jueves, 14 de junio de 2012
ROBINSON EN PLENITUD
Robinson por accidente llegó a su isla donde éxperimentó lo que habitar y casa son. Flora y Florencio fueron puestos en su soledad por la Providencia conocida de Dios que los llamó al matrimonio. Todo llamado depende del "sí". Providencia no es ni azar ni determinismo. Los que lo saben es porque lo han probado.
/Así esa tarde de sus vidas parecería de vacaciones. El día se hizo frío por el viento sur. Bernardo y Rosendo cumplían sus tareas de pastores de ganado. Los niños iban tempranito a la escuelita en sus animales de la tropilla de los bayos. Amelia en su casa ponía orden y calor. Zunilda en la suya en el extremo del campo junto a la represa vieja hacia hogar. Y ellos encontraron en el amplio ventanal de la cocina su oficina, la de su empresa, aquella que descubrió allende los mares Robinson y donde por vez primera y última se descubrió a sí mismo.
/ Flora ni siquiera tenía el armonio.El presente llenaba esos días con expectativas que se tenían a la mano y que hacían pregustar lo que la voluntad racional quiere y está en la memoria como dado en el acto de la creación ¿Es aquel narrado paraíso?
Es un hecho que allí está, descubriéndose como recuerdo de algo perdido y recuperado según aquello que leía Florencio en aquel momento a la vista de la sierra que tomaba color rosado: HODIE ERIS MECUM IN PARADISO. San Lucas sabía mucho de aquel habitar pues había visitado a la Virgen, quien le contó la Navidad ¡Y tuvo que ir a la casa de Juan para ello! Le quedaría de camino si acompañaba a Pablo como secretario. Juan estuvo en Éfeso, el apóstol del habitar, de la morada. Esas "novelas de caballería" llenaban los días de Florencio de claro en claro. Hoy estarás...Y las palabras dichas en tales circunstancias poseen un valor absoluto y sin discusión ¿Qué le iremos a preguntar al Señor crucificado? Su respuesta hoy.
/HOY ESTARÁS EN EL PARAÍSO. Florencio veía: aquí estamos hoy contigo. Y se lo comunicó a Flora que estaba cosiendo y preparando al mismo tiempo unos panecillos dulces."Hoy es Flora", decía- "hoy ya, aquí y ahora". Flora escuchaba sin sorpresa esos arranques de su esposo cuyos sentimientos catalanes le eran afines. La sierra ardía como si fuera gaseosa y se consumiera, en un fenómeno de volatilidad sustancial como el del pensamiento puesto en música. Notas purísimas de extensa partitura. La tetera sobre la mesa. No había necesidad de ir a buscar ese día las lecheras. Todo se concentraba en la mansedumbre del habitar.
/Robinson no tenía más que laborar dentro de la isla y una vez lista su morada debía ocuparse de gozarla entre las cosas hogareñas del habitar. Sú única distracción o divertimento era la lectura de la Biblia que se había salvado del naufragio ¡Y esa lectura en la unidad de los instantes era fundamental y verdadera! No es lo mismo ler o escuchar en medio de las ocupaciones y del ruido portentoso de las gentes de Londres que ver grabadas las palabras en su alma desocupada, en una soledad sublime frente a las criaturas en estado natural en un tiempo que no se va para adelante sino que no le queda más que la vuelta sobre sí, aconteciendo, simplemente siendo
/¡Oh realidad dónde está tu aguijón! Nada hubo que contar cuando fue salvado de su naufragio y en cambio la narración de su estancia en la isla es aquello que intentamos nosotros narrar: el vació lleno.
/Florencio salió por fin de la casa, achicó algunos palos con el hacha y los trajo junto a la chimenea, prendio el calefón a leña ya a la nochecita cuando las lucecitas de las poblaciones vecinas se encendían modestamente en la sierra y algunas de muy lejos lucían en la pureza de aquel aire bruñido por los ángeles que dibujaban la lejanía en las nubes del paraíso. Mientras animaba el fuego de su adorado calefón a leña sentía el universo palpitar a su alrededor y recordaba aquello de los primeros pensadores: TODO ESTÁ LLENO DE DIOSES. Y esto, claro está, le acercaba a sus prójimos que estaban en Barcelona, especialmente a su amigo filósofo. La vida de ese fueguito detrás de su casa, frente a la sierra ya oscura, colmaba su existencia. Por encima las luces de su escuadra celestial ya saludaban marcando el camino de esa vía de luz.
Y las palabras EGO SUM VIA ET VERITAS ET VITA se clavaban como flechas en el sosiego, del cual allí cerca, en los montes tenía el ejemplo más simple y oligatorio.
HODIE ERIS MECUM IN PARADISO.
martes, 12 de junio de 2012
LAS LENTEJAS DEL ESPÍRITU
El potaje de lentejas los fue trayendo a las casas y un vientecito frío los preparaba para ellas. Don Tobías vio en el bebedero a la yegua con su potrillito y le dijo:
“¡Ah bonita viniste al calorcito del hogar!”-
“Sí,- dijo Florencio- “quise que Flora las tuviera cerca para que fueran amigas y ella les habla y les da azúcar y les han hecho un pesebre con los niños y Amelia”.
“Les darán alfalfa que hay en el galpón” dijo Tobías con satisfacción.
“Ya lo creo está mimada por quien no conoce de animales” dijo riendo Florencio.
“ Al animal no se lo conoce cuando se lo ve como instrumento. Los hombres en el campo los ven como compañeros. Lo que sucede es que son poco tiernos consigo mismos. Han tenido una educación ruda y la doctrina cristiana en seco. La alternativa de la ciudad es lo contrario con una moralina cristiana y una educación que no va a las altas cumbres y se vuelve más y más técnica”.
/Diciendo esto llegaban ya a la puerta de la casa y cuando se abrió los invadió un aroma que halagaba el hambre y los llevó rápidamente después del lavado de manos a sentarse a la mesa ¡Qué fascinación tienen los guisos en invierno para quienes poseen el tesoro por el cual han vendido todo y han comprado aquel campo donde estaba escondido!
/Flora tenía preparada la mesa delante de la cocina económica. Platos playos para asentar la escudilla, con cuchara, tenedor y cuchillo; panecillos caseros; copas para el vino y el jugo de naranja; una tabla con queso de cabra y servilletas bordadas por las tías de Flora, es decir hermanas de Tobías. Esto provocó el entusiasmo del tío que sin duda despertaba los fondos de la memoria: su infancia en Mallorca, aquella isla maravillosa, sus hermanas y sus padres, su adolescencia investigadora que lo llevó en barcas por el mediterráneo como una suerte de Ulises; su viaje a América y las oportunidades que en esas épocas se tenían para adquirir tierras en zonas poco valoradas que lo trajo a este valle donde el destino providencial lo hizo dueño de este campo, heredado por su esposa donde él puso su capital para hacerlo productivo y encontró el final de sus viajes en la plenitud de la intimidad; su viaje de visita a Mallorca cuando Flora era pequeña; su reciente invitación a los jóvenes…
“Queridos hijos” dijo, “tengo mucho para contar pero más para callar y dejar que el instante dé lugar a la paz. Y ella se experimenta en este momento delante de este plato de lentejas, propia de la intimidad de Jacob”. Y bendijo la mesa y comenzó a comer un plato, para él, mágico.
“Ay tío ¿Cómo sabe tanto y no se dedicó a estudiar?” dijo Flora admirada.
“Bueno”- dijo después de probar una buena cucharada del potaje, “tanto como no estudiar…la educación entonces en la adolescencia era muy firme y en el caso nuestro muy humanista…aquellos curas sabían lo que implicaba educar y es decisiva la infancia y la primera juventud. Además el entendimiento se fortalece con las virtudes morales que entonces tuvieron en mucho hacer que las ejercitáramos; y hay tradiciones fuertes: las nuestras dependieron del beato Llul y pesaron in situ. Donde hay un hombre paradigmático todo se ve allí. Y la obediencia al orden de la razón da lugar a que el maestro interior haga su obra”.
“Así es tío” -decía Florencio, no hace falta nada especial sino un lugar despejado que es, creo, lo que se llama buena voluntad, la que tenían los meditativos pastores de Belén”. Y le guiñaba el ojo a Flora para que ella hablara y el tío pudiera comer ya que estaba en compañía y entusiasmado.
“Sí”, decía Flora: Ud. tío es sabio y no hizo estudios especiales, el cura Mateo es sabio y estudió con aquellos alemanes de tomo y mi Florencio es sabio…porque es mi esposo…”.
“No hay secreto en esto: los buenos maestros dan fruto porque enseñan a vencerse uno a sí mismo y a leer aprendiendo lo que desde siempre y para siempre quiere ser aprendido. Yo en esto tengo el refuerzo de mi amigo, el filósofo, que no me dejará ni una semana de enviar sus descubrimientos”, dijo el joven.
El tío comía y encomiaba las lentejas donde reconocía la enseñanza de sus hermanas. Sentía que Dios lo había premiado porque le restituyó lo que había dejado atrás en la figura joven y auténtica de su sobrina y ahora tenía familia. Ya vimos que él los consideraba sus hijos, los que no tuvo, y eso era muy consolador en la medida en que ellos lo aceptaban así. Además valía aquello dicho: que los parientes verdaderos son los que cumplen la palabra de Dios.
Lo fundamental para la paz que experimentaban era la unidad de los instantes y plenitud consiguiente del tiempo: no había planificación estricta acerca de las acciones futuras, no estaban en el futuro sino en el presente amplio que lo incluye mansamente, ya determinado por el “hoy”; estaban en el plan donde lo que cuenta es el llamado de la palabra del ser que a cada uno les da al maestro interior que les enseña todo, un todo que consiste en saber cómo ser morada de Dios en el Espíritu.
Esas lentejas que Flora iba sirviendo desde el calor de la cocina de hierro eran para gozar del invierno, acompañado en ese valle por un cielo transparente y una luz como la del éter olímpico.
“Bueno hijos ahora a ejercitarse un poco persiguiendo a quien llama a nuestra puerta. Porque toda la vida es un ir tras él pasando por las criaturas. Tanto paraíso he visto yo de joven en nuestra isla; tanto mar he cruzado para llegar aquí y cumplir con los deberes de la vida humana; tanta alabanza de la simple belleza del caballo, del ternero, de los incontables pájaros que nos rodean, del agua cantarina de la acequia, acompañado por estos árboles orantes; tanto afecto de los más próximos que el Señor nos puso al lado y todo esto para verlo cara a cara. A ello vamos hijos y para ello usamos de las cosas y gozamos del amor de las personas: para Él. Si descuidamos esta meta de la existencia ésta se deslíe y se hace nada, como dijo nuestro Pablo en su himno a los Corintios”.
/Y dicho esto agradeció, se puso en pie y saliendo de la casa se fue caminando por el sendero hacia lo sustancial de la persona en quien, por quien y para quien hemos sido hechos y que hace la unidad de los instantes en Él, denominada “paz”. “Esto es la verdad”, pensaba mientras avanzaba entre el caminito de talas y chañares, “pero ardua, porque no te veo, pero a quienes veo y amo los tengo que dejar en algún momento, en cambio a ti te llevo conmigo ahora que estoy a solas, porque en realidad yo estoy en ti y soy en ti. Se siente una melancolía porque nos desprendemos y hasta un llanto en el caso de la separación drástica de la muerte y es con la esposa con quien se comparte lo más y sin embargo eres Tú quien nos sigues llamando hasta que reposemos en ti ¡Qué palabras inspiradas las de San Agustín: FECISTI NOS AD TE ET INQUIETUM EST COR NOSTRUM DONEC REQUIESCAT IN TE! El “ad” indica un camino, que es la existencia que vuelve a ti, asistido por quien nos ha sido dado: el Espíritu Paráclito”.
/El hombre de edad se iba a su ermita y los jóvenes quedaban en la suya un poco adormecidos por el almuerzo. Dejaron que pasaran las horas ocupados en manualidades, delante de las tres sierras que tenían en el ventanal de la cocina y de las vacas que se movían en la quietud del prado o bien, como dicen los paisanos, “bajaban al agua” y se acumulaban esperando que les abrieran la tranquera para beber recordando aquello:
y la caballería
a vista de las aguas descendía.
jueves, 7 de junio de 2012
LA NOVELA DEL SER
Qué luz en la mañana eterna! Una helada cayó en la madrugada y cristalizó el agua. El cielo no podía ser más puro y más cielo. La sierra nueva cada día mostraba la inmovilidad, unidad, perfección de la idea. Las vacas pampas eran testigos por su sosiego del paraíso nunca perdido. Los esposos desayunaron y salieron bien abrigados con el objetivo de verse con Tobías. El caminito hasta su ermita los volvió a admirar con la prestancia de los chañares y fortaleza de los algarrobos. Se les antojaba que ese camino era una vía que avanzaba en sentido opuesto a la así llamada civilización y lo sentían como un llamado personal hacia el origen ¿Cuál? Hacia la concentración frente a la diversión, hacia la pureza natural frente a la contaminación, a la meditación fecunda en palabras interiores frente al torrente de los ruidos acumulativos de los estadios, en fin hacia el relieve de las personas frente a la uniformidad de la muchedumbre solitaria.
/Llegaron y cuando el tío los vio venir salió a recibirlos bajo el añoso alcanfor de versátiles hojas. El frío los obligó a entrar y arrimarse al braserito donde gemía una pava para el mate. No había razón para la visita porque nada pasaba ni podía pasar que no fuera alguna pequeña cosita cotidiana de los pocos que allí habitaban como alguno que necesitara ir al médico y necesitar el automóvil. No había tramas ni dramas sino el de la propia existencia que era tan profundo y serio como se podía verificar en la necesidad de tamaño sacrificio como el de la cruz cuya memoria y actualización la misa traía a la vista.
/No había un pequeño drama novelesco sino una tragedia por la cual los hombres pasaban de la muerte vital de sus vidas a la eternidad bienaventurada ¡Y había que esforzarse en la fe para verlo y experimentarlo! ¡Había que atreverse en la fe a tener a Dios como contenido de su alma, como huésped inefable! En ese drama se encontraba por su edad y conciencia el hombre más viejo de la Bendición quien se esforzaba por trazarles el camino a los más jóvenes que inexorablemente debían hacer aquel salto de lo finito a lo infinito.
/El hecho fundamental de la existencia nunca es novelado, en beneficio de las cosas por las cuales los hombres disputan, quienes nunca han escuchado las coplas de Manrique sobre las cuales Cervantes juzgaba que debían ser escritas en letras de oro: “ved cuan pobres son las cosas tras que andamos y corremos pues que antes que muramos las perdemos”. Don Quijote privilegió el hacer y murió cuando concluyó su hacer quimérico mas los libros de caballerías como aventureras hazañas quedaron desacreditadas o desrealizadas. De hecho la novela concluye cuando no hay más qué hacer.
/Ya al final de la Odisea las hazañas quedan depotenciadas frente a la virtud de la prudente Penélope y la mujer en el ser se volverá asunto de los cantos (Dante lo cumplió). Si Ulises dice a Arete que goce de sus virtudes hogareñas (y tal es el hacer interno y sapiencial) mientras viva porque la muerte es el límite o la Moira, el hombre redimido posee sin embargo el camino para pasar aquel límite y habitar en lo infinito dado en el Espíritu y esto exige una experiencia del espíritu, un ejercicio que es ya vida eterna donde lo que sucede no son las cosas sino que acontece el ser. Est Deus in nobis.
/Esta historia insiste en la resonancia del ser y no de las cosas. Por eso las personas toman relieve o relevancia enfrentando su condición existencial. Los jóvenes sintiendo y asintiendo a tal llamado como aquel que por fin aceptó Agustín cuando exclamó: “conozcaos yo conocedor mío porque conociéndote a Ti me conocí a mí”. Los maduros como el padre Mateo conociendo con precisión tal condición de la persona, imagen de las Personas. Los viejos como Tobías haciéndolo, realizándolo en unión presente sin más.
/Ahora esta visita no era por algo sino más bien por nada: para estar cerca las personas con el vínculo de la paz. Y así se sentaron y tomaron mate y su “conversación estuvo en los cielos” como instituyó Pablo en la Iglesia que es un hogar celestial. Aquello hizo en sus encuentros y lo dejó consignado en sus cartas de la cual la más pequeña a Filemón nos revela la novedad absoluta: Onésimo es una persona, otro yo como trinitario, aunque social e históricamente hubiera sido esclavo. Se reveló la caritas y lo que pasó después en la historia de la Iglesia es cuestión de detalle.
/Flora y Florencio no resucitarán la ya olvidada orden de caballería ni la tradición del cristianismo sino simplemente el oculto entre los hechos rimbombantes ser Cristo, ser de Cristo, ser hogar pequeño, ser signos de la Iglesia. Y lo hacían permaneciendo y no planificando acciones. No sabían cuantos ni cuando esto se iba haciendo en el mundo. Ellos respondían a este llamado del cual eran más concientes mientras iban avanzando en el camino hacia el origen. Lecturas para orientarse no les faltaban pero ninguna era definitiva como sí lo era la luz que recibía de quien nos enseña todo por envío del Verbo Divino.
/¡Y qué plenos se sintieron aquella mañana invernal cuando tenían toda la vida por delante para llegar al punto en que su tío estaba ahora, el punto saliente, el punctum saliens de esta historia: lo arduo del tránsito, de la asunción de la gloria viniendo de tan abajo. Es por eso que María fue experimentada por los hombres dispuestos a la gloria como un amparo, un seguro, ante Dios infinito que nos reclama como suyos. El compartirlo con su tío era una verdadera bendición para ambos: para su tío que halló una compañía filial, para ellos que encontraron un paradigma en momentos tiernos. Y estaba esa estancia que era el soporte material, el sustento que se llamó con toda justicia “La Bendición”:
miércoles, 6 de junio de 2012
EL ES HOY AQUÍ
La siesta de invierno es plena tarde y en estas latitudes es dorada. Las actividades no se apartaban como en las ciudades tanto del fin como para que éste se perdiera de vista. Si ellas son para la subsistencia en realidad hace mucho que han perdido relación con ella, quizás desde el momento del papel moneda que dejó de ser a su vez “plata”.
/Se trabaja desde hace mucho por la plata y se pierde contacto con el fin inmediato que es el pan, la carne, el dulce, el azúcar. Florencio tuvo una obsesión en su formación y por eso eligió ciencias agrarias: creyó que el hombre no debía perder contacto a través del medio de cambio con el fenómeno edafológico y productivo de sus alimentos o para decirlo directamente: no debía perder contacto con la naturaleza. Debía tender a procurarse todo lo que pudiera con sus propias manos e inteligencia si tuviera cerca el tesoro de una tierra. Delegar eso y optar por el dinero era un error en el principio que se hacía abismal con el tiempo. Aquí, en su granja se veía el fin de la subsistencia y el de la existencia en un mismo objetivo. La cooperativa le agregaba el hecho comunitario que despejaba la consabida moralina del “ser social”. Ya éramos uno buscando escapar de la miseria y al mismo tiempo del lucro: dos males que derruían la condición humana.
/Por eso dejando a Flora en sus tareas hogareñas, que son invisibles como las de las hormigas dentro del hormiguero y pacientes y de pequeñísimas cosas, se lanzó azadón, pala, rastrillo en mano a seguir con sus canteros. Comenzó con el siguiente, ahora con la seguridad de la huerta cercada. El trabajar la tierra era una delicia de la cual uno no debía privarse. Hay un contacto con la tierra de donde fuimos tomados que origina un pensamiento manso y humilde donde el hombre se halla en su elemento: el humus. La introducción de la pala en ella inicia una relación callada y cierta porque su pasividad y tolerancia a la profundización de lo que en sí puede guardar y la hace buena se vuelve sobre el obrero que la trabaja provocando una inmediata reciprocidad analógica. “Yo mismo soy una tierra que se remueve”, piensa quien hunde su pala y va dejando terrones, de los cuales se emanan aromas con la humedad de un riego fino que en pequeña medida se le ha dado. Y cuando luego el azadón deshace los terrones con la dureza transitoria de esa superficie, abandonada antes y ahora objeto de diligente ternura y predilección, la analogía cae sobre el alma, seca y luego dura, la cual ahora recibe el cuidado de unas manos santas y venerables que va deshaciendo su terquedad de cascote polvoriento, comenzándose a sentir el aroma de sus espirituales sentimientos. Entonces viene el rastrillado piadoso que se entrevera en las gramillas enraizadas y despaciosamente las va juntando en un rincón mientras el alma ve cuánto tenía en si que formaba bollos o bultos dando la impresión de contenido ¡No era sino estorbo para recibir la buena semilla! Y el rastrillo requiere ayuda del carpidor para desenraizar y aún de una palada profunda y dale que te dale la tierra va quedando ella sola como humus y el alma parece que se deleita comprobando cómo se ve libre y desembarazada ella misma de sus raíces infecundas por el cultivo intenso sobre un sector, uno por vez.
/Ahora Florencio respiraba con intensidad mientras el rastrillo iba y venía pulverizando la bendita tierra. Así deben estar las almas dispuestas por la humilitas para recibir las semillas de las virtudes que él siembra y nosotros laboramos para que esto ocurra. Llegó el momento de la siembra junto con el del té; sembró cebolla de invierno; colocó las cuatro varas de mora curvadas y cubrió con una tela por precaución y para ayudar por las heladas. Entonces se fue a tomar el té con Flora con quien repitió la meditación de la tierra. Después no había para mucho trabajo por el frío invernal y se trasladó a la casa de Bernardo donde fue bien recibido ya que los niños estaban ya haciendo los deberes con Flora y él allí comentando sobre el estado de la hacienda revisada por el padre, a cargo de algunos cuadros poblados de vacas y novillitos de invernada. Por cierto que comunicó su siembra con alegría general y se informó acerca de lo que era pertinente. Rosendo no bajó pero se encontró con Bernardo a la mañana en un rincón de los alambrados intercambiando algunas expresiones escuetas sobre clima y rastros de animales.
/Así era el día que Florencio llenaba de otras cosas que procedían del don particular que iluminaba las cosas con una luz, aquella que mostraba el mundo como un paraíso: el de la caridad derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo de la promesa. Un hecho acaecido ya en la existencia.
Precisamente en esa tarde Mateo había salido a rezar el rosario camino arriba en la sierra después de la misa tempranera de invierno que tenía la asistencia de unos pocos parroquianos. En ella estaba el sentido del día y ella abría el claro de la gracia de la caritas con la transubstanciación. Con un grueso manto de lana hilada y teñida a mano y tejida en telar por viejas de la sierra subía. En los repliegues de su alma también análogos de los de la sierra que enrojecía sonaba el Verbo. Por las junturas del alma y del espíritu destilaba mirra. “Vater unser der du bist im Himmel” rezaba en su lengua materna mientras se dirigía a su madre celestial y recordaba a la suya en Colonia. La madre de Dios lo unía a ella y los recuerdos lo embargaban. Su seminario, la casa de dos pisos donde nació y vivió con sus hermanas. La repostería pascual y navideña, los maestros que recibieron al mismo Joseph Matías Scheeben, el piano, los coros de la catedral. La sierra ahora asumía aquel pudor y se convertía ella entera en una rosa mística. Los misterios dolorosos pasaron rápido mientras miraba aquella vista de cañadas de sombras azules, laderas rosadas y lomas brillantes de bosques rojos. Después la ceniza azulada y más tarde volvió su rostro y caminaba de vuelta con los misterios gloriosos hacia el horizonte del bajo encarnado cuando los campos se sumen en una armonía para la cual hay que tener mil oídos. El interior del cura que sencillamente rezaba su rosario y luego rezaría sus vísperas en una capillita de su templo absorbía el orden de la paz, aquella que Jesús había dejado y a la cual él se había consagrado. Ya el horizonte sanguinolento manaba el color de las heridas homéricas. Entonces recordó a su jóvenes discípulos y se alegró.
En se momento Flora y Florencio se preparaban para leer su lectura diaria y sus salmos de vísperas y el abrazo de Dios se estrechaba en la noche que no alcanzamos a encarecer en esta narración. Porque allí y entonces Quien “Es su ser” se hace más cercano en la sencilla alabanza que lo invoca in Spiritu. De una manera propia en el la intimidad del hogar los esposos se acercaban, de una manera también propia el sacerdote lo hacía en su casa donde después de rezar y comer también se divertía en alguna lectura especial. En ese tiempo estaba leyendo LOS NOVIOS de Manzoni. Reíase con don Abundio un cura de otro y se enternecía con los prometidos, mientras nuestros héroes terminaban la Vida es Sueño y se introducían en el suyo bajo las estrellas heladas al calor de su lecho itacense.
lunes, 4 de junio de 2012
LA CARTA AL FILÓSOFO
El martes era el mismo día que el lunes. Ellos se levantaron, ya desembarazados del tiempo que está determinado por los hechos registrados en los diarios, siempre otros y otros y al cabo iguales. El mismo día de plenitud sentían Flora y Florencio como aquellos, no sé si muchos o pocos, quienes salidos del movimiento del gran mundo se han recogido en poblados a la vera de algún río que se despeña de alguna serranía haciendo lo que iría surgiendo del misterio de la persona (esculpir maderas, pintar, componer, o simplemente “ser”), sepultado por la gran cultura del hombre civilizado. Sin duda tales hombres han sido ayudados por la comparación con los años vividos y nunca habitados en las grandes ciudades y por cierto grado de preparación educativa temprana y selecta que allí se imparte. Aquí entre sierras y árboles encontraron vecinos quietos, sin aspiraciones y pudieron leer el lenguaje de los añosos troncos de árboles tricentenarios y el de las piedras trimillonarias. Y el ritmo de antaño les fue dando vida “espiritual”, aquella despedida por Nietzsche con aplauso general de los modernos. En la misma región donde estaban Florencio y Flora existían de un cabo al otro del valle por lo menos cincuenta poblados que son y serían albergue para tales naderías de singulares peregrinos de lo absoluto.
Ellos desayunaron y mientras Flora cumplía su acompañamiento al ordeñe y se venía con la leche, Florencio se había puesto a leer en la pieza del fondo de la casa las “Morales” de San Gregorio sin otro designio que la lectura misma. Así las palabras de Job se le grababan en el alma como en la yerra los animales reciben su marca y se vuelven propiedad de quien la estampa en su cuero. Esas palabras lo poseerían para siempre leídas en tal situación de sosegado arraigo.
La ventanita daba al campo y dejaba que la vista se perdiera en el azul de aquellas serranías donde se asientan los mencionados pueblos de la nada, llenos de burbujeantes arroyos y aires del paraíso. Cada vez que levantaba su cabeza quizá desde aquella lejanía venía la plenitud del misterio por el cual en ese y en aquel minúsculo rincón el universo concentraba la finalidad de su creación.
Sentía a Flora en la cocina y la plenitud lo embargaba. Entonces después de leer algunas lecciones del antiguo padre de la Iglesia tomó una hoja en blanco y comenzó la carta prometida a su amigo, el filósofo vasco, diciendo lo siguiente:
“Se dirá: esta soledad donde habito es vacío y el hombre es un ser social. Creo que Aristóteles dijo: “el hombre es un ser político”, lo cual no es lo mismo. Tú me contaste cómo saliste mentalmente de la sociología y de la estructura social cuando descubriste la POLIS Y EL COSMOS hablando en griego. Lo que habías estudiado hasta entonces te parecía meramente descriptivo y superficial. Yo lo experimenté como una cautividad y como una exigencia tiránica frente a la naturaleza en los Pirineos. Es verdad que Rousseau nos confirmó tal cosa ya desde el Tratado de la Desigualdad mostrando la génesis de la pomposa “sociedad”, que amenaza su humanidad.
Mi soledad es la del cielo azul, este azul que amamos desde niños, el de las tardes y mañanas del paraíso que decíamos ser omnipresente en ríos y montañas, lagos y praderas, separado del trajinar de los hombres. El azul del mediterráneo. Ahora me envuelve por completo ya que aquí el sol no escatima sus rayos y avanzando sin obstáculos, llegándose a ellas, parece levantar las moles pétreas de las serranías en esferas luminosas.
Podemos imaginar a lo largo de ciento cincuenta kilómetros en una y otra roca sobre una y otra ladera a algún contemplador lanzando sus miradas a la amplitud del valle traspasado de luz ante un horizonte dibujado por montañas ¿Qué tienen esas miradas interminables que no se sacian de cielo, acompañados los que miran por los pastos que se agitan como largas cabelleras y las poderosas aguas resonando en el interior de las cañadas y que de pronto se quedan prendados de una nube que se desgarra en las cimas?
Esperando y esperando que se amplíe más y más el corazón para una amplia visión sin querer otra cosa sino lo que provenga de las laderas vivientes que lo tienen en vilo en una mansa serenidad.
¡No, no bajarán de la montaña, no podrán atravesar la luz que los envuelve y mucho menos la noche que los hará pastores de estrellas!
Yo pertenezco a esta cercanía desde el llano con la quietud de las vacas de cara blanca y la nobleza de los caballos que peregrinan de un montecito a otro como quien avanza por los cantos de la Ilíada, de la Eneida o de la Divina Comedia. Efectivamente, amigo, que tengo muchos versos que gozar en mi vida y en esta mañana que explota de luz y cae sobre la paz de las horas que vuelven a lo mismo: a la dorada tarde que es el tesoro de la simplicidad donada por quien pasando por las criaturas “vestidas las dejó de su hermosura”.
Amigo, espero que tus estudios vayan creciendo en la perfección de la “bien redonda verdad de quieto corazón” y así nos beneficien a quienes tenemos oídos para oír. Nosotros aquí tenemos plenitud, por lo tanto felicidad. Pero, claro está, no la de la vida eterna ya que estamos separados localmente en esta vida y luego estaremos unidos en su plenitud gloriosa, cuando “ahora vemos en espejo y luego cara a cara”.
Te alegrará saber que fundé una cooperativa de producción agrícola con quienes trabajan en la estancia de Tobías y que ya tenemos cercada la huerta y preparada la esparraguera. También debo decirte que en el pueblo hallamos un cura párroco singular: viene de la mismísima ciudad de Colonia en cuyo seminario estudió. Por ello el torrente de su alma es la patrística y la teología de Santo Tomás con la vida espiritual de Scheeben, que se dedicó a exponer el dogma mientras Nietzsche cargó contra San Pablo y la moral cristiana. Este cura singular nos ha adoptado como discípulos. No necesito encarecerte cómo entusiasma esto a Flora, quien no extraña de momento la música porque ordeña, todo quiere saber y hacer y construye el hogar con una alegría plena. Además en el pueblo hay otros personajes que han venido a profundizar sus dones en el elemento etéreo de esta sierra que llama a habitar. Hasta ahora conocí al médico (¡bueno es tener un sabio de esta clase aquí!) pero existe un extravagante estudioso de la literatura comparada que sólo quiere atender la letra y desatender las estructuras académicas. El cura ha sabido armonizar todo esto.
Con esto verás que no estaremos huérfanos de todo aquello que el hombre requiere para serlo y avanzaremos hacia el origen, que es como tú dices el TELOS. Da un saludo a nuestros maestros comunicándoles nuestra estancia en el camino del campo.
Te saluda tu amigo Florencio.”
A continuación tomó otra hoja y escribió una carta para sus padres:
“Queridos padres: En primer lugar debo decirles que la casita de Tobías era tal como esperábamos: sencilla y muy cómoda y calentita por las chimeneas y la cocina ¡Aquí hay leña sin límites! Flora la está decorando según su gusto y aprende a cocinar con sorprendente destreza. Hizo ya las empanadas mallorquinas. Ni se acuerda de la música pero sí enseña a los niños de nuestros vecinos y empleados. Estamos comprometidos con sus tareas: ordeñar, vigilar la hacienda y cosas semejantes. Amamos los caballos y especialmente a una yegua con potrillito a los que Flora mima con diligencia.
Por cierto que el día se nos pasa en tareas que hacen al cultivo de la huerta, a la plantación de árboles y a la organización de esta estancia. Y la noche con nuestras lecturas favoritas.
Don Tobías se ha retirado a una ermita pero los domingos nos lleva a la Misa, dada ¡por un padre alemán que se ha venido por extraordinarias razones! Para nosotros es un hecho fundamental en nuestras vidas necesitadas de un buen, un noble pastor. El pueblito donde está la parroquia es tan sencillo cuanto tranquilo y atesora todo lo que se puede en este mundo de lo que Jesús nos ha dejado: la paz. Digo mal: no todo lo que se puede pues siempre esto depende de hombres de buena voluntad que son variables en más o en menos.
Evito decirles cuanto los extraño porque los llevo conmigo en el misterio cercano del hogar que ahora es el nuestro. Sí, siento un desgarro pero es el de la finitud de esta vida donde Dios todavía no ha irrumpido glorioso aunque nos ha dado la paz y la gracia, tan enviadas por San Pablo al comienzo y fin de sus cartas. Yo se las envío con todo dolor y alegría. Porque al mismo tiempo uno experimenta los contrarios en la creación. Jesús padeció y resucitó. Nosotros vamos hacia Él: somos peregrinos de Cristo.
Un abrazo muy grande a mis tías y este llanto de amor bienaventurado a vosotros. Un cariñoso saludo de Flora que cuida de mí con amor. Vuestro hijo: Florencio”.
He aquí que cuando vio Flora, asomándose a la habitación, que Florencio estaba pensativo con la cabeza en la mano y el codo en la mesita, juzgó que había concluido con sus cartas y llamó a comer y éste salió de su estado de perplejidad y traído por la vaciedad de su estómago y el aroma al guisito de arroz con hongos y azafrán valenciano salió hacia la mesa, delante del panorama de vacas y terneros de blancas caritas que ramoneaban en el prado frontero.
Conversaron acerca de lo que acababa de escribir y que volaría sobre la amplísima llanura del mar para alcanzar la tierra natal.
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