viernes, 5 de abril de 2013

La navidad llegó entre soledades y plenitudes. Los vecinos tenían sus familias y fueron plenificadas  esos meses por los dos jóvenes esposos con lo que fueron añadiendo a aquella vida campestre, al fin al cabo vida como las de las ciudades pero sin aquella aceleración sumatoria de cosas. El fin último primero en la ejecución, es cierto no les estaba cerca, porque sólo lo está en la mente. Pero sí Florencio y sobretodo Flora se lo acercaba en el sentimiento ¡Y a fe que toco sus primeros villancicos para los admirados paisanos!
Ellos mismos trascendiendo la horizontalidad de la Cooperativa ingresaban por la vertical de la oración y de la diaria liturgia apadrinados: su padrino y el cura los acompañaban en la primavera de sus vidas. El cura dio la misa de la víspera de Navidad y coronó el Adviento. Presentes todos en el pueblo se saludaron con los conocidos, se abrazaron con su maestro espiritual y volvieron con el tío a la estancia con quien cenaron una gallina que se venía engordando especialmente para la ocasión con múltilpes productos de la huerta que hicieron una colorida guarnición. Había mucho que orar esa noche aún después de tal misa solemne. Tobías se retiró a ello ya que había ingresado en ese camino que a los hombres en el mundo se les hace tedioso.
Los esposos pasaron su primera Navidad en calidad de tales muy próxima al pesebre de Belén y a los pastores pues en el galpón estaba la potranca con la madre, en el corral el ternerito con su madre postiza. Los animales de la granja habían sido atendidos más temprano por Amelia, Flora y los niños. Y en los cuadros cercanos mugían de vez en cuando las vacas o relinchaba un caballo como si alabaran al niño Dios.
Las estrellas latían fuertemente en la oscuridad de la bóveda del cielo y las sierras exhalaban paz desde sus cañadas sobre los campos benditos. Ellos no sabían que estimar más y ora salían a la galería, daban vuelta a la casa, se asomaban al alambrado de las madres con sus terneros o se abismaban en el concierto celeste. Las palabras del introito resonaban todavía entonces: LUX FULGEBIT SUPER NOS QUIA NATUS EST NOBIS DOMINE y la oración secreta: UT SICUT HOMO GENITUS IDEM REFULSIT ET DEUS y el Prefacio: EXSULTA FILIA SION, LAUDA FILIA JERUSALEM ECCE REX TUUS  VENIT SANCTUS ET SALVATOR MUNDI y celebrando a Santa Anastasia Flora resplandecía ante los ojos de Florencio que la veía como don esponsal que Dios le había dado.
Esa noche buena recapituló todas las vividas desde la infancia de ambos rodeados de su padres, hermanos y tías a quienes llevaban en su corazón. Mas ellos se sentían como aquellos pastores del ser que recibieron el cántico de los ángeles guardando los turnos de la noche, la cual los abrazaba entre montañas.
Podemos afirmar que la paz los unía y la gloria los iluminaba entonces.   

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