martes, 17 de septiembre de 2013

LA QUERENCIA DE LOS ESPOSOS

El tiempo los encerraba como las sierras. La plenitud de los tiempos los incluía con el acontecer de la gracia. La madre de Dios los amparaba con su gracia plena. Sabiéndolo ellos y queriéndolo y sobre todo decidido el escritor a narrarlo a pesar de toda ausencia de lectores ante un caso como éste, lógico por consecuencia de algo real y efectivo, bello por indicar el resultado de la bondad del dador de la gracia, providencial por la sabiduría infinita de quien dejó que todo cayera en lo malo para hacerlo sobrenadar en la bondad de su misericordia.
Florencio y Flora recién absueltos por la gracia sacramental, que en ellos todavía era medicina preventiva, navegaban libres, henchida la vela por el céfiro en un estío vivificador.
Caballos y arreos, vacunación y vigilancia por los campos floridos y aromáticos, sierras que hendían con sus azules silencios el valle, luz y más luz como la que pedía Goethe, gratis, dada a los hombres de buena voluntad. El tiempo de Epifanía los llevó por enero de tal modo que parecía denso e impenetrable. Por lo demás casi ni se daban cuenta que estaban en febrero porque la mismidad no daba medidas externas al tiempo que simplemente avanzaba hacia el origen, hacia el fin último en medio de lo que legítimamente podemos llamar "felicidad, dicha, o buen destino", en griego EUDAYMONÍA.
Algo entendían ellos de esto porque desde el semestre de invierno el estudiante del doctorado les escribía como se verá a continuación. 
Habitaban ellos en su casita y como las tropillas de caballos no necesitaban otra cosa que su "querencia"

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