martes, 5 de febrero de 2013

PUNTO MENOS QUE LA GLORIA

Sí, el viaje al pueblo en aquella jardinera con esa vigorosa yegua baya era poco menos que la gloria. La tarde de por sí parte del paraíso: el camino de tierra hacia la sierra bordeado de espeso monte de jarillas y gruesos algarrobos, la fragancia de los chañares amarillos y las breas, los campitos sembrados con sus ranchitos más algún molino con sus bebederos, cielo tan azul que azula un enorme muro de vida multiforme, ora espejo que refracta ora morada que invita. "En la casa de mi padre hay muchas moradas". Surgen al paso de la yegua las lomas de Luyaba y enfrente la loma redonda que salta como patentizando la profecía. Mucha luz devuelta en verdes ondas crepitantes por los prados sobre las lomas "Punto menos que la gloria" decía don Celso en Peñas Arriba. Y ellos que habían leído la novela de Pereda lo creían a pies juntillas. ¡Ah esto no es tradicional ni moderno: es lo que siempre ha existido y siempre existirá: el ser que da de amar! Las laderas y las cimas de la sierra de un azul más claro y plateado daban a soñar mientras los jóvenes encaraban la última recta que acercaba el caserío.
Llegan. Directo al correo. Recogen el tesoro de cartas y avanzan hacia el almacén de Ramos Generales. La vida del lenguaje anida allí. Delicadeza de distinciones y actitudes de los pueblos íntimos y llenos de matices antiguos. Los jóvenes se sienten examinados pero con nobleza de los mayores. Sienten allí dentro un tesoro de horas y rincones, de parras y galerías, de pucheros y mates, en fin de existencia detenida en la vuelta cuyo resultado es el habitar.
Don Britos y su esposa los palmean con esas palabras sutiles, nada convencionales, que no se inscriben en el toma y daca del comercio y los dejan ir con pena después de llenarlos a preguntas. Abandonan así el olor a alpargata en depósito y se dirigen con las compras cargadas al carro hacia la plaza para saludar al cura.
Éste los recibe con gran fiesta: "¿Y han dejado aquel viejo en su ermita?" les pregunta el cura cariñoso?
"Ha quedado cazando el tiempo que huye como el ciervo", le contesta Florencio sentencioso.
 Flora le trae una canasta con verduras de su huerta y pasa a hablar con su amiga cocinera. Mucho mate con pan casero en la cocina le dan al día un contenido pleno con diversas conversaciones de campo, artesanía y sobre todo: espíritu, porque finalmente pasan a tener la confesión semanal, porque ellos, han de saber lectores, no son de comunión diaria sino de confesión semanal, que es la que procura aquella buena tierra de la parábola que pretende dar el noventa.
Un día común, una tarde que va hacia el ocaso en las sierras chicas y una yegua que repiquetea sobre el camino volviendo con ansias a sus campos. Es lo simple, es lo que tiene que ser sazonado con un horizonte que "se desangra":

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