miércoles, 6 de junio de 2012

EL ES HOY AQUÍ

La siesta de invierno es plena tarde y en estas latitudes es dorada. Las actividades no se apartaban como en las ciudades tanto del fin como para que éste se perdiera de vista. Si ellas son para la subsistencia en realidad hace mucho que han perdido relación con ella, quizás desde el momento del papel moneda que dejó de ser a su vez “plata”. /Se trabaja desde hace mucho por la plata y se pierde contacto con el fin inmediato que es el pan, la carne, el dulce, el azúcar. Florencio tuvo una obsesión en su formación y por eso eligió ciencias agrarias: creyó que el hombre no debía perder contacto a través del medio de cambio con el fenómeno edafológico y productivo de sus alimentos o para decirlo directamente: no debía perder contacto con la naturaleza. Debía tender a procurarse todo lo que pudiera con sus propias manos e inteligencia si tuviera cerca el tesoro de una tierra. Delegar eso y optar por el dinero era un error en el principio que se hacía abismal con el tiempo. Aquí, en su granja se veía el fin de la subsistencia y el de la existencia en un mismo objetivo. La cooperativa le agregaba el hecho comunitario que despejaba la consabida moralina del “ser social”. Ya éramos uno buscando escapar de la miseria y al mismo tiempo del lucro: dos males que derruían la condición humana. /Por eso dejando a Flora en sus tareas hogareñas, que son invisibles como las de las hormigas dentro del hormiguero y pacientes y de pequeñísimas cosas, se lanzó azadón, pala, rastrillo en mano a seguir con sus canteros. Comenzó con el siguiente, ahora con la seguridad de la huerta cercada. El trabajar la tierra era una delicia de la cual uno no debía privarse. Hay un contacto con la tierra de donde fuimos tomados que origina un pensamiento manso y humilde donde el hombre se halla en su elemento: el humus. La introducción de la pala en ella inicia una relación callada y cierta porque su pasividad y tolerancia a la profundización de lo que en sí puede guardar y la hace buena se vuelve sobre el obrero que la trabaja provocando una inmediata reciprocidad analógica. “Yo mismo soy una tierra que se remueve”, piensa quien hunde su pala y va dejando terrones, de los cuales se emanan aromas con la humedad de un riego fino que en pequeña medida se le ha dado. Y cuando luego el azadón deshace los terrones con la dureza transitoria de esa superficie, abandonada antes y ahora objeto de diligente ternura y predilección, la analogía cae sobre el alma, seca y luego dura, la cual ahora recibe el cuidado de unas manos santas y venerables que va deshaciendo su terquedad de cascote polvoriento, comenzándose a sentir el aroma de sus espirituales sentimientos. Entonces viene el rastrillado piadoso que se entrevera en las gramillas enraizadas y despaciosamente las va juntando en un rincón mientras el alma ve cuánto tenía en si que formaba bollos o bultos dando la impresión de contenido ¡No era sino estorbo para recibir la buena semilla! Y el rastrillo requiere ayuda del carpidor para desenraizar y aún de una palada profunda y dale que te dale la tierra va quedando ella sola como humus y el alma parece que se deleita comprobando cómo se ve libre y desembarazada ella misma de sus raíces infecundas por el cultivo intenso sobre un sector, uno por vez. /Ahora Florencio respiraba con intensidad mientras el rastrillo iba y venía pulverizando la bendita tierra. Así deben estar las almas dispuestas por la humilitas para recibir las semillas de las virtudes que él siembra y nosotros laboramos para que esto ocurra. Llegó el momento de la siembra junto con el del té; sembró cebolla de invierno; colocó las cuatro varas de mora curvadas y cubrió con una tela por precaución y para ayudar por las heladas. Entonces se fue a tomar el té con Flora con quien repitió la meditación de la tierra. Después no había para mucho trabajo por el frío invernal y se trasladó a la casa de Bernardo donde fue bien recibido ya que los niños estaban ya haciendo los deberes con Flora y él allí comentando sobre el estado de la hacienda revisada por el padre, a cargo de algunos cuadros poblados de vacas y novillitos de invernada. Por cierto que comunicó su siembra con alegría general y se informó acerca de lo que era pertinente. Rosendo no bajó pero se encontró con Bernardo a la mañana en un rincón de los alambrados intercambiando algunas expresiones escuetas sobre clima y rastros de animales. /Así era el día que Florencio llenaba de otras cosas que procedían del don particular que iluminaba las cosas con una luz, aquella que mostraba el mundo como un paraíso: el de la caridad derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo de la promesa. Un hecho acaecido ya en la existencia. Precisamente en esa tarde Mateo había salido a rezar el rosario camino arriba en la sierra después de la misa tempranera de invierno que tenía la asistencia de unos pocos parroquianos. En ella estaba el sentido del día y ella abría el claro de la gracia de la caritas con la transubstanciación. Con un grueso manto de lana hilada y teñida a mano y tejida en telar por viejas de la sierra subía. En los repliegues de su alma también análogos de los de la sierra que enrojecía sonaba el Verbo. Por las junturas del alma y del espíritu destilaba mirra. “Vater unser der du bist im Himmel” rezaba en su lengua materna mientras se dirigía a su madre celestial y recordaba a la suya en Colonia. La madre de Dios lo unía a ella y los recuerdos lo embargaban. Su seminario, la casa de dos pisos donde nació y vivió con sus hermanas. La repostería pascual y navideña, los maestros que recibieron al mismo Joseph Matías Scheeben, el piano, los coros de la catedral. La sierra ahora asumía aquel pudor y se convertía ella entera en una rosa mística. Los misterios dolorosos pasaron rápido mientras miraba aquella vista de cañadas de sombras azules, laderas rosadas y lomas brillantes de bosques rojos. Después la ceniza azulada y más tarde volvió su rostro y caminaba de vuelta con los misterios gloriosos hacia el horizonte del bajo encarnado cuando los campos se sumen en una armonía para la cual hay que tener mil oídos. El interior del cura que sencillamente rezaba su rosario y luego rezaría sus vísperas en una capillita de su templo absorbía el orden de la paz, aquella que Jesús había dejado y a la cual él se había consagrado. Ya el horizonte sanguinolento manaba el color de las heridas homéricas. Entonces recordó a su jóvenes discípulos y se alegró. En se momento Flora y Florencio se preparaban para leer su lectura diaria y sus salmos de vísperas y el abrazo de Dios se estrechaba en la noche que no alcanzamos a encarecer en esta narración. Porque allí y entonces Quien “Es su ser” se hace más cercano en la sencilla alabanza que lo invoca in Spiritu. De una manera propia en el la intimidad del hogar los esposos se acercaban, de una manera también propia el sacerdote lo hacía en su casa donde después de rezar y comer también se divertía en alguna lectura especial. En ese tiempo estaba leyendo LOS NOVIOS de Manzoni. Reíase con don Abundio un cura de otro y se enternecía con los prometidos, mientras nuestros héroes terminaban la Vida es Sueño y se introducían en el suyo bajo las estrellas heladas al calor de su lecho itacense.

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