Fue el primer
verano y la primera huerta y la primera granja de nuestros jóvenes. Los
animales de granja causan tanta alegría que dan tristeza cuando alguno ha de
sacrificarse para la alimentación de la familia. Flora nunca logró sobreponerse
a ello. Amelia y Bernardo hacían aquella tarea y desde la llegada de Florencio
comenzaron a comprender cómo se resuelve la pobreza con una Granja esquivando
para siempre la miseria (la convicción de Florencio era absoluta a este
respecto).
Ellos ya tenían dos hijos y el tercero estaba
por nacer y luego habían de tener hasta ocho y con la despensa bien abastecida
de verdura fresca y de carnes para completarla. Y digo de pollo, de conejo y de cerdo a los
cuales se le añadieron por el genio de Florencio los peces sembrados en la
lagunita.
Luego vinieron
los dulces que con pan casero no encontraron nunca igual sumada a la manteca
que se hacía con un frasco con manivela y paleta y era insuperable. Llegaron a
veces a hacer queso aunque por allí se podía conseguir en abundancia. Y los
alimentos mencionados son de la máxima enjundia. Sí que el dulce de leche llegó
a ser célebre con el nombre de la Cooperativa. La
consecuencia de todo este ordemamiento fue que el salario pudo ser
ahorrado cada vez en mayor proporción y así agrandaron su casa y la dotaron
cada vez con mejores comodidades.
Tuvieron en Flora
una maestra a lo largo de los años y ésta una compañía en la marcha de la
familia que en el caso suyo nunca fue numerosa como la de Amelia.
Lo que es
natural ha de volverse con mayor luz, espiritual y en el espíritu ha de darse
el campo para el Espíritu prometido que obra en nosotros, según lo trazó la
mano dulcísima de San Lucas. Por cierto no un camino fácil pero sí posibilitado
por la gracia en la plenitud de los tiempos y cuando los obstáculos son
removidos se encuentra tierra para la semilla sembrada por el Salvador del
hombre. ¿De qué la salva? De su mera condición creada "fuera" de
Dios y la incorpora a su ser en la
Trinidad de Personas y lo hace en la figura de familia ya que
el salvador fue hijo de una familia en la tierra. Allí ya comienza a salvar, a
llenar al hombre de gracia, de santidad en las relaciones íntimas del
matrimonio y de la familia.
Esto que parece
un sermón es una realidad sacramental, la del sacramento de la piedad, de la
domesticidad de los ya hijos de Dios, ya no meramente criaturas o, vistas
biológicamente, seres vivos de un planeta especial en el sistema solar. Si no
lo señaláramos estaríamos escondiendo la cabeza en el hueco de la exclusiva
modernidad, tan fecunda en el terreno de las ciencias cuanto ciega en la
realidad del misterio sacramental.
Nuestros
personajes avanzaban por ese camino que Jesucristo había iniciado en el hogar
de Nazaret durante treinta años. Un hecho histórico, metafísico y eclesial y
ahora novelado en la nunca narrada historia de dos jóvenes avanzando en la nada
vacía del ser pleno donde resaltaban las personas despegadas
providencialmente del sistema pegajoso de las cosas artificiales o ciudadanas.
Aquí valía el
arado de mano, la montura, los arneses del carro, los azadones, palas y
rastrillos y eran personajes célebres los árboles y las chimeneas en las casas,
todo cubierto por el abrazo de las azuladas sierras que reflejaban la vida del
cielo. El árbol llegó a ser absoluto como lo que significaba: lo arduo para el
hombre que ha sido el arraigo.
Flora y Florencio
casí les habían puesto nombre a los arbolitos plantados que crecían como raro
prodigio a su vista. Y en esto quedaron aún por debajo de Laertes que le daba
árboles a su hijo quien los nombró en su vuelta a los veinte años cuando tuvo
que conquistar su hogar y ser reconocido en él.
En esta novela
originaria se puede observar lo que decimos: si hay evolución en la historia
será desde una sabiduría originaria cada vez reconocida y olvidada.
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