viernes, 26 de abril de 2013

EL RITMO DE ANTAÑO LOS PROTEGÍA

El ritmo del campo en aquellos tiempos que estaban cerca de lo que podemos llamar el ritmo de antaño hacía que el verano fuera el crisol de sus delicadas y tiernas vidas. Emergían de él como brillante oro cuya pureza era el resultado de su exclusivo contacto con la tierra y sus cosas. Nada los amenazaba desde fuera por la situación de aquellos tiempos y lugares. Y por dentro ya sabemos de su permanencia en la palabra del Verbo cuyos discursos johánicos les daban lo que prometían: la vida eterna. Ellos amaban "by de book".
Ya recogía una canasta de tomates diarios y eran tantos que debían procesarlos con los socios. El primer fin de semana conseguidos los frascos hicieron salsa que guardaron en el gran galpón. Así comenzaban ya a tener para el canje en el pueblo. El almacenero les daba una bolsa de harina y ellos ya le daban botellas de tomate al natural. La primera producción de esta noble planta que se extendía en bien atadas cañas a la vista admirada de los esposos que los revisaban como a soldados bien formados en fila. cada día. El maizal también solicitaba ya su cosecha ¡Ese caminar por los surcos bajo el calor y el aroma llena el alma de un agradecimiento espontáneo al creador! No es cuestión de teología alguna sino de correspondencia a lo que los sentidos reciben en esos momentos sublimes del verano cuando el verde de las anchas hojas del máiz esconden las mazorcas pletóricas de grano que además de la dulzura para el gusto se secarán para alimentar a los animales de la granja lo cual se vuelve también un gozo de quien da y quien recibe a tiempo.
La espesura de este verano recién comenzaba 

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