lunes, 17 de junio de 2013

VERANO EN LA ESTANCIA

El milagro de la noche en el lugar donde los cielos absorben lo que tocan, por falta de obstáculos que impidan su caída sobre las personas y las cosas, tomó a los esposos visitantes con la magia de los campos que laten al ritmo puro de la naturaleza y de las costumbres de antaño ¡En los siglos de los siglos (años medidos por millones) la noche se posaba sobre montes y praderas, claustrados por los muros vivientes de aquellas sierras, sin muestras de notar lo que llaman el paso del tiempo: siempre era la misma noche para sí misma y levantaba en los veranos ese movimiento "allegro maestoso" de la sinfonía que iba avanzando con brío al largo del otoño, dando tema a Vivaldi que así percibió musicalmente el giro del año.
Nuestros huéspedes sentían pues en la pureza de aquella situación la inclusión en aquel misterio donde el hombre estaba, acaso como un tardío invitado a la fiesta del más acá de todo lo que se tiene por urgente entre los hombres, como se ilustra en la parábola de los invitados a la boda.
La cercanía, el sosiego, la mansedumbre, la serenidad: a ello han sido invitados los recién llegados, las personas del sexto día de la creación configuradas a imagen y semejanza del creador y destinados al séptimo día, llevando en sí las primicias en la persona.
El hecho en su pureza podía experimentarse en "la Bendición" dadas las condicionantes que allí llegaron a ser. Hugo y Hermíone se felicitaban de sus nuevos amigos porque habían recibido por medio de ellos gracia sobre gracia. Se diría que esa noche tuvieron por cierto que eran ellos una las estrellas vecinas del cosmos que navegaban junto a Florencio y Flora de cuya plenitud participaban, entrando más adentro en la espesura del hogar. 
Quizás ellos no habían visto más que la dimensión horizontal de la familia que integraban con gozo en su pueblo. Ahora se abismaban en la vertical y sin el temor de estar solos ¡Veían claramente que el cielo era un luminoso acorde de cercanía! El viaje tenía un término sabido en la fe pero ahora veían que ese término ya era "ahora" y era intenso y extenso.
Les faltaba sin embargo, después del sueño reparador, aún amanecer en el campo, ver el sol salir por la sierra sentados en el brete del corral, sintiendo el despertar de la vida de todos los animales, desde los pequeñitos a los grandes como la grandiosa alabanza de lo simple. El verano era el momento para tal espectáculo.
Compartir el ordeñe con Flora y los chicos los maravilló y el desayuno finalmente los hizo tomar una decisión: quedarse hasta la mitad de semana en la estancia. Una cosa eran las vacaciones que gozaron en la sierra y otra entrar en la gracia de los trabajos y los días de "la Bendición" y acompañar a sus amigos en esa cotidianidad.
Así se los veía tanto tomar el azadón en la huerta como acompañar Hugo a Florencio en sus recorridos de vigilancia y vacunación y Hermíone a Flora en el ordeñe y elaboración de dulce y labores manuales.
Los esposos más jovencitos se sintieron honrados y comprendieron que la plenitud del hogar era gloriosa al ser compartida. 
Claro, esto llegó a su culmen con la usual visita de los miércoles del padre Mateo y el encuentro con Tobías. El cura sintió un aumento de gloria con asociar a otro matrimonio a su pastoreo. Y a fe que pidió que durara toda la vida porque odiaba lo efímero. No creía que el pastoreo de hombres, personas eternas, consistiera en un paso incesante en medio de individuos a quienes se predicaran abstracciones y voluntarismo sociales como si se repartieran estampas multiplicadas por la imprenta. Por el contrario: una persona es una unidad única que nace ante el apóstol con el cual se queda religado para siempre como otro yo, como un Onésimo a un Pablo a despecho de todos los Filemones que hubiere.
Así ese día fue para los nuevos y para los de antes una novedad de gozo. Mateo se superó a sí mismo: cumplió con su misión sacerdotal confirmando el sacramento grande de la Iglesia y allegando los instrumentos para su plenitud.
No sólo confesó a todos sino que sus palabras penetraban por los entresijos del alma y del espíritu que suele aflojarse en su unidad sin la sabiduría del maestro quien adoctrina como mártir de la verdad, dando vida a la vida joven.
La narración de este hecho del espíritu adviniente sobre la pura naturaleza hace estas líneas beatíficas como podrían haber sido las de Homero si hubiéranse continuado con la vida de Penélope y Ulises en el palacio de Itaca cuyas costas son besadas por las ondas divinas del mar jónico que se adentran en sus profundas bahías bajo un sol que orifica enteramente cielo,montaña y aguas dejando vibraciones interminables en las almas; por no hablar de la vida de Nausikaa si hubiérase encontrado con Telemaco en aquel hogar contemplado por el náufrago aquella infinita mañana en la inefable isla de Corcyra, abrazada por los azules del poema de Pedro Salinas. 

jueves, 13 de junio de 2013

LA AMISTAD, NECESIDAD PERENTORIA

Salieron los cuatro a caballo. Bernardo les ensilló dos de sus caballos y para Flora una yegua mora muy mansa. Al paso salieron hacia el oeste bordeando un alambre y teniendo a mano derecha un amplio prado de altos pastos poblado de vacas con terneros ya grandes por destetar. Más allá un monte espeso de todos los árboles oriundos que asombraban a los visitantes cuando cruzaron el campo entre las vacas y se metieron en el monte por un sendero que llevaba a una aguada. Chañares, piquillines, breas, y jarillas nunca vistas los llenaron de aromas intensos.
Llegaron. Florencio inspeccionó la acumulación de vacas en la puerta de la aguada y las dejó entrar. El regocijo de los animales entrando a las aguas les hizo a todos recordar los salmos que mencionan esta sed de las almas nobles. Ellos subieron al borde de la represa y desde allí veían por encima del monte emerger las sierras en toda su extensión, que abraza el valle y lo cierra por el norte con una sierra más baja y de un color más claro que guardaba los rayos del sol por más tiempo en el ocaso. Allí baja el río que da a la Villa del cura gaucho y cruza una tierra de promisión.
Todo esto le explicaba Florencio a sus amigos que llenaban sus ojos de la gloria de la tarde expandida en el follaje inmenso, en los prados y haciendo su obra  el sol en las sierras que latían  emanando suavísimos efluvios de color en los aires del valle cubierto por un cielo de un celeste tan puro como lo requerían los rayos dorados para atravesarlos y formar una gigantesca corona estival.
Pronto el cielo se iba tornando rosado y las sierras se encendían de carmín y sobre ella el celeste se intensificó en una banda que se levantaba como un telón dividiendo el cielo con un rosado que aún se pintó por encima, tan intenso que los visitantes creían soñar. Por momentos la sierra cambiaba la intensidad de su fuego hasta decrecer en la  azulada ceniza, acentuándose el rosado en la bóveda del cielo.
Un espectáculo era de verdes que brillaban en los montes de árboles dando sus líricos cantos finales del día, de sierras que volvían a pasar a un carmín más débil ahora en un larguísimo poema épico que abarcaba todo el horizonte, del cielo que divinizaba todo como el espíritu que reposa sobre la tierra. Toda esta sinfonía era acompañada por indecible regocijo de miles de alas habitantes que son como los innumerables ángeles, cima de la creación.
Los visitantes y Flora después de pararse frecuentemente sobre los estribos y girar de sur a norte sus cabezas mirando el amplísimo arco de las benditas montañas y saciarse de esta vista sublime descendieron del borde donde estaban, al punto que Florencio con gran destreza empujaba a las vacas fuera de las aguas y cerraba la tranquera.
Emprendieron la vuelta a la casa envueltos en maduros colores crepusculares. Allí los esperaban los niños de Hugo y Hermíone, que así se llamaba su esposa (su padre le había gustado ese nombre al leer una obra de Bernard Shaw) Ellos estaban cuidados por Amelia, Mónica y Daniel quienes les mostraron la granja donde pudieron arrojarles maíz a las gallinas y alimento a los conejos. Estaban por cierto fascinados como todo niño que puede experimentarlo.
Llegaron y Bernardo se hizo cargo de los caballos ayudado por los varones. Las dos mujeres se ocuparon de la comida, otra vez improvisada. El calor era agradable y los campos emanaban su frescura mientras las estrellas comenzaban a navegar por un cielo de oriental zafiro enviando esos mensajes de íntimos navíos que si el poeta no descifra sin duda los atesora como lenguajes del “signo indescifrado que somos”.
Comieron en la galería un escabeche de vizcacha con pan casero y ensaladas recién cortadas con una jarra de naranjas serranas y vino regional, mientras las sombras avanzaban por los senderos llevándose las sierras chicas los postreros resplandores morados del ocaso.
No hay que decir el gozo de Hermíone y Hugo que no sabían medir cuánto procedía del estar con sus nuevos amigos cuánto del sitio especial en que vivían. Esa noche a su vez serían hospedados por Flora en la pieza de huéspedes, donde iniciaron una costumbre que nunca se interrumpiría durante sus vidas que ardieron desde entonces por contigüidad como los carbones.
La conversación fue el camino que emprendieron, que aquella noche de verano se extendió por la abundancia de aquellos jóvenes corazones. Hablaron de todo lo que los llenaba en aquel estado puro de la virtud teologal de la esperanza. Salió la conversación acerca de Mateo y sobre todo de Tobías cuya vida maravilló a los nuevos amigos.
La noche daba para la música especial de Flora. Allí se abrió el armonio y ejecutó las antiguas y raras composiciones litúrgicas que poseía de maestros de capilla que por desconocidos no eran menos dignos de apreciarse. En esa soledad sonaron con profundísima intensidad. Nueva admiración y nuevo gozo de todos que en realidad ampliaban sus almas con la necesidad más perentoria de la vida: la amistad.

Saciados de ella se retiraron a sus habitaciones no sin rezar al compás de aquellas estrellas que hacían cercana su pureza a través del inefable cielo del despejado valle.    

sábado, 8 de junio de 2013

DOMINGO EN LA GRACIA

El domingo partieron todos del hotel a la misa monumental que cantaba el teólogo alemán de Colonia, por maravillosa providencia residente en aquel pueblo serrano del país del fin del mundo. Efectivamente, esta colocación da un vértigo que motiva a cosas sublimes para quien viene de la vieja Europa. En este caso se trataba de la sublimidad de lo más simple y no de la aventura: es el habitar, el hogar, que hace cercano lo lejano, es lo contrario del Ulises inglés, es Odiseo urgido por el AGAPE, por ser recibido por su esposa, rey, no ya reina del claro del ser, como le dice Ulises mendigo.
El ímpetu del río voraginoso que salta rocas y es origen de la energía eléctrica es la semejanza para el industrial y comerciante moderno. La energía del espíritu, la vida permanente que es al mismo tiempo inmanente, la del tiempo pleno como entelequia, como fin perfecto es la ecuación del habitar.
Decir que gozaron la Misa es decir algo lógico, ya que ella es objeto de fruición pura para que así se realice la catharsis del fiel y se verifique el acto portentoso de la redención. Sí, una misa dada con tanto sentido por nuestro cura envolvía a los bien dispuestos en la belleza supra trascendente de Dios, al par que los fijaba en Él según el pedido que el sacerdote para siempre dio en la última cena: PADRE TE PIDO QUE SEAN UNO COMO NOSOTROS SOMOS UNO.
No se puede dejar de maravillarse hasta un grado infinito ante tal sacerdocio que toma el celebrante en sí como representación sacramental. El sacramento del orden sagrado era creído por nuestro cura Mateo con toda fuerza, sabiduría y responsabilidad. Se trataba de comunicar sacramentalmente la gracia y no de una acción social. La sociología no haría mella en el seminario de Colonia plenificado por la santidad de un Scheeben.
Los jóvenes bebieron la gracia y luego de la Misa saludaron al cura y partieron hacia la Bendición porque mucho les quedaba por ver a Hugo y a su esposa de la estancia: ver y andar a caballo que es como recibir el misterio de la tierra.
Así llegaron e improvisaron una comida con lo mucho que había en esa huerta por arrancar y los huevos que había que juntar en la granja ¡No era cosa sino de estirar las manos y tomar de los dones que la Providencia estatuyó para las criaturas racionales!
Uno piensa: ¡qué lástima la rebeldía que se aleja de tales dones simples! Los hombres más y más los toman como medios e instrumentalizan como producción técnica lo que es objeto de sabiduría y es por sí mismo.
No todos sin embargo desobedecerán la fe y dejarán pasar los dones de la simplicidad. Esto último comentaban los nuevos amigos al juntar una docena de huevos y de un golpe llenar una canasta. La junta de tomates y choclos eran cosa de entusiasmar a hombres de buena voluntad. El don de la bondad de un Padre que siendo la bondad misma la comunica en la fluencia de la naturaleza, la cual vio Él que era buena.
Comieron, descansaron, ensillaron caballos y salieron al milagro de los senderos, de los prados y de las vacas las cuales en su querencia transmiten (como se experimenta cada vez) paz.

viernes, 7 de junio de 2013

INCURSIÓN EN LA SIERRA

Saciados por el momento de palabras y después de tomar el té en aquel sitio acogedor salieron a caminar por un sendero de la sierra que Florencio y Flora tanto admiraban desde su campo. Ahora se deslizaban en su regazo, en uno de los repliegues interiores e infinitos de estas sierras, lleno a su vez de rincones que invitaban a sentarse y habitar y parecían más bellos cuanto más se subía. Todo esto era una maravilla de árboles que se agitaban con el viento que comenzaba a venir de la cumbre, de acequias que humedecían las hierbas aromáticas que profusamente se extendían entre las piedras brillantes por el sol y expresivas desde sus antiquísimas vetas.
Las lomas a un lado y otro producían una suave opresión y sumían al alma en graves sentimientos. Por debajo el valle se azulaba hasta las últimas estribaciones de las sierras del oeste las cuales parecían buques que navegaran hacia el horizonte en una escuadra triunfal.
Los nuevos amigos llenos sus ojos de luz si miraban abajo y su alma de impresiones densas, despertadoras de místicas intuiciones mirando hacia arriba respiraban y suspiraban. Desde la cumbre, llamaba el Verbo y el Espíritu tañía el espíritu de los jóvenes bien dispuestos para ello en su formación familiar.
La esposa de Hugo era maestra y estudiaba literatura y lengua; su alma estaba preparada a las resonancias puras como un instrumento de cuerdas. Flora sentía la música intensa que manaba de las montañas. Hugo seguía a su esposa pendiente de sus ojos y tendiéndole la mano para pasar por rocas o acequias que salían al paso. Florencio no podía dejar de escuchar en su interior aquello que el carmelita descalzo modelara en su alma en la oscura prisión:

                                                Mi amado las montañas
                                                Los valles solitarios nemorosos
                                                 Las ínsulas extrañas
                                                  Los ríos sonorosos
                                                   El silbo de los aires amorosos.

El místico y poeta atravesando los pecados del mundo veía y sentía cómo la tierra recibía el cielo y se hacía celeste a despecho del gran desarreglo de los hombres y la envidia efectiva del diablo, “homicida desde el comienzo”.
Ellos llegaron a un sitio, detrás de una loma que les salió al paso, todo verde y cortado al ras por las ovejas que a la sazón ingresaban en un corral de piedra. Las sensaciones bucólicas de la humanidad se concentraron en ese instante que quedó grabado en el alma de los caminantes quienes no sin pena y entre grandes alabanzas retomaron el camino para volver al hotel donde les esperaban los niños y la cena.
Flora y Florencio se quedaban a dormir aquella noche de sábado. No habían tenido nunca esa experiencia pues se habían casado y embarcado hacia su destino donde comenzaron su vida familiar. Sus corazones latían por la novedad.
Conpartíeron con muchísimo agrado la cena con sus nuevos amigos y hablaron hasta tarde en aquel ambiente íntimo, encerrados por la profunda noche de la sierra cuyo misterio les tocaba de tan cerca por vez primera.
Esa noche quedó sellado aquel feliz encuentro donde de una a otra familia se comunicaban lo propio del hogar donde habitaban con admiración.
¿Se llegaría así hasta la vejez? Se preguntaban los jóvenes.

“En el mundo tendréis tribulaciones pero no temáis porque Yo he vencido al mundo”, recordó Florencio antes que se retiraran a sus dormitorios después de largo tiempo de conversación donde los esposos tuvieron que describir sus respectivas patrias tan lejanas.

martes, 4 de junio de 2013

SERVABO FIDEM

"Mis abuelos vinieron al pueblo de Fuentes desde la Umbría como muchas familias italianas de aquel entonces tan llenas de necesidades y capacidades cuanto de esperanzas y con sus conocimientos armaron un tallercito él y un almacén ella trayendo ahorros  de aquellas gentes ordenadas por costumbres regidas por la fe de nuestros mayores que según tengo entendido han tenido más de un milenio de formación. Muchos monasterios, parroquias y Basílicas que desde Roma fueron alentadas y centralizadas a despecho de los avatares de la vida política porque entiendo que nunca se dejó de alimentarse con la Eucaristía  ni impartir los sacramentos a lo largo de los siglos.
 Si esto no produjo riqueza material sí alimentó la espiritual en el centro de la verdad. El arte de aquella Italia da testimonio de ello. Sé que el mundo moderno llegó a caracterizarse por lo que le brindó el desasimiento de la doctrina abriendo con la riqueza el optimismo de lo que ahora se llama capitalismo. Una ética estricta y seca lo produjo dentro de una concepción mundanal. Nuestros países se vieron inundados por las ciencias (que tan positivas nos parecen) y  fueron detrás de los reformados que llevaron la delantera con su sistema bancario. Nosotros dentro de esta atmósfera progresista hemos sido formados sin embargo bajo el ritmo de la campana y la liturgia. 
Nuestros abuelos con este espíritu vinieron a estas tierras sintiéndose como en casa aunque alertados por el creciente desorden de sus compatriotas,  inmigrantes o no, y por el mundo circundante que a esto tiende en sus manifestaciones que amenazan desde su apariencia con una vida sin sabiduría. Eran concientes de lo que el desarraigo trae consigo pero sabían que éste ya se producía por el mundo actual complejo aunque uno se quedara en su tierra. La doctrina social de la Iglesia los amparaba y educaba socialmente  en el orden de la caridad, el cual si no llegaba a todos afirmaba a algunos. Ni León trece ni Pío once habían vivido en vano y sus encíclicas no se escribieron para eruditos sino para hombres de buena voluntad.
Así se afincaron y tuvieron seis hijos: tres mujeres y tres varones que al calor del hogar fueron imbricándose en las tareas del taller y del almacén de Ramos Generales según sus gustos  y pronto día a día, domingo a domingo, misa a misa y fiesta a fiesta se amplió el negocio y el taller y de técnicos pasamos a ingenieros y administradores de la empresa familiar. Allí crecimos y habitamos. 
Mis hermanas se casaron con paisanos que también habían emigrado con similares costumbres y mis hermanos y yo hicimos otro tanto. La unidad de la familia dentro de un pueblo apacible rodeado de campos en una extendida tierra fértil la hizo próspera bajo aquel ritmo original que tuvimos la gracia de conservar. "Conservad la fe" amonestaba San Pablo y esto nos trajo hasta aquí: ahora con una fábrica de cosechadoras que hemos ido innovando y que sigue un camino sin término. Todos los nietos trabajamos en ella más algunos de nuestros vecinos y hemos capeado todos los temporales de la economía. Nuestra vida es trabajo y familia. Creo que la gracia de los sacramentos la vuelve ordenada y aceptablemente dichosa con sus mases y sus menos".Así hablo Hugo dejando admirados a Florencio y a Flora en aquel salón del hotel serrano.

domingo, 2 de junio de 2013

EL HOTEL DE LA LOMA

En el siguiente encuentro  Flora y Florencio llegáronse hasta el hotel de la loma pues tenían deseos de conocerlo. No conocían la sierra aún y esa visita los aproximaba a su misterio. Pasaron el pueblo y subieron por un camino cada vez más empinado, al ver el cartel entraron y sintieron el misterio del sitio que parecía un monasterio natural. La loma los cerraba por el norte, por debajo pasaba una estruendosa acequia de piedra con el agua que venía de las cumbres. Hacia arriba la montaña con bosque de molles y hacia abajo el valle que brillaba como un tesoro de diamantes y detrás otra loma boscosa cerraba el claustro. En ese recinto estaba construido el hotel.
Cuando aparecieron los nuevos amigos que allí se alojaban en sus vacaciones los llevaron a caminar un poco hacia arriba y se refrescaron en un arroyo con grandes piedras. Ellos se maravillaron de la pureza del lugar y sus corazones hacían una promesa de fidelidad como ante un santuario al cual se peregrina.
El almuerzo lo tuvieron en el enorme comedor del hotel con mucha madera lustrada junto a una sala con grandes ventanales que daban al jardín con mesitas,sillones y una gran chimenea. La comida típica de la sierra era el cabrito que en este caso fue hecho al horno de tal manera que se deshacía y deshuesaba al mínimo toque. Luego de un plato preliminar con paté casero y fiambres también hechos en el hotel acompañada de panecillos especiales pasaron al cabrito serrano y este perfecto almuerzo concluyó con varios postres entre los cuales la torta de chocolate Selva Negra fue la reina. Los dueños eran un matrimonio de una mujer dinamarquesa con un húngaro.
Después fueron a sentarse en los sillones y allí se expandió la conversación donde Hugo contó la historia de su familia. Con buena voz y semblante que traslucía una noble emoción comenzó de la siguiente manera:

sábado, 1 de junio de 2013

SIN MEZCLA EN EL ESPACIO LIBRE

Y así era aquel comienzo. La juventud es semejante a una fuente que mana su pureza en lo alto de la montaña para despeñarse con fuerza a través de las rocas que dan sonoridades inefables en las tardes y mañanas del paraíso.
Así lo estaban experimentando nuestros jóvenes esposos que no podían embancarse en bajos cenagosos porque habían dejado la sociedad compleja de la gran ciudad y se habían arrojado a la comunidad simple de la Estancia la Bendición con sus aledaños en medio de una Cooperativa gozosa porque tendía al autoabstecimiento, base de la bella libertad.
Ellos comían de lo propio y ello les provocaba un gozo infinito, algo que trascendía la utilidad y residía en la obra que produce el arte. Los tomates, las diversas clases de lechuga, las acelgas, las chauchas, los repollos, las cebollas, los ajos, los pimientos  (hasta una experiencia con una plantas de papa que se iban enterrando y seguían produciendo) les daban, junto al monte frutal que iba creciendo poco a poco y los huevos, leche y carne de conejo, pollo y cerdo, la más grande alegría que habían experimentado en sus cortas vidas.
Y no había más espectáculo visual que las delicadas y cambiantes sierras y otro auditivo que los campos y montes llenos de pájaros y mugidos y relinchos.
La obra de arte espiritual era la Misa y la lectura llenaba sus noches de turbio en turbio. Los días de lluvia o de viento se desquitaban con lecturas de las altas cumbres de la literatura sin cuya lectura dudosamente se podrá alcanzar a ser hombre. Por lo menos la educación que le es muy necesario al hombre para serlo consiste en conquistar lo que se ha heredado. Cierto que el hombre tiene en sí la fuente que es su propia persona que en el sosiego puede emerger en el ritmo de la paz.
Todo esto fue de parte de nuestros jóvenes comunicado en su primer encuentro en la Bendición con el matrimonio visitante. La comida en la galería de su casa junto al algarrobo se prolongaba con el deleite de la conversación como si estuvieran -dado el olvido del paso o sucesión de las horas- en las moradas que Jesús nos anticipara.
  Ellos por su parte comenzaron a contarles su actividad en el pueblo de donde venían en otra provincia que fue lo que se dirá en otro capítulo