Ellos habitaban. Las vacas coloradas se lanzaban a los pastos ya crecidos de nuevo en primavera tras las frecuentes lluvias. Los caballos brillaban como en los vasos atenienses. Las hojas de los árboles brotados por vez primera les parecían el milagro de la multiplicación de los panes. Las montañas también reverdecían y albergaban preciosas nubes olímpicas en sus cimas. Las represas se llenaban de agua y burbujeaba la acequía en su paso. Desbordaba el verde del monte en los campos y en medio de las tormentas la sierra era de plata.
Ellos las veían formarse en el horizonte sur y avanzar entre relámpagos y cuando se desencadenaba se sentaban en la galería experimentando la bonanza del agua en los prados, entre los árboles, viéndola correr pues había una saludable inclinación en el terreno de este a oeste por el cual se llenaban las represas donde irían a beber los animales. Nunca habían sentido aquella plenitud originaria en sus ciudades aunque tenían cerca el mar a cuya vista se es libre. Pero aquí todo era un organismo feliz de vida plena con poca intervención del artificio de los hombres, era como en los orígenes. Las sierras en su extensión tomaban tales colores en los atardeceres después de la lluvia que inspiraban un cierto temor como seres vivos y no inertes.
Pero lo incomparable era la soledad donde podía germinar desde aquella serenidad inamisible "aquello que se alcanza por ventura".
Pasado el día de Navidad, sin embargo, desde esta soledad donde florecían, escribieron a sus padres y amigos desde una mesita de la galería cercana al algarrobo, árbol de anchos y afectuosos brazos.
La de Flora fue así: "Mamá pasamos una Navidad plena. El tío tuvo nuestra compañía y comimos unos platos muy caseros íntegramente de nuestra producción. Eso nos llena de un gozo nunca sentido: a cada bocado nos decimos que nunca comimos una mejor y más tierna y sustanciosa presa, una lechuga, o espinaca semejante, con una salsa blanca tan cremosa y así sucesivamente. ¡Claro lo tenemos todo y lo hemos trabajado con nuestras manos! Dejemos el dulce de leche que no conocéis.
De la liturgia no hemos estado faltos con nuestro exquisito sacerdote alemán de Colonia, ahora tan enraizado como el algarrobo. El verano aquí no sólo significa calor sino una expansión de los campos y de los animales fenomenal. Han nacido decenas de terneros y algunos potrillos. Han brotado todos nuestros árboles frutales y ya apuntan los duraznos de la Virgen. Todo nos tiene hechizados y es sin embargo la obra de la naturaleza que aquí se ve omnipresente, lejos del mundanal ruido. Mientras pasan las cuentas del rosario los estamos amando y no digo más sino pedirles la bendición y dejando en manos de Dios nuestros días venideros. Afectos para nuestra familia y especialmente para papá.".
Fue más corta la de Florencio pero no de menor efecto y narrando lo mismo. En cuanto a la de su amigo decía así: Sin juramento me podrás creer, como dice Cervantes, que quisiera trasladarte en estas líneas mi complacencia en estos campos serranos donde desenvuelvo mis propósitos. El verano nos envuelve con una fuerza inusitada. Todo bulle aquí como reza la palabra PHYSIS. Al mismo tiempo crece según su propio modo el espíritu. Me refiero al matrimonio que es un misterio, es decir un sacramento. Y andando por este camino, querido amigo, parece que tocamos aquello que todos llaman Dios y creen lejos, mejor dicho en realidad Él nos toca como en la Eucaristía, aquí uniéndonos entre nosotros de una manera especial: uno avanza hacia el otro donde ve su imagen y ella se acerca anhelando su mismidad reflejada. Es sin duda sobre natural porque aquí dos se hacen uno. Es muy raro y no fácil. Nos alienta el padre Mateo, teólogo de los de Colonia que procede, no sé si te dije de Scheeben.
A veces uno cobra temor de lo perfecto. Sin embargo en el Sermón de la Montaña se nos dijo: sed perfectos como el Padre celestial es perfecto. ¡Oh se requiere mucha fe y para ello oración! Pero se experimenta esto: cuanto más se reza más ganas se tiene de rezar porque se alcanza una plenitud en el vacío que tenemos por nuestra hechura desde la nada. Y no te digo más en esta primera carta del tiempo de Navidad porque eres tú el filósofo y yo el agricultor. Y me contarás tus cursos. Un abrazo de tu amigo."
Tales fueron las cartas que revelan cabalmente la situación de los esposos por aquellos días estivales.
Ellos las veían formarse en el horizonte sur y avanzar entre relámpagos y cuando se desencadenaba se sentaban en la galería experimentando la bonanza del agua en los prados, entre los árboles, viéndola correr pues había una saludable inclinación en el terreno de este a oeste por el cual se llenaban las represas donde irían a beber los animales. Nunca habían sentido aquella plenitud originaria en sus ciudades aunque tenían cerca el mar a cuya vista se es libre. Pero aquí todo era un organismo feliz de vida plena con poca intervención del artificio de los hombres, era como en los orígenes. Las sierras en su extensión tomaban tales colores en los atardeceres después de la lluvia que inspiraban un cierto temor como seres vivos y no inertes.
Pero lo incomparable era la soledad donde podía germinar desde aquella serenidad inamisible "aquello que se alcanza por ventura".
Pasado el día de Navidad, sin embargo, desde esta soledad donde florecían, escribieron a sus padres y amigos desde una mesita de la galería cercana al algarrobo, árbol de anchos y afectuosos brazos.
La de Flora fue así: "Mamá pasamos una Navidad plena. El tío tuvo nuestra compañía y comimos unos platos muy caseros íntegramente de nuestra producción. Eso nos llena de un gozo nunca sentido: a cada bocado nos decimos que nunca comimos una mejor y más tierna y sustanciosa presa, una lechuga, o espinaca semejante, con una salsa blanca tan cremosa y así sucesivamente. ¡Claro lo tenemos todo y lo hemos trabajado con nuestras manos! Dejemos el dulce de leche que no conocéis.
De la liturgia no hemos estado faltos con nuestro exquisito sacerdote alemán de Colonia, ahora tan enraizado como el algarrobo. El verano aquí no sólo significa calor sino una expansión de los campos y de los animales fenomenal. Han nacido decenas de terneros y algunos potrillos. Han brotado todos nuestros árboles frutales y ya apuntan los duraznos de la Virgen. Todo nos tiene hechizados y es sin embargo la obra de la naturaleza que aquí se ve omnipresente, lejos del mundanal ruido. Mientras pasan las cuentas del rosario los estamos amando y no digo más sino pedirles la bendición y dejando en manos de Dios nuestros días venideros. Afectos para nuestra familia y especialmente para papá.".
Fue más corta la de Florencio pero no de menor efecto y narrando lo mismo. En cuanto a la de su amigo decía así: Sin juramento me podrás creer, como dice Cervantes, que quisiera trasladarte en estas líneas mi complacencia en estos campos serranos donde desenvuelvo mis propósitos. El verano nos envuelve con una fuerza inusitada. Todo bulle aquí como reza la palabra PHYSIS. Al mismo tiempo crece según su propio modo el espíritu. Me refiero al matrimonio que es un misterio, es decir un sacramento. Y andando por este camino, querido amigo, parece que tocamos aquello que todos llaman Dios y creen lejos, mejor dicho en realidad Él nos toca como en la Eucaristía, aquí uniéndonos entre nosotros de una manera especial: uno avanza hacia el otro donde ve su imagen y ella se acerca anhelando su mismidad reflejada. Es sin duda sobre natural porque aquí dos se hacen uno. Es muy raro y no fácil. Nos alienta el padre Mateo, teólogo de los de Colonia que procede, no sé si te dije de Scheeben.
A veces uno cobra temor de lo perfecto. Sin embargo en el Sermón de la Montaña se nos dijo: sed perfectos como el Padre celestial es perfecto. ¡Oh se requiere mucha fe y para ello oración! Pero se experimenta esto: cuanto más se reza más ganas se tiene de rezar porque se alcanza una plenitud en el vacío que tenemos por nuestra hechura desde la nada. Y no te digo más en esta primera carta del tiempo de Navidad porque eres tú el filósofo y yo el agricultor. Y me contarás tus cursos. Un abrazo de tu amigo."
Tales fueron las cartas que revelan cabalmente la situación de los esposos por aquellos días estivales.
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