viernes, 7 de junio de 2013

INCURSIÓN EN LA SIERRA

Saciados por el momento de palabras y después de tomar el té en aquel sitio acogedor salieron a caminar por un sendero de la sierra que Florencio y Flora tanto admiraban desde su campo. Ahora se deslizaban en su regazo, en uno de los repliegues interiores e infinitos de estas sierras, lleno a su vez de rincones que invitaban a sentarse y habitar y parecían más bellos cuanto más se subía. Todo esto era una maravilla de árboles que se agitaban con el viento que comenzaba a venir de la cumbre, de acequias que humedecían las hierbas aromáticas que profusamente se extendían entre las piedras brillantes por el sol y expresivas desde sus antiquísimas vetas.
Las lomas a un lado y otro producían una suave opresión y sumían al alma en graves sentimientos. Por debajo el valle se azulaba hasta las últimas estribaciones de las sierras del oeste las cuales parecían buques que navegaran hacia el horizonte en una escuadra triunfal.
Los nuevos amigos llenos sus ojos de luz si miraban abajo y su alma de impresiones densas, despertadoras de místicas intuiciones mirando hacia arriba respiraban y suspiraban. Desde la cumbre, llamaba el Verbo y el Espíritu tañía el espíritu de los jóvenes bien dispuestos para ello en su formación familiar.
La esposa de Hugo era maestra y estudiaba literatura y lengua; su alma estaba preparada a las resonancias puras como un instrumento de cuerdas. Flora sentía la música intensa que manaba de las montañas. Hugo seguía a su esposa pendiente de sus ojos y tendiéndole la mano para pasar por rocas o acequias que salían al paso. Florencio no podía dejar de escuchar en su interior aquello que el carmelita descalzo modelara en su alma en la oscura prisión:

                                                Mi amado las montañas
                                                Los valles solitarios nemorosos
                                                 Las ínsulas extrañas
                                                  Los ríos sonorosos
                                                   El silbo de los aires amorosos.

El místico y poeta atravesando los pecados del mundo veía y sentía cómo la tierra recibía el cielo y se hacía celeste a despecho del gran desarreglo de los hombres y la envidia efectiva del diablo, “homicida desde el comienzo”.
Ellos llegaron a un sitio, detrás de una loma que les salió al paso, todo verde y cortado al ras por las ovejas que a la sazón ingresaban en un corral de piedra. Las sensaciones bucólicas de la humanidad se concentraron en ese instante que quedó grabado en el alma de los caminantes quienes no sin pena y entre grandes alabanzas retomaron el camino para volver al hotel donde les esperaban los niños y la cena.
Flora y Florencio se quedaban a dormir aquella noche de sábado. No habían tenido nunca esa experiencia pues se habían casado y embarcado hacia su destino donde comenzaron su vida familiar. Sus corazones latían por la novedad.
Conpartíeron con muchísimo agrado la cena con sus nuevos amigos y hablaron hasta tarde en aquel ambiente íntimo, encerrados por la profunda noche de la sierra cuyo misterio les tocaba de tan cerca por vez primera.
Esa noche quedó sellado aquel feliz encuentro donde de una a otra familia se comunicaban lo propio del hogar donde habitaban con admiración.
¿Se llegaría así hasta la vejez? Se preguntaban los jóvenes.

“En el mundo tendréis tribulaciones pero no temáis porque Yo he vencido al mundo”, recordó Florencio antes que se retiraran a sus dormitorios después de largo tiempo de conversación donde los esposos tuvieron que describir sus respectivas patrias tan lejanas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario