Pero lo que les fue mas caro era lo que hemos llamado el tiempo pleno que resultó de haber amortiguado el futuro de tal manera que no tenían un plan de vida, el cual, por lo demás, debe sin duda fracasar cuando se busca felicidad en las cosas sin haber concebido el fin de todos los fines.
Ellos depotenciaron el futuro y se plantaron en el presente delante de estas sierras que emergían con esa presencia viva de tierra celestial, cuando la tierra recibe el cielo con toda pureza y se funden ambos en una extensión de doscientos kilómetros. Un poema monumental lleno de luz durante todo el día y de misterio suave y acariciante durante la noche ¡Que reserva o continente de vida guardada en cañadas, laderas y lomadas! Tan monumental y al mismo tiempo recogida que por ellas dejaron atrás sin pena el mismo mar mediterráneo.
Flora amaba las nubes y ansiaba poseerlas cuando vivía en su ciudad. Ahora las enormes nubes estivales se posaban sobre las altas cumbres y daban el espectáculo de gigantes en las tardes, encendidas por los rayos que los atravesaban animadas por los vientos del atardecer.Y muchas veces se colocaban al sur y avanzaban de un gris azulado entre descargas y relámpagos hasta que llegaban a descargar su santa ira sobre los campos sedientos por el calor.
¡Era para ella una obra maestra que surgía espontánea de la naturaleza que por conocida no le resultaba menos que sublime!
Florencio que le acompañaba en la admiración veía madurar el día desde su alazán entre los campos inefables. El hombre escapa en general de su profundidad y escapa, quizás sin conseguirlo, como de Dios. Aquí habla Dios Y EL HOMBRE ESCUCHA. Era mucho atravesar los "fuertes y fronteras" y llegar a "los bosques y espesuras plantados por las manos del Amado y decir:
¡Oh prados de verduras
de flores esmaltado
decid si por vosotros ha pasado!
Ambos habían recibido a San Juan de la Cruz como herencia y lo leían en la estancia que a su vez les legaba el invalorable tío Tobías, que debía llamarse Tobit por su virtud.
Y lo que veían era lo poetizado:
Mi amado, las montañas
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos
el silbo de los aires amorosos.
Estaba retratado en sus sierras rodeados ellos de la soledad amplia de aquella estancia que no en vano llevaba tal nombre. Y ya que ellos tuvieron la audacia de recogerse en ella, quizás contra la opinión de sus prójimos, no podían menos de recibir gratis aquello de lo que los hombres escaparon para sumirse en la dudosa comodidad de las ciudades. Aquí la renuncia a ella no priva sino que da: es el camino del campo.
Así hemos mencionado una y otra vez donde confluía la luminosidad de aquellos días de plenitud simple:
La noche sosegada
en par de los levantes de la aurora
la música callada
la soledad sonora
la cena que recrea y enamora.
Y así era la verdad. en aquella soledad sonora Flora lo recibía a Florencio quien luego de soltar su entrañable alazán a la riqueza del campo se encaminaba a su casa cuyo humo había visto desde lejos, significando las labores de Flora, que lo esperaba con la cena con las legumbres y carne y postre de su propia producción. Pero se enamoraban de la dulce conversación in coelis.
Hay que decir que en el verano el cielo cae como un torrente de luz sobre su techo de tejas. Es así, siempre había sido así desde que el cosmos es cosmos.
Ellos depotenciaron el futuro y se plantaron en el presente delante de estas sierras que emergían con esa presencia viva de tierra celestial, cuando la tierra recibe el cielo con toda pureza y se funden ambos en una extensión de doscientos kilómetros. Un poema monumental lleno de luz durante todo el día y de misterio suave y acariciante durante la noche ¡Que reserva o continente de vida guardada en cañadas, laderas y lomadas! Tan monumental y al mismo tiempo recogida que por ellas dejaron atrás sin pena el mismo mar mediterráneo.
Flora amaba las nubes y ansiaba poseerlas cuando vivía en su ciudad. Ahora las enormes nubes estivales se posaban sobre las altas cumbres y daban el espectáculo de gigantes en las tardes, encendidas por los rayos que los atravesaban animadas por los vientos del atardecer.Y muchas veces se colocaban al sur y avanzaban de un gris azulado entre descargas y relámpagos hasta que llegaban a descargar su santa ira sobre los campos sedientos por el calor.
¡Era para ella una obra maestra que surgía espontánea de la naturaleza que por conocida no le resultaba menos que sublime!
Florencio que le acompañaba en la admiración veía madurar el día desde su alazán entre los campos inefables. El hombre escapa en general de su profundidad y escapa, quizás sin conseguirlo, como de Dios. Aquí habla Dios Y EL HOMBRE ESCUCHA. Era mucho atravesar los "fuertes y fronteras" y llegar a "los bosques y espesuras plantados por las manos del Amado y decir:
¡Oh prados de verduras
de flores esmaltado
decid si por vosotros ha pasado!
Ambos habían recibido a San Juan de la Cruz como herencia y lo leían en la estancia que a su vez les legaba el invalorable tío Tobías, que debía llamarse Tobit por su virtud.
Y lo que veían era lo poetizado:
Mi amado, las montañas
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos
el silbo de los aires amorosos.
Estaba retratado en sus sierras rodeados ellos de la soledad amplia de aquella estancia que no en vano llevaba tal nombre. Y ya que ellos tuvieron la audacia de recogerse en ella, quizás contra la opinión de sus prójimos, no podían menos de recibir gratis aquello de lo que los hombres escaparon para sumirse en la dudosa comodidad de las ciudades. Aquí la renuncia a ella no priva sino que da: es el camino del campo.
Así hemos mencionado una y otra vez donde confluía la luminosidad de aquellos días de plenitud simple:
La noche sosegada
en par de los levantes de la aurora
la música callada
la soledad sonora
la cena que recrea y enamora.
Y así era la verdad. en aquella soledad sonora Flora lo recibía a Florencio quien luego de soltar su entrañable alazán a la riqueza del campo se encaminaba a su casa cuyo humo había visto desde lejos, significando las labores de Flora, que lo esperaba con la cena con las legumbres y carne y postre de su propia producción. Pero se enamoraban de la dulce conversación in coelis.
Hay que decir que en el verano el cielo cae como un torrente de luz sobre su techo de tejas. Es así, siempre había sido así desde que el cosmos es cosmos.
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