domingo, 26 de enero de 2014

EL ENCUENTRO DEL CARISMA

No es cosa de la narración la intimidad porque allí nada pasa. Sin embargo esta es la aventura que aquí se narra, no de hechos individuales en el seno de una sociedad cuyo realismo  sea la medida de la psicología de los personajes dentro de una cultura.
Aquí la vida no es lo que se tiene como una continuidad indefinida sino lo que se busca como un don sabido, por ejemplo en el catecismo de los niños. Tiene un origen y un fin en la Persona que nos busca personalmente habiendo sido creados en Él y para Él. Es así que nos convoca de forma inequívoca por una historia fundamental, la suya que si bien es individual e histórica es metafísica, es un camino desde Él y hacia Él, antes de la constitución del cosmos. Lo usual es creer en el dogma científico de la progresión sin origen y sin fin. Pero no todos somos uno ni vamos a reproducir lo igual.
Y nuestros personajes fueron hijos de este catecismo que resonaba vivamente en ellos como llama que se encendió una vez y nunca se apaga. Se creyeron aquel cuento de la Biblia y el desarrollo de la doctrina de la Iglesia tradicional.
La sociedad no llegó a ser para ellos pues el templo sino el exterior del mismo, el templo es la persona, elegida en el origen,  misterio de cercanía, misterio de caridad en la paz de Nazaret donde Dios supra trascendente nos mostró lo supra inmanente, antes de salir a la sociedad real de su tiempo donde el drama humano se teje como afuera del paraíso perdido.
La promesa hecha a Abraham se había cumplido en la plenitud de los tiempos y había sido registrada por San Lucas y San Pablo. En cuanto a San Juan, él inventó el habitar y como los carismas se van pasando como las condiciones de la herencia el carisma del remanso en la verdad del ser, del lugar de la morada se había conservado tanto en estas dos hermanitas como en el matrimonio de la estancia La Bendición ¡Cómo si hubiesen sido sucesores de Policarpo de Esmirna!
Hay muchos carismas y contra carismas en el mundo y nosotros narramos éste donde hay tan poco que decir o bien se dice lo mismo cada vez de ello. Ahora se agregaban estas religiosas con las cuales providencialmente se ligaban Florencio y Flora por el hogar de María en Nazaret donde Jesús creció en gracia y sabiduría durante ¡treinta años! Fueron máximamente estas dos palabras valorizadas por ellas y por nuestros personajes. Hay muchos que valoran las ciencias y técnicas como fines y otros el éxito en las artes y el poder y los honores. Ellos siempre se adherían a este progreso del niño Jesús delante de Dios y de los hombres. Gustos son gustos.
Esta pluralidad de fines había sido examinada por Platón cuyo discípulo transformó la idea del Bien en el fin último y razón simple divina y es en acto la felicidad. Palabra sagrada para ellos.
Es verdad que nuestros personajes no eran filósofos pero esto ayudaba: tenían el instinto de la fe y la obediencia imprescindible a ella y por no ser universitarios se libraban del caos de doctrinas, de corrientes, de ensayos y vanidades de más de un pensador que ha querido enmendarle la plana a Aristóteles, empezando por los científicos de las ciencias sociales, celosos de sus espacios nuevos e inseguros en sus tambaleantes fundamentos que los hace pasar de novedad en novedad.
Así el instinto espiritual los llevaba a Nazaret y la razón desnuda de falsos saberes les hacía ver la diferencia entre los fines y el fin de los fines o fin último: la felicidad, algo central. Si lo habían descubierto en Atenas del siglo cuarto no podían ellos ser tan tardos para verlo con cierta ayuda de una buena escuela y luego de dos mil años de la Iglesia, madre y maestra.
Es razón pura: hay fin y no sería tal si se fuera al infinito en los fines, cuanto más que está impreso el deseo de la felicidad en el alma.  Y no se puede buscar la felicidad para otra cosa sino todo para esa forma de vida plena. Y el camino para ella lo habían estudiado: eran las así llamadas virtudes, algo que causa  a los modernos el escozor de la zorra que no salta porque no llega y dice que las uvas están verdes.

Por cierto que el cura de Colonia ahondaría los conocimientos y protegería el instinto de la fe. Él también tenía esta herencia entre tantísimas cosas que se ofrecen en el multidiverso mundo. Aquí el narrador los ha encontrado y no ha querido dejar pasar esta historia del ser.

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