martes, 31 de enero de 2012

LA PRIMERA COMPRA

La sabiduría, entendemos con el Sócrates de los diálogos menores,  es muy otra cosa que las técnicas. Así también Florencio obediente a lo leído en su escuela humanística lo entendía y se le había hecho carne la convicción de un profesor que decía: “la sabiduría nos rodea por todos lados”. Quería decir: está al alcance de la mano (añadimos) para los hombres de buena voluntad. Exactamente esto muchos lo creen del “ello” y lo que podemos oponerles es ni más ni menos que la lo que ha sido la filosofía en sus tres épocas.  La cultura más allá , sin embargo, más y más estatuía la vigencia de la liberación según crecía en las grandes ciudades. Lo que antes era práctica de corte fue pasando a los cercanos, del divertimento y licencia de los grandes cuyos vicios se multiplicaron ante la vista del populacho al modo usual de la sociedad. Ya Virgilio y Horacio huyeron de la Urbe a la que celebraban en sus versos inmortales.
Florencio midió bien la magnificencia de la Barcelona de su tiempo y vio operando aquello que ya Roussseau decía de las grandes capitales de su tiempo: mas cultura, más ciencia menos sabiduría con la famosa acusación: el hombre nace bueno por naturaleza pero la sociedad … La utilidad arrasaba todo, se podía oír el estruendo del río que crece. Y sí, había leído, como don Quijote las novelas de caballería, además del Emilio, el Tratado de la desigualdad del hombre. A veces la escuela cumple su función.
Él sentía lo absoluto de la naturaleza y por eso dejó aquella maravillosa Cataluña, brillante en todo sentido, con su puerto, su Rambla, su Montjuich, su Universidad, sus monasterios, su pasado glorioso. Y he aquí que el tío Tobías le proporcionaba el sitio inesperado: una estancia entre sierras en un país nuevo que había sido colonia española ¡Y él poseía el instrumento: había estudiado ciencias agrarias!
En cuanto a Flora, si bien su isla era recoleta y las costumbres de sus padres admirables, también Palma donde nació era un centro sin par y puerto de mar incomparable su llamado fue nítido: dejarás a tu padre y a tu madre y serán una sola carne ¡Ella de la patria de Ramón LLul y criada en la ciudad medieval con la catedral gótica en una estancia en un país lejano, colonizado por sus antepasados! Cuanto más lejos sentía lo más cercano: un viaje hacia la pureza de la tierra, hacia una intimidad sin los límites de la evolución que ya se aceleraba hacia….¿adónde?
Esa mañana fría del mes de julio vino a buscarlos el tío Tobías por el senderito de la acequia junto a los talas. Subieron al Ford que estaba en un galpón, bien cuidado, y fueron saliendo de la Bendición ante la curiosidad de las vacas que aún no conocían. Al llegar a la tranquera Flora quiso abrirla y luego cerrarla y tuvo esa emoción que nunca perdería (algo tienen las tranqueras de las estancias que abren un infinito presente).
Ahora el automóvil se dirigió directamente hacia la sierra grande donde estaba enclavado el pueblito. Mientras avanzaba ella se agrandaba e iba mostrando sus verdes lomas, su oscuras cañadas, sus brillantes  laderas y aquellas cumbres recortadas  que despertaban el pensamiento puro. Cuando traspusieron el límite oeste de su campo (hay que decir que eran tres mil seiscientas hectáreas, inusitado para ellos) comenzaron a ver los campitos a derecha y a izquierda. Se cruzaron con un  carrito ligero, como lo llamaba Florencio, tirado por un yegua alazana y el paisano saludó con énfasis a Tobías. Una dulce sensación de antigüedad sana los invadía y más cuando vieron en una curva un malacate tirado por un mula sacando un chorro de agua que iba a una piletita que abastecía un bebedero donde acudían vacas variopintas, que llamaron la atención de Florencio.
¡Son criollas!- exclamó -Tobías, las más comunes aquí: carne dura pero sabrosa para guisado. Y ahora verás muchas carnicerías con sus banderitas rojas porque es lo que más se come por aquí: el puchero y el asado.
¡Ah! exclamó Flora con cierto entusiasmo- ¡quiero comprar!
Pues lo harás eligiendo entre esas carnes rojas recién carneadas en mi carnicería- y se refería a la de su amigo que le compraba a veces novillos mejores que los usuales allí.
En ese momento ya cruzaban el cementerio y  a poco ingresaron en el pueblo donde los presentó en sociedad ante el dueño del almacén de ramos generales y algunos parroquianos que seguramente expandirían la noticia rápidamente. El dueño, don Britos, hombre muy agudo y gracioso empleaba un lenguaje que maravilló a los esposos, quienes lo revisaron todo entusiasmándose con las alpargatas: compraron dos pares para cada uno, azules y negras. Llevaron ese olor particular del almacén y luego que el mismo dueño les despachó nafta de un surtidor que estaba a unos pasos les quedó grabada su expresión, quizá por toda una vida.
De allí derechito a la carnicería que ostentaba su bandera encarnada como diciendo: ¡sangre! Y surgió otro encuentro dicharachero con el dueño que se floreaba con el tío dejando atónitos a los recién llegados por la vida intensa de los lugareños. Flora compró carne blanda un puchero recomendado de “rabo” como si hubiera comprado no sé qué de valioso.
Ahora restaba el alimento de la vida eterna y se dirigieron, bordeando la plaza a la casa parroquial. Mientras sonaban las campanas al dirigir su vista al sencillo campanario la sierra se les venía encima. Simple era el templo, comparado con los de Barcelona y Palma, pero con un encanto colonial americano ¡Por no hablar de sus catedrales!
Estacionado el auto el tío mostró el camino entrando en la casa del cura como Pedro por su casa. Aceleraba el paso ansioso, quería presentar a sus sobrinos al cura Mathaeus, quien emergía de tareas de su ministerio y daba instrucciones a su teniente cura.
¡La alegría de ambos al verse y el abrazo que se dieron! La amistad desconoce barreras y protocolos. Entonces el cura pudo ver a los recién venidos que se adelantaban para darle la mano pero el continuó con los abrazos y los hizo sentar en una gruesa mesa de algarrobo, típica de esos lugares, revestidos de madera trabajada que se continúa con la sacralidad del templo.

viernes, 27 de enero de 2012

EL PRIMER DÍA

       El primer almuerzo en su hogar puso a prueba la pericia de Flora y la ansiedad de Florencio encontró el sencillo condumio “punto menos que la gloria”. Se sentaron en aquella mesa de algarrobo donde la cocina a leña silbaba por la leña de jarilla que le iban echando, la olla de hierro era especial para guisados. Esta liturgia se llevaría a cabo por no menos de cincuenta años pero esta primera vez fue el origen, hacia adonde se vuelve,  algo pleno, es decir la misma felicidad a la cual nada se le puede agregar. A un lado y al otro las sierras brillaban estrenando su fulgor de alhucema para ellos que miraban por vez primera lo que ellas hacían  millones de años ha. Y se sintieron en casa ¡claro que lo estaban! Pero lo asumían con un estremecimiento singular . El guiso, que consistía en unos trozos de cordero, con cebollas, pimientos y hierbas aromáticas de la huerta más unas papas cortadas en ruedas fue consumido hasta nada dejar ¡Tal fue el entusiasmo de Florencio que por ahora empleaba los elementos ofrecidos por el tío y pronto se iba adueñar de ellos diversificándolos hasta la perfección! Profesaba él la idea del autoabstecimiento de quien posee la tierra con la bendición del agua. Él se había formado para ello en su escuela agraria y ansiaba llevarla a cabo. Flora admiraba y meditaba todo en su corazón: su tarea estaba en esa casita y sus alrededores, era preparar la morada para habitar. Lo sentía y lo presentía y lo había leído desde la Odisea en una cantidad de obras dependientes, entre las cuales Emma de Jane Austen era su preferida. Venían de Europa pero ya eran de ese lugar en la tierra. Ella guardaba en sí y en muchas partituras aquellas armonías que venían desde la Edad Media y se desarrollaron en las capillas con sus armonios sencillos y habían llegado a un lugar que tenía vivos vestigios de la colonia española.  Ella iba a promover en su casa simplemente la armonía musical desplegada en el anonimato por muchos siglos, conquistando lo que se hereda, como le gustaba decir a Goethe. Pero había más para heredar: la tierra de los comechingones.
  Hacía frío. La noche anterior había helado. Los animales mostraban sus pelos más crecidos. A la tarde los niños de los peones les trajeron dos caballos para que dieran un paseo ¡Al fin y al cabo eran recién casados! Había gran expectativa en los lugareños por su llegada y parecían adivinar al verlos que no solo ellos, los venidos de Europa, iniciaban una nueva vida, sino que también los de aquí la vivirían ¡Y no se equivocaban! Sería enteramente nueva. Un viento nuevo soplaba y encendía los corazones de estos niños.
  ¿Pero quienes eran ellos y quienes sus padres?
  Los así llamados peones en una estancia eran en este caso dos familias que eran en realidad primos entre sí. La más antigua  de las dos era la de Rosendo y Zunilda, experimentados en el lugar que tenían un hijo y una hija, Sabino y Rosa. El padre y la madre habían ayudado a Tobías toda su vida vivían en un puesto, mas cercano al extremo este, mas cercano por lo tanto al pueblo, donde estaba el grueso de la hacienda en potreros pastosos y con dos aguadas que había que atender. Hombre de campo, entendido en animales, por supuesto empíricamente, pero con capacidad de aprender novedades de manejo que se fueran sucediendo. Hombre de a caballo desde joven, diestro en la doma y en enlazar terneros, que era lo que se necesitaba. Su esposa gran cocinera y buena madre como se espera que fueran tales mujeres que han abundado desde que tenemos memoria de la habitación sobre la tierra. Mucho más fueron adquiriendo por obra de don Tobías y su esposa no ha mucho tiempo fallecida. Ellos por cierto traían otros conocimientos por la base de su educación de importantes ciudades españolas a las cuales sin embargo muy pronto abandonaron para arraigarse y profundizar en la tierra la humanidad tan delicada, que necesita de raíz en un terruño y cielo, donde los conocimientos de la ciencia han menester de sosegarse en su fin último. De todas maneras de la madre patria a lo que había sido colonia suya había meramente una asincronía: la base era la misma: la madre de Dios como patrona y la lengua castellana. Pero la América espaciosa tenía un destino dependiente en lo político e histórico aunque la tierra misma emanaba su propio misterio.
Los primos eran jóvenes que ya tenían dos hijos, Daniel y Mónica, y se llamaban Bernardo y Amelia. Los dos niños de seis y cinco años venían con su prima mayor Asunción y se regodeaban con la duda que manifestaban ante los animales los recién casados:
-Son mansos- decían como quien los pone a prueba
-Eso lo sabéis vosotros-contestó Florencio certeramente, -pero veamos- y subió con seguridad a un alazán bastante grande que le ofrecían. No sucedía igual con Flora que casí nunca había subido a un caballo.
-No le tenga miedo- dijeron, -es un moro que anda solo y para cuando Ud. quiera.
Ante esa afirmación  comprobó que ni se movió cuando revoleó la pierna. Y a la orden de marcha de Florencio comenzó a seguirlo al alazán.
Entraron por un callejón, después de bordear la loma por un sendero, que iba hacia el sur por un campo cercado al principio por talas y luego por abundante jarilla. Nada se veía en él sino a lo lejos el perfil del Morro  y el pasto amarilleaba por el invierno. Una brisa fría les cortaba el rostro y llegaron hasta adonde el monte comenzaba a espesarse y vieron una tropilla de caballos que al verlos se apresuraron a perderse en esos senderos interiores que rezumaban paz.
¡Sí que los corazones latían mas apresurados que los caballos ante esa presencia de cielo azul, campo y monte!  A este campo mustio por el invierno lo santificaban  las sierras del oeste y las del este más lejanas, que despertaban un dulce ensueño.
A la vuelta los caballos solos se apuraban, sin galopar, respetuosos de la voluntad de sus amos, aunque percibían cierta inseguridad en ellos ¡Les habían dado los caballos más mansos y viejos! A ellos les parecieron hermosos ¡Y lo eran! Sus formas homéricas después dibujadas en las vasijas les eran familiares por sus estudios clásicos.
Desde lejos vieron surgir de la loma un humo celeste: era la chimenea de su casa que los primos habían encendido para agasajar a los así llamados “patrones” que resultarían familiares a poco andar, incluidos en el proyecto cooperativo que traía Florencio de la patria de las cooperativas: Cataluña.
La noche los tomó en su cocina y su encuentro en el lecho nupcial estuvo sazonado con el diálogo y la cercanía del amor  bien fue un momento de íntimo descubrimiento que causa cierta perplejidad mas  eran jóvenes que crecieron con alguna semejanza a lo que narra Rosseuau en el Emilio, émulos de Telémaco y Nausikaa de Fenelón. Además el libro de Tobías había sido objeto de meditación en un buen curso pre matrimonial.
La sabiduría está frente al desequilibrio de un “ello” autónomo proporcionado por la ciencia del bien y del mal. La sabiduría nos rodea al alcance de la mano. Ellos habían comenzado a beberla en ese recinto de azuladas sierras y en los inspirados escritos que tendrían a mano de hombres de buena voluntad.

lunes, 23 de enero de 2012

EL PRIMER ALMUERZO

      El primer almuerzo en su hogar puso a prueba la pericia de Flora y la ansiedad de Florencio encontró el sencillo condumio poco menos que la gloria. Se sentaron en aquella mesa de algarrobo donde la cocina a leña silbaba por la leña de jarilla que le iban echando, la olla de hierro era especial para guisados. Esta liturgia se llevaría a cabo por no menos de cincuenta años pero esta primera vez fue el origen, hacia adonde se vuelve,  algo pleno, es decir la misma felicidad a la cual nada se le puede agregar. A un lado y al otro las sierras brillaban estrenando su fulgor de alhucema para ellos que miraban por vez primera lo que ellas hacían  millones de años ha. Y se sintieron en casa ¡claro que lo estaban! Pero lo asumían con un estremecimiento singular . El guiso, que consistía en unos trozos de cordero, con cebollas, pimientos y hierbas aromáticas de la huerta más unas papas cortadas en ruedas fue consumido hasta nada dejar ¡Tal fue el entusiasmo de Florencio que por ahora empleaba los elementos ofrecidos por el tío y pronto se iba adueñar de ellos diversificándolos hasta la perfección! Profesaba él la idea del autoabstecimiento de quien posee la tierra con la bendición del agua. Él se había formado para ello en su escuela agraria y ansiaba llevarla a cabo. Flora admiraba y meditaba todo en su corazón: su tarea estaba en esa casita y sus alrededores, era preparar la morada para habitar. Lo sentía y lo presentía y lo había leído desde la Odisea en una cantidad de obras dependientes, entre las cuales Emma de Jane Austen era su preferida. Venían de Europa pero ya eran de ese lugar en la tierra. Ella guardaba en sí y en muchas partituras aquellas armonías que venían desde la Edad Media y se desarrollaron en las capillas con sus armonios sencillos y habían llegado a un lugar que tenía vivos vestigios de la colonia española.  Ella iba a promover en su casa simplemente la armonía desplegada en el anonimato por muchos siglos, conquistando lo que se hereda, como le gustaba decir a Goethe. Pero había más para heredar: la tierra de los comechingones.
  Hacía frío. La noche anterior había helado. Los animales mostraban sus pelos más crecidos. A la tarde los niños de los peones les trajeron dos caballos para que dieran un paseo ¡Al fin y al cabo eran recién casados! Había gran expectativa en los lugareños por su llegada y parecían adivinar al verlos que no solo ellos, los venidos de Europa, iniciaban una nueva vida, sino que también los de aquí la vivirían ¡Y no se equivocaban! Sería enteramente nueva. Un viento nuevo soplaba y encendía los corazones de estos niños.
  ¿Pero quienes eran ellos y quienes sus padres?

sábado, 21 de enero de 2012

LECTURA INAUGURAL

    Dice San Bernardo: "¡Oh  cuán dulce  y deleitable sería   vivir  conforme a la naturaleza, añadido el divino amor, si la insensatez carnal lo permitiera!  Curada la carne al instante la naturaleza estaría risueña, se complacería con las cosas naturales"
El alma. ¿Y qué es vivir conforme a la naturaleza?
Elhombre, Vivir conforme a la naturaleza propiamente es hacer en la tierra vida celestial: "vovlerse de las cosas exteriores a las interiores, de las inferiores subir a las superiores (San Agustín) y hacer todas las cosas según lo más excelente del hombre, esto es   según   la  inteligencia como dice el filósofo en el libro décimo de los Éticos" (Séneca).
El alma. ¿Por ventura puede el hombre mientras vive en este valle de lágrimas (salmo 83) hacer vida celestial?
El hombre. Oye a San Agustín oye al Apóstol San Pablo. En el de Trinitate: Cuando por el entendimiento y el amor concebimos en la mente algo de lo eterno ya no moramos en este mundo". Es lo que dice el Apóstol: nuestra morada está en los cielos".
      La lectura de San Buenaventura a todos plació y fue considerada como providencial en esas circunstancias por Tobías que entonces dándole más instrucciones sobre los detalles les comunicó que al día siguiente irían al pueblo a hacer las compras que consideraran necesarias. Él se retiró a la ermita que estaba a un kilómetro en un bosquecito.
      Se llegaba por un sendero a lo largo de una acequia que bajaba presurosa de la sierra con un sonido delicioso que "al oro y al cetro pone en olvido". Los esposos lo vieron desaparecer detrás de unos árboles crepitantes y se pusieron a ordenar sus pertenencias. Sus corazones se elevaban en un agradecimiento consonante: ¡estaban allí llevados por manos cariñosas y quizás exigentes. El camino estrecho que lleva a la vida tiene escalones que son las heroicas virtudes de las bienaventuranzas: por ellas se asciende paso a paso a la paz. Habían sido enseñadas a la humanidad, eran bellas y eran acompañadas por los dones del Espíritu Santo. Florencio y Flora habíanlas leído como don Quijote de claro en claro y habían asumido la responsabilidad de salir a ese campo de libertad. El gozo reventaba por la cincha de Rocinante. Ellos lo sentían y a la par se estremecían. Eran jóvenes y nada trillado era su camino. Su encantamiento debía estar acompañado de firmeza y de las virtudes que comandadas por la prudencia no son corrientes en edades tan tempranas. Estaban determinados sin embargo como el Cid Campeador ¡ Y cómo se veía el horizonte aquella mañana! La luz del valle los embriagó ¡y estaban en pleno invierno!

viernes, 20 de enero de 2012

LA CASITA Y LA VIDA

  El tío Tobías se regocija de la felicidad del joven matrimonio haciendo honor a su nombre. Con diligencia  les mostró el interior de la casa de donde él hacía tiempo se había mudado y que había construido recién casado. Era un simple cuadrado con el techo a dos aguas de tejas españolas. Daba las espaldas sobre una pequeña colina que la protegía del sur y allí estaban las dos habitaciones separadas por un baño. Eran amplias y rústicas, una daba al este y la otra al oeste. Delante de ellas había un salón con una chimenea al oeste y sobre una de las habitaciones y otra al este con la misma intención de dar calor a la habitación por un panel refractario y al salón. Leña no faltaba en el campo donde el monte competía con el pasto.
Unos seis metros avanzando al norte estaba la cocina que se dividía del salón por una gran mesada con cocina a leña cuya chimenea salía por el techo y tanto el salón como la parte de la cocina tenían ventanales a las sierras  del este como a las del oeste dando un ambiente de mucha calidez. Dos puertas hacían dos entradas laterales, una al este y otra al oeste y en el caso de la cocina un ventanal grande al norte daba  la luz permanente, sobre todo en invierno donde la cosa se ponía tierna e iluminada por el gran sol en transparente cielo que al atardecer reverberaba en la cocina.  Una mesa de piedra junto al algarrobo en el patio delantero cerraba el conjunto. Allí moría el camino de entrada y desde allí como punto de observación se veían los dos cuadros alambrados, habitualmente poblados por vacas y terneros.
Detrás de la loma estaban los corrales y hacia el este a unos cien metros las casas de los peones.
Elemental la obra del tío, muy concentrado en su vida interior. En los vértices de la pared norte estaban las bibliotecas donde se veían muchos libros de devoción y se destacaban recopilaciones de los padres de la Iglesia, las obras de, San Gregorio, San Bernardo, Buenaventura, San Juan de la Cruz, Santa Teresa y algunos tomos sueltos de la Suma Teológica. Tres tomos de la Dogmática, dos de Los Misterios del Cristianismo y uno de Naturaleza y Gracia del teólogo alemán Matías Joseph Scheeben formaban el centro. En la otra pared tomitos sueltos de grandes novelas y obras de literatura Española Clásica del siglo de oro hacían el resto.
La preferencia de Tobías se explicaba por un amigo suyo que era párroco del pueblo serrano adonde concurría asiduamente: un alemán de ojos claros que dominaba el español por razones casuales y que pesaba mucho en las ideas del estanciero mallorquín que de joven había venido a instalarse y encontró a este misionero con el cual congenió inmediatamente. Él era de Colonia y de ahí  su versación teológica que hundida en la sencillez de la sierra deslumbrante de los Comechingones hacían una combinación sutil y propicia para la comprensión que viene por un lado de lo leído y por otra de lo contemplado en un bello sosiego alimentado con el ritmo de antaño.
A diez kilómetros estaba el pueblo al pie de la sierra con una escuela, correo, templo en el centro de la plaza consagrado a la Virgen de la Merced, varias carnicerías menos almacenes de ramos generales y un dispensario donde atendía por fortuna un clínico que vivía en el lugar y era de la tertulia del párroco, el jefe de correos, el maestro de escuela y Tobías cuando se podía llegar al pueblo. Él prefería las conversaciones a solas con el cura alemán a quien nutría con huevos, pollos y productos de la huerta. Mateo, que así se llamaba el cura no era un hombre grande y llegó a ser determinante para la formación de Florencia así como lo fue para Tobías a quien lo condujo a la contemplación pues discernía su inclinación dominante que llegaría a tener en Fray Claudio, el nieto de Florencio su resultado más notable.
Este aire se respiraba ya en la casa cuando ingresaron los nuevos posesores que se sentaron en un momento en dos sillones de la sala echando mano de un escrito de San Buenaventura que expresaba lo siguiente:

jueves, 19 de enero de 2012

EL TESORO EN EL CAMPO

     Describir la casa sería como considerar la concha sin importarle a uno la perla. Aquí se trataba de la perla de gran valor, del tesoro del evangelio por el cual se compraba el campo. Me refiero al hogar: aquello mencionado por el evangelista junto a la cruz que recibió a la madre del Verbo en su intimidad  (home no house, traduce el viejo texto inglés). Se había dejado todo por este tesoro: país y padres, con los cuales existía una intimidad virtuosa. Recordamos aquello paradógico: “quien prefiere a su padre madre antes que a mí no puede ser mi discípulo”. Es decir quien me recibe y aprende de mi, que soy manso y humilde de corazón. Ellos habían sido elegidos, como muchos, para amarse en su nombre. En ello consistía la imagen y semejanza: varón y mujer los hizo.  Y llegaron a un “mansum” a un lugar para habitar, que podemos con el pensador llamar EETHOS.
    Ellos no hicieron ese viaje a su morada como aventura en contra de sus padres como Robinson y tantos otros sino que se dirigían a una intimidad que se nos antoja infinita pues que copia por gracia la cercanía de las PERSONAS DIVINAS en el seno de Dios: realidad eminente pero consistente en  cercanía que es algo al alcance de la mano.
    Sus vidas en sus lugares de origen no ofrecían amplios espacios como el lugar al cual llegaban. Además la invitación era insólita: heredar una estancia de quien había habitado contemplando y ahora, como muchos españoles de antes ( se me ocurre entre los múltiples ejemplos el de la patraña veintiuna de Juan de Timoneda), quería contemplar habitando, dejándoles todo un camino para el cual ellos se sentían llamados. Para quienes los conocían de niños y de jóvenes podía resultar sorpresivo y aun intempestivo. Ellos mismos se sintieron raros pero seguros pues los movía el amor a la morada en la verdad del ser, al viaje por ese océano del ser mencionado por Dante. Esto no lo sabe quien no lo prueba. Estos jóvenes no eran colonizadores sino habitadores, pioneros del tercer milenio. Quienes los vieron partir pensaron: “no está mal, tienen el porvenir asegurado”.
       Ha de explicarse lo que sentían ante “las cosas del habitar” en el tiempo originario cuyo futuro no estaba en la consecución de cosas sino en la cercanía de las personas en medio de tareas que convierten lo necesario para la subsistencia en alabanza, gozo y paz, porque el fin no está en la utilidad sino en sí mismas: no en el uso sino en la fruición.
       La construcción de la intimidad es lo que comenzó aquel día cuando les ardía el corazón ubicando sus pertenencias en la casa que fue de Tobías y ahora dependía de la artesanía de los esposos que encontraron en ello el motivo de sus primeros años. Ella inventando la casa y él el campo  que adquiriría una forma definitiva en su funcionamiento. Del encuentro de estas dos misiones surgirá el cosmos del matrimonio cuya enjundia es el atractivo de esta insignificante historia.

martes, 17 de enero de 2012

LLEGAN A SU VALLE

   Florencio y Flora de este modo heredaron no solamente un campo sino un destino al cual estamos adscriptos por la así llamada historia sagrada: aquella que tiene en Abraham el padre de la promesa y en la venida del Espíritu Santo su consumación, una historia simple que ellos habían recibido, educados en la tradición vertebral del cristianismo que configuró Europa sobre la vida de griegos y romanos.  
   Los dos novios inmigrantes  por lo demás vinieron a un lugar determinado, ya preparado por su tío, que era de los orantes que ha habido en la Europa de San Benito, la del monasterio y la tierra cultivada, tradición que por mucho que se ha esforzado la modernidad en diluirla ha sobrevivido en algunos que reposan en la riqueza de los padres griegos y latinos y de los santos, que llegaron hasta hoy como testigos de la gracia santificante sin hacer ruido ni polemizar como otrora: se les ha dejado el campo libre para ser, en las temporas de la liturgia,  que dan la vuelta  en ese tiempo al cual      Platón llamó “imagen móvil de la eternidad” y que va de la Navidad a la Pascua y de  ésta proyectando la realidad de la resurrección hasta Pentecostés, tras el así llamado tiempo ordinario vuelve a la esperanza del nacimiento. Un tiempo pleno.
    He aquí que nuestros novios vinieron en una época de ingenua juventud antes de guerras y decadencias o cambios violentos de la Europa que buscó experimentar lo siempre nuevo y ¿adonde se enclaustraron? En un lugar perdido entre dos sierras lejos del mundanal ruido pero lleno de pequeñas tradiciones que sobrevivieron por aislamiento y perdieron la inconveniencia  de años de desorden que pasó la patria: quedó lo mejor de España, la lengua y lo mejor del criollo, las costumbres del gaucho. Estamos en esos huecos que tiene la historia y en lo que vamos a mostrar algo así como un simple claro con hombres de buena voluntad.
   

   El tren se detuvo, chillando al detenerse los vagones, en una pequeña estación estilo inglés en medio de un monte de jarillas. Los estaba esperando el tío Tobías en una de aquellas originarias camionetas  que arrancaban a manivela. El corazón les latía con toda la ansiedad de que eran capaces a aquella edad, llena de amor por lo maravilloso que se tiene por delante: para ellos el campo con el ciclo preciso de las estaciones que dan la vuelta al año. Habían leído a Homero en aquellos colegios donde las lenguas clásicas eran el plato fuerte y lo demás eran entremeses y guarniciones. El criterio de los maestros de aquel entonces y de aquellos lugares era determinante y estaba orientado a la lectura fundamental de las Sagradas Escrituras, puesto que hasta un tanto de hebreo estudiaban: al estilo de Fray Luis de León.
     No conocían los recién llegados algo así como la jarilla y el algarrobo y la faz bonachona del tío los emocionó. Si ellos estaban ansiosos ¡cómo estaría el tío que no había tenido hijos y que ahora en sus últimos días recibía a estas dos gotas de rocío en una aurora que la sentía como un premio a su vida, enraizada en la nobleza de lo simple, cualidad que en Dios es su propia esencia y su propio ser! Así sentía que su vida no había pasado sino avanzado hacia el misterio de lo simple donde le espera precisamente aquello  que “todos llaman Dios”.
     Sus sobrinos venían a insertarse en su plenitud,  como decía aquel anciano Simeón: “ahora permite que tu siervo se vaya en paz porque mis ojos han visto la salvación”. El sentía la plenitud de su vida en ese instante. Hombres hubo que han vivido en el orden: antes ahora y quizá en el futuro porque no todos somos unos y cada uno es una persona, aunque no lo conozca.
     Después de tímidos saludos y respirar el aire concentrado del monte que rodeaba la dulce estación de tren arrancó el Ford que sonaba como un yambo y también inició su marcha esa maravilla poética que llamamos “tren”.
    Los jóvenes veían a derecha e izquierda un monte espeso de donde a pesar de ser invierno se desprendían secos aromas e intensos misterios se insinuaban que irían a reconocer en sus vidas consagradas a un viaje hacia la profundidad insondable del hogar. A su frente se iba agrandando la azulada sierra que veían por vez primera y que sería el theorema de su existencia teorética, para decirlo en la lengua que ellos habían paladeado en su adolescencia y que da un ámbito irrenunciable de experiencia. Un buen profesor de lenguas clásicas es el equivalente de la leche materna y ellos lo habían tenido así como otros indispensables aprendizajes que la historia del espíritu ha dejado como resultado de su marcha por momentos victoriosa y por momentos subterránea. No habían visto tal aspereza en sus cultivados caminos europeos, ahora veían solo campos de monte, solo cielo que se precipitaba, densificándose,  en una sierra que los enamoró a primera vista.
    El camino seguía igual hasta que cruzó otro camino más ancho paralelo a la sierra que veían agrandarse. De pronto la camioneta donde iban los tres adelante  con el equipaje detrás en la caja, llega a una tranquera. Florencio se baja a abrirla y aspira por vez primera el aire de la estancia “La bendición”, dejando libre un camino bordeado de álamos desde donde se veía a un kilómetro el casco de la estancia. Los dos corazones palpitaron con una intensidad inusitada. A derecha e izquierda dos cuadros alambrados mostraban vacas con terneros de caritas blancas y brillantes pelos colorados. Flora vio y amó aquella multitud de terneritos con sus madres que por vez primera veía. Florencio  había estudiado las razas vacunas y  las condiciones de cría y pasturas. Pero lo viviente de esos cuadros lo sobrepujó y unas lágrimas asomaron en su rostro.
    Llegaron a su casa. Este es un momento que no puede compararse con ningún otro, faltándonos la experiencia de las moradas que el Señor nos ha preparado en el cielo. Ellos estaban palpando el sueño de la casa, del hogar. La casa del tío Tobías era elemental y ellos con el tiempo la fueron ampliando según las necesidades pero les pareció maravillosa. Estaba detrás de un gran algarrobo. Más allá estaban el galpón y la sala de las monturas, detrás el primer corral con un bebedero bajo el tanque australiano, el molino y del otro lado de unos árboles las casas de los peones. Hacia atrás el campo con alternancia de monte y desmonte. El balido del ganado les pareció música.
     Ingresaron en la casa y desayunaron según sus costumbres europeas, de las cuales el tío estaba muy al tanto. Pasaron toda la mañana conociendo a la gente y los lugares cercanos y comenzó la vida de hogar con la emoción máxima de quienes habían contemplado con admiración esto que Ulises le dice a Nausikaa:
                       
                      NO HAY NADA DE MÁS VALOR
                      QUE CUANDO VARÓN Y MUJER
                      EN LA UNIDAD CORDIAL DE UN MISMO PENSAR
                      POSEEN EL OIKOS.

LA INMENSIDAD PEQUEÑA

  En un valle del centro del país más austral de Sudamérica del lado este de la cordillera de los Andes corre un río hacia el norte como caso único y hay dos formaciones, que desde allí  se ven  paralelas, de azuladas sierras. Hay un monte aislado en el medio del valle desde donde “ la luz brilla con claridad más nueva” y se erige con la consistencia de un ideal o con la persistencia de un misterio donde está la clave del valle.  A la vista ya lejana de este cerro que es como  nave fantasma (que atraviesa el luminoso azul de las mañanas hacia un ocaso de insondable hondura para quien ha leído de muy joven Platero y Yo y luego Don Segundo Sombra) vivía un matrimonio que frisaba en los sesenta años  y hacía más de treinta que había llegado al lugar por eleccción prvidencial, ya que ellos habían recibido como absoluto el tratado de la Providencia, como después veremos.
  La patria de origen del hombre era Barcelona y de la mujer Mallorca. Sus aficiones eran la poesía y la agricultura las de él y la música y el hogar las de ella. Se habían conocido en una función de coros para niños que ella, tan joven, dirigía en el salón de actos donde Florencio, que así se llamaba el joven, era profesor ayudante de ciencias agrarias y ella profesora de música de otro semejante de Mallorca: escuelas de salesianos, lugares y sitios sagrados de por sí que hacen raro el hecho que ambos, siendo lo que eran y como eran hubieran  dejado el hontanar de gracia que es la escuela: diez años estuvieron sin embargo, suficiente tiempo para dividir en dos faces sus vidas.
    Como suele ocurrir en estos casos y dan cuenta las películas de su época, las miradas del joven profesor se cruzaron con los azules ojos de ella y durante el hospedaje obligatorio en la escuela anfitriona catalana los bellos sentimientos acercaron sus mentes cuya visual era la misma: el campo, la sierra, la casa, la chimenea, el árbol, el jardín, el arroyito o la acequia, el cielo celeste traspasado por ágiles alas. Esto era lo que ambos dibujaban de niños en los cuadernos pintando el cielo de celeste y repasándolo con un secante.
     El árbol era para Florencio una necesidad ontológica y el jardín para ella una vigencia del paraíso que guardaba celosamente en su alma sin el olvido que se lleva a cabo conforme se crece en la vida multiforme del mundo.  Y el nombre de ella era Flora., esencial coincidencia.  Y como ambos habían amado. entre otras comedias, el Cuento de Invierno comenzaron un gozoso noviazgo que terminó en un casamiento campestre en la isla donde sus padres, al tiempo en que reían del gozo de que dos jóvenes tan promisorios se casasen debieron llorar con el anuncio de que tenían proyectado emigrar a nuestro luminoso y desocupado valle argentino.
    Y en verdad que hacía tiempo en que ambos venían enviándose cartas con un anciano tío de Flora que poseedor de un campo entre estas dos sierras mencionadas les ofrecía la propiedad para poder él retirarse a una ermita cercana a rezar y tratar a solas con Dios quien hacía mucho que se le volvía muy cercano en aquellas soledades. El tío Tobías hacía honor a su nombre, pues no lo llevaba en vano ya que había sido un verdadero esposo y gran salmista en sus oraciones, llevadas a cabo en tardes y mañanas de este valle que  sentía bendito y por eso le había puesto a su estancia: LA BENDICIÓN.