jueves, 12 de septiembre de 2013

LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

Serenidad delante de estas sierras y dirección espiritual más sacramentos eran el buen destino de estos jóvenes que atravesaban su primer verano bajo poderosas nubes que se erigían gigantescas sobre las cumbres, blancas, rosadas, olímpicas. 
La presencia de vacas y caballos moviéndose imperceptiblemente en los campos hacía pleno el vacío de actividades y cosas que llenan las vidas de los hombres en los centros urbanos. 
Quien ambas circunstancias ha probado le resultará increíble que los hombres se aprieten en las ciudades y abandonen la cercanía dulcísima de una majada de ovejas cubriendo un prado, símbolo de la paz.
Es quizás la explicación freudiana mencionada la que justifica que los hombres escapan a la paz por un impulso inconciente. 
El árbol, el algarrobo en especial, lo está diciendo siempre: soy en este sitio; y miles de aves en los bosquecillos ponen en olvido el "cetro y el oro"; 
y sobre todo esos aires irisados por las sierras que refractan los rayos dorados de la tarde vibrando entre todas las cosas: el chañar, el tala y la tusca; y esos pastizales susceptibles a las brisas, todo esto llamaba más y más a lo mismo.
El cura llamó a Florencio que revisaba en esos momentos los árboles brotados con Tobías que se llenaba de gozo con estos trabajos del huerto como quien se ejercitaba en la oración salutífera y por lo tanto podía recibir con pureza "lo que es".
No es un ideal idílico. Tobías se contristaba con lo que debía hacerlo y cómo debía hacerlo: contemplando la pasión de Cristo revivida en la Misa que el recitaba cada día y luego el corazón así levantado hacia el Señor podía alabar. Los días de ese modo se integran en el día eterno.
Así se confesó el joven mientras aquel seguía paseando con su sobrina entre los frutales nuevos y los nogales, juntando alguna fruta de los antiguos, acompañados de los niños que los ayudaban.
Verano era sinónimo de duraznos dorados, rojas ciruelas, damascos, tomates y mazorcas de maíz: el arrancarlos y ponerlos en canastas es lo más gozoso que pueda experimentarse y el alimento nutre alma y cuerpo porque se poseen entre las cosas del habitar.
Mientras, envueltos en sus aromas inefables, los llevaban a la cocina se encontraron con Mateo y Florencio y tomaron una merienda en la galería luego coronada con algunas partituras elegidas por el docto cura alemán quien permaneció con ellos hasta el atardecer cuando lo vino a buscar su taxi.
El tiempo en el ámbito del ser daba en el vacío y simplicidad del camino del campo la plenitud que es no sólo posible sino necesaria y exigible en la así llamada "plenitud de los tiempos".
El cura iba hacia la Misa, "summa res".

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