domingo, 4 de marzo de 2012

LA MAÑANA ETERNA

Los dos esposos eran dos diamantes de aquel tesoro del evangelio que se escondía en un campo y mientras desayunaban se sentían como dos tripulantes de un velero, movidos por el viento en un lago transparente. Después de un diálogo preliminar lleno de confianza ambos se pusieron en movimiento, sin duda en busca de lo mismo, dentro de un futuro que ya les pertenecía y en una paz que ya había sido regalada al universo en Nazaret y para la cual había sido hecho. Ellos soñaban en habitar hasta que en la vejez continuaran así en las moradas que Jesús fue a preparar. Y era así “de lo contrario nos lo habría dicho”.
Él se levantó dejándola a ella en sus tareas. La vio salir con los niños en busca de las lecheras mientras se dirigía solo a la casita de las monturas donde Bernardo le tenía el alazán preparado: un caballo de largas patas al cual llamaban Margacho. Él quiso ensillarlo pieza por pieza y le dejó el trabajo más difícil a Bernardo: ponerle el freno, cosa que los caballos siempre rechazan.
Dejó también a Bernardo en sus tareas y se dirigió hacia la represa del medio con el fin de cerrar la tranquera para que los animales se fueran acumulando en la bebida y darles una mirada a la tarde.
Pasó por el corral grande a tiempo en que las vacas lecheras venían empujando una tranquera oyendo a sus terneros. Salió luego por el camino entre las primeras jarillas  pasando revista a los algarrobos, talas, chañares, breas y quebrachos que aparecían de a poco en el monte. Ni pájaros se movían en el frío pero sí de a ratos lo traspasaba el gemido de la paloma. La sierra se azulaba por delante agrandándose por momentos. En ese altísimo silencio llegó a la represa y cerró la tranquera al espejo de agua y fue subiendo por el bordo hacia el extremo donde se plantó con el Margacho. Desde esa considerable altura la sierra se desplegó en toda su longitud de ciento cincuenta kilómetros invitando a la contemplación ¿De qué? Eso se estaba preguntando Florencio desde que llegó.
Él, cautivado por ese azul brillante, giraba muy lentamente la cabeza desde su extremo sud donde bajaba hasta perderse en la pampa, abundante en pastos, hasta la parte media que parecía venirle al frente con las más altas crestas que parecían en ese cielo inefable del invierno como recortadas por un ángel. Por muchos minutos fijada su vista bajando por las laderas que relumbraban más y más permanecía envuelto en esa luz celestial hasta que su cabeza giraba hacia el norte como resbalando por las  cumbres   hacia una línea recta que trazaba la pampa de piedra de tono más claro, la cual despertaba lejanas ilusiones, quizás pertenecientes a sus hijos o nietos. Y el norte frenaba su ángulo visual con unas sierras bajas ignotas y llenas de una rara atracción.
Todo brillaba como una teofanía. No supo cuanto tiempo había pasado porque no era ese ya su tiempo: el del paso de un ahora a otro medido, cronometrado. Se había desbordado y él quedaba sumergido en aquel éter invisible.
Al moverse el alazán no tan paciente como él se arrancó de su contemplación y como tarea se impuso dar un recorrido por ese cuadro. Se metió en el monte no sin remordimiento y cruzó por entre jarillales salpicados de algarrobos. Sentía el estremecimiento que la soledad provoca y la seguridad de no ser interrumpido en ella, lo cual puede ser visto como libertad. Libre su pensamiento rasgaba ese azul transparente.
De pronto tuvo un norte: su casa donde Flora debía estar preparando el almuerzo. Sentía el hogar como el diapasón donde resonaba su voz de cristal y donde lucía ese corazón que hablaba al corazón.
Recordó entonces aquel dicho latino: COR LOQUITUR COR y supo que las palabras se cumplen.

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