientras los jóvenes encaraban la última recta que acercaba el caserío.
Llegan. Directo al correo. Recogen el tesoro de cartas y avanzan hacia el almacén de Ramos Generales. La vida del lenguaje anida allí. Delicadeza de distinciones y actitudes de los pueblos íntimos y llenos de matices antiguos. Los jóvenes se sienten examinados pero con nobleza de los mayores. Sienten allí dentro un tesoro de horas y rincones, de parras y galerías, de pucheros y mates, en fin de existencia detenida en la vuelta cuyo resultado es el habitar.
Don Britos y su esposa los palmean con esas palabras sutiles, nada convencionales, que no se inscriben en el toma y daca del comercio y los dejan ir con pena después de llenarlos a preguntas. Abandonan así el olor a alpargata en depósito y se dirigen con las compras cargadas al carro hacia la plaza para saludar al cura.
Éste los recibe con gran fiesta: "¿Y han dejado aquel viejo en su ermita?" les pregunta el cura cariñoso?
"Ha quedado cazando el tiempo que huye como el ciervo", le contesta Florencio sentencioso.
 Flora le trae una canasta con verduras de su huerta y pasa a hablar con su amiga cocinera. Mucho mate con pan casero en la cocina le dan al día un contenido pleno con diversas conversaciones de campo, artesanía y sobre todo: espíritu, porque finalmente pasan a tener la confesión semanal, porque ellos, han de saber lectores, no son de comunión diaria sino de confesión semanal, que es la que procura aquella buena tierra de la parábola que pretende dar el noventa.
Un día común, una tarde que va hacia el ocaso en las sierras chicas y una yegua que repiquetea sobre el camino volviendo con ansias a sus campos. Es lo simple, es lo que tiene que ser sazonado con un horizonte que "se desangra":

domingo, 3 de febrero de 2013

PRIMAVERA Y ADVIENTO

Después de una primavera promisoria por ciertas lluvias oportunas el verano vendría potente. Ellos veían las copas de los árboles completa como un milagro ya que muchos fueron plantados por ellos mismos como las legumbres sembradas que ya estaban algunas listas para aprovecharlas en la mesa, como los rabanitos, la lechuga arrepollada, la acelga y la espinaca. Por cierto tenían perejil y orégano y cebollín de aumento. Flora no podía creerlo cuando hizo su primera cosecha e hizo una canasta con todo. Mejor dicho creía tocar el cielo sumida en el prodigio de algo tan sencillo que los mercados cosifican. A la llegada de Florencio del campo le mostró la primera cosecha:
"Mira esta canasta. Me he anticipado a cortar lo que veníamos vigilando día tras día. ¿No es algo mágico?" dijo Flora entusiasmada.
"Bueno, ya has sido tú la primera, una Flora, verdadera ¡Es digno de admirarse aunque uno lo vea muchas veces! Yo no muchas: unas pocas en la escuela ya que enseguidita me raptó una profesora de música ahora granjera!", contestó Florencio.
"Sí y te conservo en esta prisión entre montañas y montes fragantes arreando vacas", decía ella.
"Lejos del mundanal ruido y escuchando tu voz ya que ni el armonio tocas entre tantas tareas", decía él
"Si porque debo alimentar a un hambriento y hacer dulce de leche, flan, islas flotantes con la leche ordeñada por mí, con los huevos que también colecciono" decía ella con orgullo.
"Y yo te traigo la leña y te siembro y construyo el gallinero eligiendo la raza ponedora" contestaba él satisfecho, "¿pero qué has hecho hoy para un jinete a quien la cabalgata le ha despertado el apetito?"
"Verás lo más simple: lo que aquí llaman costeletas con una ensalada de papas y huevos duros con nuestro perejil y nuestra mayonesa con el aceite de oliva del valle y mucha lechuga colorada con rabanitos", contestó ella.
Él creyó desmayarse de la emoción y se fue a preparar para recibir tal banquete que la enjundia simple del hogar brindaba.
"Ah y tú alístate que a la tarde iremos al pueblo a hacer algunas compras y a recoger cartas" le dijo apresuradamente mientras se dirigía a refrescarse.
Así vivieron el primer Adviento de su matrimonio con la expectativa del crecimiento de sus plantas y la cosecha de su huerta mientras ellos iban creciendo espiritualmente junto a su director espiritual, sacerdote que hacía visible al Señor. Así como debe ser.