domingo, 6 de julio de 2014

EL DÍA ETERNO

Florencio y Flora comían en aquella cocina comedor con un estremecimiento cotidiano. A un lado se extendían las sierras bajas del oeste y al otro las sierras grandes del este que se acercaban por las correspondientes ventanas junto a las praderas y los montes. Delante la gran mampara el norte los hacía soñar con las sierras de Autaltina. Los espacios vacíos y el delicado horizonte da de pensar por su libertad sublime. Allí el pensamiento está determinado por el ser o la ausencia de cosas que lo solicitan abrumándolo. Por eso ellos sin saberlo pensaban y gustaban sin embargo desde hacía meses aquella libertad.
El norte producía distintas sensaciones que el sur a sus espaldas con ser lo mismo: horizonte azulado. La situación de su casa hacia el norte por el sol de invierno los ponía ante dos mitades de aquel vacío lleno de pájaros y poblado por vacas de cara blanca. Delante la pradera se dividía por el camino que va a la tranquera por donde muchas tardes rezaban el rosario sin otro ruido que el batir de alas y el mugido discreto de alguna vaca y el paso de alguna nube presurosa que como oveja perdida se dirigía al rebaño que estaba posado sobre las crestas de las sierras de inefables colores. Se posan sin duda donde "es el sosiego".
En la cocina sin electricidad ni rugía la heladera ni por cierto vomitaba la televisión las vanidades del mundo y la multitud de noticias: sólo el crepitar de la leña y el tic tac del reloj que hacía al silencio mas silencio. Quien rompía a hablar lo transformaba en un tenor o en una contralto en un litúrgico teatro  preparado a escuchar en un milagroso silencio.
Así hablaban Flora y Florencio aquel día otoñal en un día que ya era todos los días.

No hay comentarios:

Publicar un comentario