"Mis abuelos vinieron al pueblo de Fuentes desde la Umbría como muchas familias italianas de aquel entonces tan llenas de necesidades y capacidades cuanto de esperanzas y con sus conocimientos armaron un tallercito él y un almacén ella trayendo ahorros de aquellas gentes ordenadas por costumbres regidas por la fe de nuestros mayores que según tengo entendido han tenido más de un milenio de formación. Muchos monasterios, parroquias y Basílicas que desde Roma fueron alentadas y centralizadas a despecho de los avatares de la vida política porque entiendo que nunca se dejó de alimentarse con la Eucaristía ni impartir los sacramentos a lo largo de los siglos.
Si esto no produjo riqueza material sí alimentó la espiritual en el centro de la verdad. El arte de aquella Italia da testimonio de ello. Sé que el mundo moderno llegó a caracterizarse por lo que le brindó el desasimiento de la doctrina abriendo con la riqueza el optimismo de lo que ahora se llama capitalismo. Una ética estricta y seca lo produjo dentro de una concepción mundanal. Nuestros países se vieron inundados por las ciencias (que tan positivas nos parecen) y fueron detrás de los reformados que llevaron la delantera con su sistema bancario. Nosotros dentro de esta atmósfera progresista hemos sido formados sin embargo bajo el ritmo de la campana y la liturgia.
Nuestros abuelos con este espíritu vinieron a estas tierras sintiéndose como en casa aunque alertados por el creciente desorden de sus compatriotas, inmigrantes o no, y por el mundo circundante que a esto tiende en sus manifestaciones que amenazan desde su apariencia con una vida sin sabiduría. Eran concientes de lo que el desarraigo trae consigo pero sabían que éste ya se producía por el mundo actual complejo aunque uno se quedara en su tierra. La doctrina social de la Iglesia los amparaba y educaba socialmente en el orden de la caridad, el cual si no llegaba a todos afirmaba a algunos. Ni León trece ni Pío once habían vivido en vano y sus encíclicas no se escribieron para eruditos sino para hombres de buena voluntad.
Así se afincaron y tuvieron seis hijos: tres mujeres y tres varones que al calor del hogar fueron imbricándose en las tareas del taller y del almacén de Ramos Generales según sus gustos y pronto día a día, domingo a domingo, misa a misa y fiesta a fiesta se amplió el negocio y el taller y de técnicos pasamos a ingenieros y administradores de la empresa familiar. Allí crecimos y habitamos.
Mis hermanas se casaron con paisanos que también habían emigrado con similares costumbres y mis hermanos y yo hicimos otro tanto. La unidad de la familia dentro de un pueblo apacible rodeado de campos en una extendida tierra fértil la hizo próspera bajo aquel ritmo original que tuvimos la gracia de conservar. "Conservad la fe" amonestaba San Pablo y esto nos trajo hasta aquí: ahora con una fábrica de cosechadoras que hemos ido innovando y que sigue un camino sin término. Todos los nietos trabajamos en ella más algunos de nuestros vecinos y hemos capeado todos los temporales de la economía. Nuestra vida es trabajo y familia. Creo que la gracia de los sacramentos la vuelve ordenada y aceptablemente dichosa con sus mases y sus menos".Así hablo Hugo dejando admirados a Florencio y a Flora en aquel salón del hotel serrano.
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