Si algo preocupa al autor que va copiando estas líneas es no poder encontrar todavía atisbos de argumento como si leyera una partitura de música sin dramatismo y colorido: sonidos puros que se religan dentro del ritmo de la paz, que es pura cercanía de personas con un mínimum de cosas o mejor solamente entre las cosas del habitar, sin futuro y sin pasado como las sierras sumergidas en la ensoñación de su mismidad.
Florencio y Flora sin preverlo ingresaron en un tiempo originario y si algo esperaban era el advenir de lo mismo: un hijo, un otro igual a ellos enviado por quien los había enviado a ellos que se autoconocían uno en el otro. Veían otras personas en la paz.
¿No es acaso la vida eterna esto: conocerte a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo?
Presume el autor que a vuelta de página no hay aventuras como las de don Quijote, ni historias de la burguesía como en Balzac ni menos realidades consonantes con la vida anárquica propagandizada las veinticuatro horas del día ya por la cultura posmoderna donde, quizás, haya atravesándola nuevos caballeros andantes sufriendo los embates de vestiglos y dragones del sin sentido, que tampoco tiene sentido que lo haya.
Nosotros avanzamos pues esperando admirados el acontecer de lo mismo: un avanzar hacia el llamado de la ek-klessia reflejado en los ojos de los apóstoles en Pentecostés pintado por el iconógrafo, visto en el templo de la Virgen Theotokos en Paleokastriza.
Las miradas hacia adentro de los íconos testimonian tal llamado desde Dios viviente. Los visajes de los hombres hodiernos reflejan la solicitud del "afuera" y del ser otro, desafiante, del mucho hacer cosas más y más.
¿Cual es el desafío? El del caballero de los espejos que vencerá a don Quijote el cual para siempre será vencedor de sí mismo en la mismidad de su figura, adentrándose en la sierra Morena de los avemarías.
Florencio y Flora sin preverlo ingresaron en un tiempo originario y si algo esperaban era el advenir de lo mismo: un hijo, un otro igual a ellos enviado por quien los había enviado a ellos que se autoconocían uno en el otro. Veían otras personas en la paz.
¿No es acaso la vida eterna esto: conocerte a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo?
Presume el autor que a vuelta de página no hay aventuras como las de don Quijote, ni historias de la burguesía como en Balzac ni menos realidades consonantes con la vida anárquica propagandizada las veinticuatro horas del día ya por la cultura posmoderna donde, quizás, haya atravesándola nuevos caballeros andantes sufriendo los embates de vestiglos y dragones del sin sentido, que tampoco tiene sentido que lo haya.
Nosotros avanzamos pues esperando admirados el acontecer de lo mismo: un avanzar hacia el llamado de la ek-klessia reflejado en los ojos de los apóstoles en Pentecostés pintado por el iconógrafo, visto en el templo de la Virgen Theotokos en Paleokastriza.
Las miradas hacia adentro de los íconos testimonian tal llamado desde Dios viviente. Los visajes de los hombres hodiernos reflejan la solicitud del "afuera" y del ser otro, desafiante, del mucho hacer cosas más y más.
¿Cual es el desafío? El del caballero de los espejos que vencerá a don Quijote el cual para siempre será vencedor de sí mismo en la mismidad de su figura, adentrándose en la sierra Morena de los avemarías.
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