Compartieron las hermanitas de la paz también la mañana con los esposos no bien apuntaba el sol por la sierra grande. Desde una hora antes estuvieron cantando laudes con el matrimonio, fascinado por participar con ellas en las horas canónicas.
Luego tomaron mate frente a las sierras contemplando el milagro de los campos donde los animales se mueven al pastoreo y las aves publican la gloria de la creación. Pero a continuación acompañaron a Flora al ordeñe y visitaron a Florencio en su enorme huerta que carpía junto a Bernardo.
Esa mañana sintieron las vibraciones de esa multidiversa vida de la Bendición donde se recogía lo necesario para la vida dentro de un orden cooperativo donde se movían Bernardo y sus hijos y Rosendo y los suyos acompañados por el profesor de agricultura que pronto sería integrante, él con su esposa, de la congregación de la paz.
Efectivamente lo que finalmente rebosaba era la paz, tranquilidad en el orden bello.
Ellas partirían a la hora de la siesta llevadas por Florencio en la camioneta ya de vuelta en casa. Un proyecto bullía entre ellos y ya se habían vuelto necesarios unos y otros, matrimonio y monjas.
Florencio y Flora las dejaron al pie de la loma donde ellas libaban la paz con sus oraciones y ellos harían las compras en el almacén, llevando tomates y legumbres para vender a su vez.
Se despidieron con pena de ellas proveyéndolas por cierto de todo lo que producían y ellas pudieron llevar.
Así era la vida simple aquella pensada sin embargo con precisión y elegida con toda asistencia del Señor Vivificante de quien fue dicho: ÉL OS ENSEÑARÁ TODAS LAS COSAS.
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