domingo, 10 de marzo de 2013

PAX IN TERRIS

Las lluvias comenzaron a ser frecuentes y los pastos a crecer. La mañana la pasaron Rosendo, Bernardo y Florencio en su trabajo rutinario: juntar, revisar, separar y reubicar hacienda. Todavía no habían llegado los grandes calores y no había   terneros "enbichaos" pero se iban vacunando en los bretes que tenían las entradas a las represas.
Rosendo y Bernardo trabajaban con mucha habilidad y complacencia, era el trabajo que habían realizado desde pequeños: enlazar, voltear, arrear. Los animales eran señalados por razón de su vacunación y todo funcionaba con orden y voluntad.
Florencio en realidad supervisaba como antes Tobías y se deleitaba con esos animales que miraban como los santos pintados por el Angélico que él había visto en Arezzo, como si no estuvieran en este mundo de la angustia y la sobre excitación. No bien pasaban el trago amargo del pinchazo y de la encerrona se iban felices a sus pastos del paraíso. Y tenían razón: no habían ellos recibido la maldición del pecado original sino a través de los hombres. Quien viera a aquellas vacas perderse en los prados, olvidándose  de su mundanidad, no podría albergar memorias tristes. Pero sabemos que el impedimento para ello viene de adentro, del ser, de la grima que se presenta en el claro del ser.
 Sin embargo el paso de los caballos en el camino de vuelta los sumergía en el orden bello, en el cosmos, en el designio de su creador. El cosmos sin embargo está enmarcado en acosmías como límite del cual nos rescata el salvador, aquel que ha vencido al cosmos.
Era un saber arduo sin duda que Florencio no poseía con precisión pero que breviter estaba contenido en el catecismo de la Iglesia ¿Cómo sino se requiere de un salvador que es el mismo Dios sino por ser la finitud una condición -aún sin pecado- enteramente infranqueable para la criatura que sin embargo apetece un bien infinito? Pues hecho para el Amor no se sacia sino con el Amor o Agape que es infinito. "Fecisti nos ad te" se repetía el alumno de aquel colegio donde se habían comprometido a enseñar lo que tiene que ser enseñado. No es cosa de exclusión la lectura de las Confesiones y lo es de fructuoso ejercicio en latín.
Caras beatíficas de las Hereford más nobleza simbiótica del caballo, más chañares, breas, jarillas algarrobos, más pastos aromáticos y aves compañeras traía en el alma de Florencio que se encontraba ahora con Flora de voz dulce y alma tierna.
 El almuerzo con espinacas de su huerta, habas, papas, salsa blanca con la leche de sus lecheras y huevos duros de sus gallinas y alguna pechuga de añadidura hicieron su deleite. El vino de su valle mezclado en una jarra con naranjas de las sierras alegraba y enorgullecía ¡Todo era propio y estaba al alcance de la mano laboriosa! Ellos se creían benditos y estaban en la Bendición.
La tarde la emplearon en primer lugar para contestar las cartas recibidas y en segundo lugar se ocuparon junto con los niños y Bernardo en la ahora inmensa huerta. Sobre la sierra se elevaban enormes nubes llamadas cumulus y que eran la obra de todos los pintores del renacimiento ayudados por ángeles ¡Tan gigantescas se elevaban y coloridas al soplo de las brisas de las cumbres! Ese soplo del Espíritu allí arriba que está llamando a quien sea capaz de Dios, a quien suba en su más pesante humildad.
A lo largo de la extensión de las sierras se efectuaba esa tarea de instalación artística que parecía envolverlos  mientras trabajaban en los canteros y surcos en el Adviento, tiempo de ángeles y hombres de buena voluntad que están sobre la tierra. La paz resonaba como reflejo de la gloria. 

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