domingo, 3 de marzo de 2013

Se podría decir que los días iban hacia adentro en lo mismo. A mitad de semana iban a hacer las compras y el domingo iban a misa. A veces el padre Mateo venía a confesarlos y a compartir con ellos el tiempo pleno que mencionamos ya que el rey del universo invita a perder el tiempo con su visita al alma que es su morada. Por lo tanto debe hacerlo su sacerdote. Es decir acercarse a las personas nada haciendo es, decía el cura, aquello que se llama CARIDAD, o sea tomar como suyas a las personas y comunicarles lo que se es antes de lo que se tiene, que siempre es algo escaso. En cambio en lo que uno es hay infinitud porque Dios está dándome el ser. Si Él nos mantiene en el ser, solía decir, es para comunicarnos su Persona, no por una vocación biológica ya que la vida es nuestra materialidad, la posibilidad de unos seres compuestos de materia y forma de participar formalmente en el espíritu del Espíritu que el Padre y el Hijo eternamente espiran. EL ESPÍRITU ESPIRA: éste es el ser de Dios, concluía Mateo.
Podemos pensar que en ese pueblito al pie de las sierras regía el ser y no la cosificación del sistema de los entes que crece y crece en la civilización ciudadana tan orgullosa de sí misma en tanto altivamente la considera como "la realidad". A ellos, Mateo, Florencio y Flora nada se les daba de esa realidad, para no mencionar a ermitaño. Mateo ejercitaba los Misterios del Cristianismo de Scheeben que muestran como desde la Trinidad de Personas se tiene la creación del hombre y en él se realiza el misterio de la gracia, de Dios en la criatura, a través de la unión hypostática cuya consecuencia es la Iglesia como gran sacramento donde se preludia por el sacramento de los sacramentos la gloria para la cual hemos sido creados. Florencio y Flora beneficiarios por tener tal director espiritual que repartía ese misterio escondido por los siglos ahora revelado a los pequeños a su vez ejecutaban la verdad del sacramento final, el matrimonio donde se realiza aquello del Génesis: hagamos al hombre a imagen y semejanza y varón y mujer los creó a imagen de Dios.
Esta es la historia que aquí se narra y es tan posible, cuanto necesaria cuanto exigible por la índole de lo que ha sido dado al hombre y pisado como pasado sin desarrollar. Esta novela es su modesto desarrollo delante de unas sierras que parecían esperarlo por su quietud que invita a la permanencia.    

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