martes, 13 de marzo de 2012

LO RARO DE LA REALIDAD

Todo esto parecerá artificial y se dirá que solamente ocurre en las novelas. En primer lugar he de decir que en novela alguna se muestra la realidad expuesta decididamente con resonantes palabras por San Pablo, por ejemplo en las epístolas a los Colosenses y a los Efesios de donde surge la diferencia entre naturaleza y gracia, precisamente el primer libro del maestro del cura Mateo, Joseph Matías Scheeben.
 En realidad esas cartas vivas de Pablo dentro del conjunto de las narraciones de los evangelistas configuran una gran novela que ha incidido en la realidad inmediata de los hombres sin duda alguna, aunque no se refleje en su conducta patológica, que se ve en las guerras, en los crímenes y latrocinios, materia del periodismo, comprometido, en compañía de los negociantes, en transformar el mundo en una sentina y sobre todo comisionados para llenar el vacío de las almas (que se resisten a hacerse espirituales) con noticias
¿Cuántas veces se ve la acción de algún santo como Francisco de Asís o la de alguien que es testigo de la realidad real de la gracia? Cuando se lo enfoca se subraya todo lo exterior y lo que la gente hace en una especie de culto supersticioso en su torno.
El pecado campea como las enfermedades corporales y sin embargo es interpretado como afección psíquica reteniéndolo en su esfera natural ¿Qué novela incluye la esfera de la gracia sobre la inmediatez natural? Se acaba de creer que esa es la realidad y lo que cae fuera de ella pertenece a creencias superadas o a ciegas fuerzas trans naturales que son mera continuidad con la naturaleza, que en la antigua doctrina era “dañada” por el pecado.
La vigencia, literaria al menos, de estas históricas cartas paulinas, vertidas muchas veces en todas las lenguas y escritas en un griego riquísimo sobrepuja a las letras en general y si han sido fundamento de la doctrina y material de las teologías deben tener hoy la vigencia literaria suficiente en igualdad de condiciones con cualquier obra consagrada que opera sobre el escritor.
Hay muchas novelas que nos narran las vicisitudes humanas en mares inexplorados o en regiones o culturas desconocidas y surgen en parte de la experiencia del escritor que visitó tales lugares y de un llamado más o menos conocido que lo vuelve “ficticio”, como por ejemplo Robinson Crusoe.
No creo que las epístolas vibrantes y llenas de afecciones humanas sean artificiales pues aquellos hombres como Timoteo, Tito, el esclavo Onésimo y las madres y parientes han vivido lo raro del “hombre nuevo”, nacido en la gracia, para no hablar de los padres apostólicos como Policarpo e Ireneo: el primero aprendió a los pies del mismo evangelista Juan, quien reposó en los hombros de Jesús; el segundo aprendió a los pies de Policarpo
Si se juzga de lo que se llama “Iglesia” por Torquemada han errado el tiro por muy lejos. La patrística griega y latina forman un cuerpo monumental no de creencias particulares sino de experiencia de la fe en aquello que ojo no vio ni oído oyó y ahora ha sido revelado a los pequeños en la plenitud de los tiempos ¡Y a fe que han escrito!
Tanto quien esto escribe como sus maestros han corroborado esto especulativamente y lo que se va escribiendo surge de la experiencia a partir de la vida que tales palabras de Pablo, de Lucas o de Juan han impreso en el alma de los personajes que además no se alzaron en rebeldía contra su tradición que vive hasta cierto punto en sus monasterios y catedrales, bien que está plena en el sacrificio del altar que se verifica y verificará hasta un hipotético “fin de los tiempos”.
Florencio y Flora se han creído todo lo aprendido y recibido en los siete sacramentos (pintados por Van der Weide) como don Quijote lo leído en las novelas de caballerías ¿Serían las novelas de caballería ya olvidadas en el tiempo de Cervantes una cobertura de lo verdaderamente prodigioso y sustancial para el hombre ínsito en la gracia? De hecho Unamuno lo llamó a don Quijote “el Cristo español”.
Por otra parte nada más artificial que los poemas homéricos donde sin embargo la realidad rezuma. Y su lenguaje es artificio de los poetas intervinientes y la tectónica de los poemas fundaron la novela misma.
Sin embargo nuestra narración se hunde en lo que no es narrable: la permanencia. Donde deja Homero a Odiseo allí comienza la novela que vamos abriendo sin más pretensión que el contemplar el espectáculo de la mismidad del ser.
Este espectáculo deja afuera al “mundo” que por lo demás ya tiene a todos los narradores describiéndolo. Aquí nos establecemos en la “tierra” como el ámbito donde destila el “cielo”. Los personajes están viendo así la sierra, metafóricamente, como “tierra celeste”.
Dejamos a Flora y a Florencio durmiendo en ese frío del mes de julio calentados por chilcas y leños de algarrobo y tapados bajo el quillango que los hacía dormir con esa suave presión.
Los sueños de Florencio estaban determinados por el propósito de la granja cooperativa que se iniciaría precisamente al día siguiente. Así construía mientras dormía anticipando la obra pues él había sido educado en la insólita forma que privilegiaba la teoría a la práctica.
He aquí que a la mañana siguiente llamó a consejo como Agamenón en el canto segundo de la Ilíada para revelar su sueño. Comenzaron a llegar las dos familias a la cocina de Flora para realizar lo más raro y más irreal dentro de la llamado real: una cooperativa.
Girando dos mates en los semicírculos y una gran fuente de tortas fritas que aportaba Amelia además de los caseritos de Zunilda comenzó la primera reunión con la asistencia ¡oh maravilla! de don Tobías.
Ese día se formalizaba la cooperativa en la Bendición.

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