lunes, 23 de septiembre de 2013

EL ALIMENTO EPISTOLAR DE FLORENCIO

Finalmente llegó la carta desde el semestre de invierno alpino fresca de pensamiento nuevo.
"Querido amigo: Los aires de la esperanza de la verdad lleguen hasta tu casita serrana mientras yo los aspiro diariamente en los seminarios que voy haciendo con tanto gozo en estos días con mi nuevo maestro que avanza con pies de paloma sobre el terreno de la historia. 
Se ven en el horizonte montañas y nubes gloriosas que se ofrecen como lugares para habitar, claros, límpidos, fértiles, coaptados para la Gelassenheit. 
Se ve la estancia en la verdad que requiere pureza, la de los altos montes donde las Musas tenían sus altares junto a las fuentes originales de las aguas, la del refugio donde el amigo nos llama amigos en la correspondencia de la caridad bajo la brisa constante del Espíritu, que mueve las nubes coloreadas de Dios, la de la belleza de la libertad que en sí reside y por sí se determina, espíritu. 
Voy de cumbre en cumbre, de contemplación en contemplacíon, de theorema en theorema 
¡Qué tal gozo de la verdad haya podido emerger en nuestro tiempo!  Ver lo que ha sido en la historia de la verdad; ver lo que hoy ha querido ser y debe esperar de un futuro que avanza hacia el origen exigiendo la cosa del pensar; esperar nosotros lo que ha podido ser y debe ser desde las sabidurías que nos siguen hablando desde su fuentes que manan y corren. Me refiero a Homero, a Pablo, a Hölderlin en la pureza incondicionada de sus poemas. Todo se ordena y mi maestro va viendo la trama de su construcción. 
Allí estoy y estaré sin obstáculos como quien quiere saber, quiere saber más quien quiere saberlo todo. ¡Y puedo! como dijo San Agustín de la verdad eterna que conoció por la caridad. Aparte te envío las clases que he copiado acerca de Parménides, de Agustín y de Hegel. Tú veras y admirarás la precisión y claridad.
Me regocijo con tu Bendición y te envío mi gozo. Un saludo a Flora y a tu cura alemán a quien quiero conocer. Un abrazo de tu amigo."
Florencio se restregaba los ojos al leerla y recibir el hálito de tal plenitud. La Filosofía le daba lo que prometió en sus altas cumbres y ahora renovaba en un tiempo que requería ser visto con pureza para recoger tal promesa de la verdad que fue su comienzo parmenídeo. Muy cerca de donde ellos vivieron Ulises avizoró aquel lugar donde un pastor podía ganar doble salario, donde se acercaban los caminos del día y de la noche, las puertas que le fueron abiertas al que pudo ver a la bien persuasiva verdad de quieto corazón. Digo bien cerca pues aquello, como vio la tradición, se realizó en estrecho de Bonifacio entre Córcega y Cerdeña. Y ellos habían navegado en esas aguas cuando jóvenes.
Los caballeros andantes tenían sus sitios fantásticos la Metafísica apeló al hexámetro de la Odisea donde Homero, cuando Ulyses iba hacia Telépilo hizo aquella alusión al fantástico sitio y Parménides copió tal verso para describir su viaje a la visión del ente perfecto e inmóvil y perfecto. Allí estaban las puertas broncíneas de los caminos del día y de la noche por donde su alma aspiraba a entrar ¿Cómo resistirse a conocer la verdad cuando se es invitado y enviado a ello?
Ahora Florencio ante sus sierras podía ver alimentado en su mente por la Filosofía. Leer aquellas clases en aquel sosiego movido por el entusiasmo de su amigo era un don inestimable que formaba su alma gratuitamente. Por lo demás siempre había sido así: todo se transmite, también lo pleno.

martes, 17 de septiembre de 2013

LA QUERENCIA DE LOS ESPOSOS

El tiempo los encerraba como las sierras. La plenitud de los tiempos los incluía con el acontecer de la gracia. La madre de Dios los amparaba con su gracia plena. Sabiéndolo ellos y queriéndolo y sobre todo decidido el escritor a narrarlo a pesar de toda ausencia de lectores ante un caso como éste, lógico por consecuencia de algo real y efectivo, bello por indicar el resultado de la bondad del dador de la gracia, providencial por la sabiduría infinita de quien dejó que todo cayera en lo malo para hacerlo sobrenadar en la bondad de su misericordia.
Florencio y Flora recién absueltos por la gracia sacramental, que en ellos todavía era medicina preventiva, navegaban libres, henchida la vela por el céfiro en un estío vivificador.
Caballos y arreos, vacunación y vigilancia por los campos floridos y aromáticos, sierras que hendían con sus azules silencios el valle, luz y más luz como la que pedía Goethe, gratis, dada a los hombres de buena voluntad. El tiempo de Epifanía los llevó por enero de tal modo que parecía denso e impenetrable. Por lo demás casi ni se daban cuenta que estaban en febrero porque la mismidad no daba medidas externas al tiempo que simplemente avanzaba hacia el origen, hacia el fin último en medio de lo que legítimamente podemos llamar "felicidad, dicha, o buen destino", en griego EUDAYMONÍA.
Algo entendían ellos de esto porque desde el semestre de invierno el estudiante del doctorado les escribía como se verá a continuación. 
Habitaban ellos en su casita y como las tropillas de caballos no necesitaban otra cosa que su "querencia"

jueves, 12 de septiembre de 2013

LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

Serenidad delante de estas sierras y dirección espiritual más sacramentos eran el buen destino de estos jóvenes que atravesaban su primer verano bajo poderosas nubes que se erigían gigantescas sobre las cumbres, blancas, rosadas, olímpicas. 
La presencia de vacas y caballos moviéndose imperceptiblemente en los campos hacía pleno el vacío de actividades y cosas que llenan las vidas de los hombres en los centros urbanos. 
Quien ambas circunstancias ha probado le resultará increíble que los hombres se aprieten en las ciudades y abandonen la cercanía dulcísima de una majada de ovejas cubriendo un prado, símbolo de la paz.
Es quizás la explicación freudiana mencionada la que justifica que los hombres escapan a la paz por un impulso inconciente. 
El árbol, el algarrobo en especial, lo está diciendo siempre: soy en este sitio; y miles de aves en los bosquecillos ponen en olvido el "cetro y el oro"; 
y sobre todo esos aires irisados por las sierras que refractan los rayos dorados de la tarde vibrando entre todas las cosas: el chañar, el tala y la tusca; y esos pastizales susceptibles a las brisas, todo esto llamaba más y más a lo mismo.
El cura llamó a Florencio que revisaba en esos momentos los árboles brotados con Tobías que se llenaba de gozo con estos trabajos del huerto como quien se ejercitaba en la oración salutífera y por lo tanto podía recibir con pureza "lo que es".
No es un ideal idílico. Tobías se contristaba con lo que debía hacerlo y cómo debía hacerlo: contemplando la pasión de Cristo revivida en la Misa que el recitaba cada día y luego el corazón así levantado hacia el Señor podía alabar. Los días de ese modo se integran en el día eterno.
Así se confesó el joven mientras aquel seguía paseando con su sobrina entre los frutales nuevos y los nogales, juntando alguna fruta de los antiguos, acompañados de los niños que los ayudaban.
Verano era sinónimo de duraznos dorados, rojas ciruelas, damascos, tomates y mazorcas de maíz: el arrancarlos y ponerlos en canastas es lo más gozoso que pueda experimentarse y el alimento nutre alma y cuerpo porque se poseen entre las cosas del habitar.
Mientras, envueltos en sus aromas inefables, los llevaban a la cocina se encontraron con Mateo y Florencio y tomaron una merienda en la galería luego coronada con algunas partituras elegidas por el docto cura alemán quien permaneció con ellos hasta el atardecer cuando lo vino a buscar su taxi.
El tiempo en el ámbito del ser daba en el vacío y simplicidad del camino del campo la plenitud que es no sólo posible sino necesaria y exigible en la así llamada "plenitud de los tiempos".
El cura iba hacia la Misa, "summa res".

martes, 3 de septiembre de 2013

LA PARTIDA DE AJEDREZ

Y llegó el momento de las confesiones dentro del sacramento de la penitencia. El padre alemán no dejaba pasar las semanas sin cumplir este servicio fundamental encomendado por Cristo: "perdonad los pecados". Quien puede quitar tal lastre del alma, quien puede dejarle a Cristo su yugo y tomar el suyo, ligero y suave ¿cómo dejaría de hacerlo sin revelar en ello una sumisión al "thanatos" descubierto por Freud en el fondo del "Ello", este despersonalizado contradictor del "yo", que es el borde de la nada en donde flotamos, decía siempre Mateo. Nos podemos dejar ir hacia abajo y topamos con ese borde o bien nos convertimos hacia el alma que une los elementos de nuestra corporalidad y que en sí se halla en el espíritu, de espaldas a la diversidad de lo sensible. 
Aquí reina la paz y la gran posibilidad de recibir la gracia viendo y queriendo lo que procede del principio: a quien era en el Principio, el Logos y al Don hypostático, que procede de quien origina y de su imagen perfecta ¡Felices los menesterosos con respecto al espíritu! agregaba, con su personal traducción del griego en la primera bienaventuranza, este sacerdote que había cursado filosofía en Universidades alemanas donde pudo leer en griego a Plotino, como se ve. Y en verdad creía que sin él se desgajaba San Agustín quedando las consabidas moralinas que se multiplican como las ranas en los arroyos. 
Ahora con la caridad, gozo y paz de los frutos que recibía por su esmerada preparación y buena disposición según la autoridad de San Pablo, fuente fundamental para él, la tenía a la dulce joven mallorquina cuyos ojos eran como los del mediterráneo que la rodeó en su patria.
Sembrada esa tierra con la semilla del reino de  los cielos le tocaba a él proteger en ella la gracia. Flora había tenido aquel sueño donde se veía atacada por adversarios que tenían armas para distanciarla primero de Florencio y luego hasta separarla a través de aparentes razones individuales. La pesadilla llevaba esta situación progresiva a través de los años a un aislamiento que remataba en la soledad más abrumadora de la vejez.
Ella le contó este sueño.
Mateo resopló y dijo:
Mira como el adversario te ha puesto las piezas para que puedas neutralizar sus jugadas y pasar al ataque-
¡Ay padre, eso me angustió mucho! Yo creía estar unida a Florencio de tal modo que no fuera yo sola quien jugara una partida con el diablo!- dijo Flora.
Y el cura presto respondió: ¡sí está muy cerca en unidad sacramental pero son dos personas que pueden imperceptiblemente ser alejados! En el mundo hay mil cosas para hacerlo y aquí muy pocas pero aquí puede trabajar el contradictor y calumniador como lo hizo en el jardín de Edén: volviendo la persuasión  en contra de la verdad al disfrazarla.
¡Ay padre entonces deberé jugar sola esa partida! ¿Cómo puede dejarnos Dios así? lloró Flora.
Fácil la respuesta- dijo el cura- "Bástate mi gracia". No estás sola: El está en ti. Si no lo supieras, no lo recibieras en los sacramentos, no quisieras encontrarte con el Señor Vivificante en tu intimidad no podrías estar cerca de Florencio, como ocurre con quienes se van aislando por carencia de su soplo avivador y acercador de personas. Hay una procesión infinita entre tu persona y la de tu esposo así como por carencia hay un alejamiento progresivo.
¿Bien pero cómo tomarlo si es invisible? -se quejaba Flora.
¡Ah hija, ya ves que la turbación te separa del Señor, más íntimo que tú misma! -contestó sonriente Mateo- porque olvidas lo elemental. Hay una mano para tomarte en la presencia de su ser infinito, no por ello menos sino más presente. Y como sabes es el sacramento donde el hombre Dios está en su carne tangible a mano. Ahí tienes su cuerpo que es contemplable y comible. Él, Verbo encarnado, te toma cuando tú lo comes. Ese alimento es un sostén que, valga la redundancia, te sostiene en el infinito de su ser simple. Él es en realidad tu esposo en primer grado por su unión carnal y el sacramento del matrimonio sólo despliega tal unión. No estás sola: estás super unida o unida en la consumación de la unidad como dice San Juan al final del discurso de la cena. Mira hija cómo viene la sexualidad matrimonial a ser un signo de la consumación en el ser y con el ser.
¡Entonces Padre que me perdone la falta de fe, de esperanza y de caridad!  Dios es quien está tan íntimo conmigo y de quien escapo para refugiarme en Florencio, el cual al no poder darme lo que ofrece el Señor Vivificante, el amor del Padre y del Hijo, se resbalará de mis manos anhelantes -dijo Flora estremecida con su sensibilidad femenina hecha a la lectura de Antígona y Electra.
Así hija tú harás como penitencia una lectio diaria de aquello que rezas, el Magnificat. Sola tomarás un verso por día y lo meditarás mientras haces tus tareas. Y ahora EGO TE ABSOLVO IN NOMINE PATRIS ET FILII ET SPIRITUS SANCTI, AMEN.
Esta fue la primera confesión de la tarde en la estancia la "Bendición". Florencio y Tobías habían revisado la huerta y comentado acerca de cada cantero y cada surco. El campo azulado por las sierras que brillaban en aquella tarde estival de tal manera que avergonzaban al firmamento, los rodeaba. 
Sin embargo el enemigo está más presente en el paraíso.