Y hablaban sin posibilidad de disputa. En primer lugar la falta de electricidad los privaba de la incesante disputa de los hombres en el seno de una sociedad que se electriza en incesantes tormentas. Lejos de ella y cerca uno de otro podían recibir la cercanía del reino de los cielos anunciada al comienzo de los primeros evangelios.
¡Hay que ver cómo resuenan las palabras en un ámbito sin interferencias en el cual ellos habían caído, lejos aún de los seres queridos en el ethos familiar! ¿Los había llevado allí la Providencia como testimonio de que puede ser lo "sido" en un advenir? Por de pronto la pobreza de sus apetencias los hizo aptos de semejante proyecto.
El hecho de un Robinson que se espacia en aquella isla como un despejo en medio del entrelazado mundo inglés civilizado es un caso extremo de lo que queremos decir ¿Con quien disputaría Robinson o de quien se decepcionaría? Del número dos nace la pena. Él solo ante Dios termina por escucharlo. La persona había de surgir mientras hablaba tanto consigo mismo buscando resolver los problemas de su subsistencia. Claro está, era inglés y no había de ponerse a rezar el millón de avemarías como don Quijote en Sierra Morena.
Pero ¿qué no hubiera hecho por su parte San Juan de la Cruz en aquella isla sin estar obligado a la burocracia conventual de aquella España?
¿Que no hubiera escrito Cicerón si no hubiera tenido que participar de la disputa incesante de la República Romana?
He aquí que Florencio y Flora sin más distracciones que el trabajo con el sudor de su frente, el cual había sido regulado del modo cooperativo dicho entre familias de campo que así luchaban por la subsistencia allí como hubieran luchado en una gran ciudad, avanzaban hacia el hogar en el horizonte infinito del sosiego de la sede, del sitio cuya finitud se incluía en la infinitud presente del habitar, es decir: el tiempo en la eternidad.
Sonaba la voz de Flora prístina en esa casa que era moldeada por ella sin testigos en un día puro como el que avizoró Fray Luis. Florencio como joven destinado a ella tal cual se ha dado en las sociedad simples donde hombre y mujer se unían sin dudas y complejidades sofisticadas, sin embargo lo sentía como algo único y excepcional, desde que sus personas comenzaron a avanzar una hacia la otra en la personalización de lo que llama amor.
Tal cercanía se les volvía infinita porque más cerca estaban más había para acercarse. Y no habiendo nada que los distrajera encontraban en las personas de su entorno una ayuda, como la del teólogo, discípulo de los Misterios del Cristianismo, Joseph Matías Scheeben o de los demás que no perturbarían su viaje ad intra por carencia así como el otro no lo haría por abundancia en la vida en el misterio.
Y aquel proceso era espontáneo o por lo menos se lo pareció a las primeras hermanitas de la paz cuando los conocieron. Ambos grupos vieron la posibilidad de complemento. Ellas requerían familia y los esposos vida monástica. Ambos debían estar insertados en el gran sacramento de la Iglesia y encontraron ese modo facilitado por el mismo sacerdote que halló en todos un empleo pleno de su vocación ek klesiástica, ser pastor del llamado hacia el vocador.
Buscaron el reino y lo demás les fue dado por añadidura.
¡Hay que ver cómo resuenan las palabras en un ámbito sin interferencias en el cual ellos habían caído, lejos aún de los seres queridos en el ethos familiar! ¿Los había llevado allí la Providencia como testimonio de que puede ser lo "sido" en un advenir? Por de pronto la pobreza de sus apetencias los hizo aptos de semejante proyecto.
El hecho de un Robinson que se espacia en aquella isla como un despejo en medio del entrelazado mundo inglés civilizado es un caso extremo de lo que queremos decir ¿Con quien disputaría Robinson o de quien se decepcionaría? Del número dos nace la pena. Él solo ante Dios termina por escucharlo. La persona había de surgir mientras hablaba tanto consigo mismo buscando resolver los problemas de su subsistencia. Claro está, era inglés y no había de ponerse a rezar el millón de avemarías como don Quijote en Sierra Morena.
Pero ¿qué no hubiera hecho por su parte San Juan de la Cruz en aquella isla sin estar obligado a la burocracia conventual de aquella España?
¿Que no hubiera escrito Cicerón si no hubiera tenido que participar de la disputa incesante de la República Romana?
He aquí que Florencio y Flora sin más distracciones que el trabajo con el sudor de su frente, el cual había sido regulado del modo cooperativo dicho entre familias de campo que así luchaban por la subsistencia allí como hubieran luchado en una gran ciudad, avanzaban hacia el hogar en el horizonte infinito del sosiego de la sede, del sitio cuya finitud se incluía en la infinitud presente del habitar, es decir: el tiempo en la eternidad.
Sonaba la voz de Flora prístina en esa casa que era moldeada por ella sin testigos en un día puro como el que avizoró Fray Luis. Florencio como joven destinado a ella tal cual se ha dado en las sociedad simples donde hombre y mujer se unían sin dudas y complejidades sofisticadas, sin embargo lo sentía como algo único y excepcional, desde que sus personas comenzaron a avanzar una hacia la otra en la personalización de lo que llama amor.
Tal cercanía se les volvía infinita porque más cerca estaban más había para acercarse. Y no habiendo nada que los distrajera encontraban en las personas de su entorno una ayuda, como la del teólogo, discípulo de los Misterios del Cristianismo, Joseph Matías Scheeben o de los demás que no perturbarían su viaje ad intra por carencia así como el otro no lo haría por abundancia en la vida en el misterio.
Y aquel proceso era espontáneo o por lo menos se lo pareció a las primeras hermanitas de la paz cuando los conocieron. Ambos grupos vieron la posibilidad de complemento. Ellas requerían familia y los esposos vida monástica. Ambos debían estar insertados en el gran sacramento de la Iglesia y encontraron ese modo facilitado por el mismo sacerdote que halló en todos un empleo pleno de su vocación ek klesiástica, ser pastor del llamado hacia el vocador.
Buscaron el reino y lo demás les fue dado por añadidura.
Corrijo: 1. "...como testimonio de qué puede ser lo sido para un advenir". Quiero significar que estaban en el tiempo pleno u originario.
ResponderEliminar2.Luego de gran ciudad hay que borrar la coma y poner un punto y agregar: "Ellos avanzaban..." Es decir Florencio y Flora se introducían en el tiempo pleno