Llegó y desensilló pacientemente al alazán y lo dejó en el corral ¡Esos olores fuertes de la sudadera (no muy transpirada por el frío) y los cueros de la sala de monturas le parecieron nobles como el caballo mismo! Lo largó en el corral y fue directamente, después de sacudirse y resoplar, al bebedero donde se inclinó con toda delicadeza . Él admiró las líneas
en la armonía de proporciones que era copia de la idea de lo bello. Y no era gratitud que se siente por un instrumento sino admiración por la nobleza del caballo. Con esa imagen en su alma avanzó hacia su casa de cuya chimenea central salía azulado humo. Y entrando por la puerta oeste pudo percibir el aroma de lo que bullía sobre la cocina económica. Pasó a él mismo a desensillar y lavarse y se sentó en la mesa sin que Flora apareciera aún. Tenía él suficiente panorama para escrutar desde su sitio: delante los dos cuadritos de la maternidad donde las vacas y terneros estaban como bordados con el fondo del monte y de las sierras lejanas; y a los costados las sierras chicas con su faz atigrada y las sierras grandes rebosantes de azules vivos que no interrumpían ni un instante su epopeya ¿Sería que avivaban el ritmo arcano de las lecturas homéricas hechas por Florencio desde niño?
De pronto llegó Flora con tres huevos en las manos contentísima con ese milagro: “¡me dijeron los niños dónde pone la colorada!”, dijo sofocada. “Bueno, los comeremos en la sopa ahora mismo”.
Florencio dijo: “¡Es lástima que he te privarte de la labor de Sherlock Holmes cuando tengamos la granja organizada!”
“¡Sí pero no me quitarás el ir a buscar las vacas lecheras a la mañana (que no es nada porque esperan en la tranquera por sus terneros) ni la búsqueda a la tarde cuando hay que traer vacas y terneros para encerrar a los mamones!” le contestó entusiasmada.
Florencio quedó admirado cómo la profesora de coros en la gran ciudad pudiera estar comprometida con esta tarea de la cual la humanidad se había liberado hace tanto y dijo: “Pero eso no te privará de comer al menos”
“Eso no, porque entonces no podrías comer el postre que hice”, dijo Flora orgullosa por su secreto.
Él se frotó las manos en señal de que había espacio en su cuerpo frío por la cabalgata y ella prontamente con su habitual precisión le sirvió el puchero criollo completo y él quedó fascinado ante la vista de la fuente, pensando que todo esto sería el preámbulo de la gloria y agradeció de esta manera:
“Oh Dios Padre que nos diste todo tu ser en tu Hijo y que ahora rebalsa en la Plenitud del Espíritu Santo ¿qué hemos hecho para recibir la felicidad de estos dones: ¿este pan cotidiano?”
Verdaderamente estaba maravillado de todo: el campo de Tobías que ahora era de ellos, el matrimonio que estrenaba con tan buen destino, el poder desarrollar su idea del autoabastecimiento para derrotar la miseria en la tierra, las sierras que lo movían a pensar ….y Flora que era una bendición.
Ahora la veía resplandecer en su sencillez y efectivamente creía estar descubriendo lo que Dios tiene preparado para quienes lo reciben, es decir “aman”: una felicidad que está ya dada y hay que apreciarla en la simplicidad sabida.
Comieron ese plato criollo hablando de todo lo pasado y lo futuro, sin límites en un tiempo pleno. El secreto del postre salió en las manos de Flora: islas flotantes. Mucha leche había en la estancia y pronto vendría la obra maestra: el dulce de leche que Zunilda enseñaría a quien lo llevaría a su perfección y por el cual sería celebrada en toda su cercanía. El primer cliente sería el padre Mateo.
Como no habían llegado todos los elementos que Florencio necesitaría al día siguiente (lo supo temprano) Bernardo tendría que ir a ver las vacas en la aguada del medio y ellos harían su segundo viaje al pueblo pero esta vez en carro. Ya le había ofrecido la yegua baya Bernardo y tenía el carro chico preparado, que aquí se llamaba con el nombre inglés “sulky” aunque fuera para dos. La que quedó fascinada fue Flora ante la noticia del viajecito.
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