martes, 12 de junio de 2012
LAS LENTEJAS DEL ESPÍRITU
El potaje de lentejas los fue trayendo a las casas y un vientecito frío los preparaba para ellas. Don Tobías vio en el bebedero a la yegua con su potrillito y le dijo:
“¡Ah bonita viniste al calorcito del hogar!”-
“Sí,- dijo Florencio- “quise que Flora las tuviera cerca para que fueran amigas y ella les habla y les da azúcar y les han hecho un pesebre con los niños y Amelia”.
“Les darán alfalfa que hay en el galpón” dijo Tobías con satisfacción.
“Ya lo creo está mimada por quien no conoce de animales” dijo riendo Florencio.
“ Al animal no se lo conoce cuando se lo ve como instrumento. Los hombres en el campo los ven como compañeros. Lo que sucede es que son poco tiernos consigo mismos. Han tenido una educación ruda y la doctrina cristiana en seco. La alternativa de la ciudad es lo contrario con una moralina cristiana y una educación que no va a las altas cumbres y se vuelve más y más técnica”.
/Diciendo esto llegaban ya a la puerta de la casa y cuando se abrió los invadió un aroma que halagaba el hambre y los llevó rápidamente después del lavado de manos a sentarse a la mesa ¡Qué fascinación tienen los guisos en invierno para quienes poseen el tesoro por el cual han vendido todo y han comprado aquel campo donde estaba escondido!
/Flora tenía preparada la mesa delante de la cocina económica. Platos playos para asentar la escudilla, con cuchara, tenedor y cuchillo; panecillos caseros; copas para el vino y el jugo de naranja; una tabla con queso de cabra y servilletas bordadas por las tías de Flora, es decir hermanas de Tobías. Esto provocó el entusiasmo del tío que sin duda despertaba los fondos de la memoria: su infancia en Mallorca, aquella isla maravillosa, sus hermanas y sus padres, su adolescencia investigadora que lo llevó en barcas por el mediterráneo como una suerte de Ulises; su viaje a América y las oportunidades que en esas épocas se tenían para adquirir tierras en zonas poco valoradas que lo trajo a este valle donde el destino providencial lo hizo dueño de este campo, heredado por su esposa donde él puso su capital para hacerlo productivo y encontró el final de sus viajes en la plenitud de la intimidad; su viaje de visita a Mallorca cuando Flora era pequeña; su reciente invitación a los jóvenes…
“Queridos hijos” dijo, “tengo mucho para contar pero más para callar y dejar que el instante dé lugar a la paz. Y ella se experimenta en este momento delante de este plato de lentejas, propia de la intimidad de Jacob”. Y bendijo la mesa y comenzó a comer un plato, para él, mágico.
“Ay tío ¿Cómo sabe tanto y no se dedicó a estudiar?” dijo Flora admirada.
“Bueno”- dijo después de probar una buena cucharada del potaje, “tanto como no estudiar…la educación entonces en la adolescencia era muy firme y en el caso nuestro muy humanista…aquellos curas sabían lo que implicaba educar y es decisiva la infancia y la primera juventud. Además el entendimiento se fortalece con las virtudes morales que entonces tuvieron en mucho hacer que las ejercitáramos; y hay tradiciones fuertes: las nuestras dependieron del beato Llul y pesaron in situ. Donde hay un hombre paradigmático todo se ve allí. Y la obediencia al orden de la razón da lugar a que el maestro interior haga su obra”.
“Así es tío” -decía Florencio, no hace falta nada especial sino un lugar despejado que es, creo, lo que se llama buena voluntad, la que tenían los meditativos pastores de Belén”. Y le guiñaba el ojo a Flora para que ella hablara y el tío pudiera comer ya que estaba en compañía y entusiasmado.
“Sí”, decía Flora: Ud. tío es sabio y no hizo estudios especiales, el cura Mateo es sabio y estudió con aquellos alemanes de tomo y mi Florencio es sabio…porque es mi esposo…”.
“No hay secreto en esto: los buenos maestros dan fruto porque enseñan a vencerse uno a sí mismo y a leer aprendiendo lo que desde siempre y para siempre quiere ser aprendido. Yo en esto tengo el refuerzo de mi amigo, el filósofo, que no me dejará ni una semana de enviar sus descubrimientos”, dijo el joven.
El tío comía y encomiaba las lentejas donde reconocía la enseñanza de sus hermanas. Sentía que Dios lo había premiado porque le restituyó lo que había dejado atrás en la figura joven y auténtica de su sobrina y ahora tenía familia. Ya vimos que él los consideraba sus hijos, los que no tuvo, y eso era muy consolador en la medida en que ellos lo aceptaban así. Además valía aquello dicho: que los parientes verdaderos son los que cumplen la palabra de Dios.
Lo fundamental para la paz que experimentaban era la unidad de los instantes y plenitud consiguiente del tiempo: no había planificación estricta acerca de las acciones futuras, no estaban en el futuro sino en el presente amplio que lo incluye mansamente, ya determinado por el “hoy”; estaban en el plan donde lo que cuenta es el llamado de la palabra del ser que a cada uno les da al maestro interior que les enseña todo, un todo que consiste en saber cómo ser morada de Dios en el Espíritu.
Esas lentejas que Flora iba sirviendo desde el calor de la cocina de hierro eran para gozar del invierno, acompañado en ese valle por un cielo transparente y una luz como la del éter olímpico.
“Bueno hijos ahora a ejercitarse un poco persiguiendo a quien llama a nuestra puerta. Porque toda la vida es un ir tras él pasando por las criaturas. Tanto paraíso he visto yo de joven en nuestra isla; tanto mar he cruzado para llegar aquí y cumplir con los deberes de la vida humana; tanta alabanza de la simple belleza del caballo, del ternero, de los incontables pájaros que nos rodean, del agua cantarina de la acequia, acompañado por estos árboles orantes; tanto afecto de los más próximos que el Señor nos puso al lado y todo esto para verlo cara a cara. A ello vamos hijos y para ello usamos de las cosas y gozamos del amor de las personas: para Él. Si descuidamos esta meta de la existencia ésta se deslíe y se hace nada, como dijo nuestro Pablo en su himno a los Corintios”.
/Y dicho esto agradeció, se puso en pie y saliendo de la casa se fue caminando por el sendero hacia lo sustancial de la persona en quien, por quien y para quien hemos sido hechos y que hace la unidad de los instantes en Él, denominada “paz”. “Esto es la verdad”, pensaba mientras avanzaba entre el caminito de talas y chañares, “pero ardua, porque no te veo, pero a quienes veo y amo los tengo que dejar en algún momento, en cambio a ti te llevo conmigo ahora que estoy a solas, porque en realidad yo estoy en ti y soy en ti. Se siente una melancolía porque nos desprendemos y hasta un llanto en el caso de la separación drástica de la muerte y es con la esposa con quien se comparte lo más y sin embargo eres Tú quien nos sigues llamando hasta que reposemos en ti ¡Qué palabras inspiradas las de San Agustín: FECISTI NOS AD TE ET INQUIETUM EST COR NOSTRUM DONEC REQUIESCAT IN TE! El “ad” indica un camino, que es la existencia que vuelve a ti, asistido por quien nos ha sido dado: el Espíritu Paráclito”.
/El hombre de edad se iba a su ermita y los jóvenes quedaban en la suya un poco adormecidos por el almuerzo. Dejaron que pasaran las horas ocupados en manualidades, delante de las tres sierras que tenían en el ventanal de la cocina y de las vacas que se movían en la quietud del prado o bien, como dicen los paisanos, “bajaban al agua” y se acumulaban esperando que les abrieran la tranquera para beber recordando aquello:
y la caballería
a vista de las aguas descendía.
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