La sabiduría, entendemos con el Sócrates de los diálogos menores, es muy otra cosa que las técnicas. Así también Florencio obediente a lo leído en su escuela humanística lo entendía y se le había hecho carne la convicción de un profesor que decía: “la sabiduría nos rodea por todos lados”. Quería decir: está al alcance de la mano (añadimos) para los hombres de buena voluntad. Exactamente esto muchos lo creen del “ello” y lo que podemos oponerles es ni más ni menos que la lo que ha sido la filosofía en sus tres épocas. La cultura más allá , sin embargo, más y más estatuía la vigencia de la liberación según crecía en las grandes ciudades. Lo que antes era práctica de corte fue pasando a los cercanos, del divertimento y licencia de los grandes cuyos vicios se multiplicaron ante la vista del populacho al modo usual de la sociedad. Ya Virgilio y Horacio huyeron de la Urbe a la que celebraban en sus versos inmortales.
Florencio midió bien la magnificencia de la Barcelona de su tiempo y vio operando aquello que ya Roussseau decía de las grandes capitales de su tiempo: mas cultura, más ciencia menos sabiduría con la famosa acusación: el hombre nace bueno por naturaleza pero la sociedad … La utilidad arrasaba todo, se podía oír el estruendo del río que crece. Y sí, había leído, como don Quijote las novelas de caballería, además del Emilio, el Tratado de la desigualdad del hombre. A veces la escuela cumple su función.
Él sentía lo absoluto de la naturaleza y por eso dejó aquella maravillosa Cataluña, brillante en todo sentido, con su puerto, su Rambla, su Montjuich, su Universidad, sus monasterios, su pasado glorioso. Y he aquí que el tío Tobías le proporcionaba el sitio inesperado: una estancia entre sierras en un país nuevo que había sido colonia española ¡Y él poseía el instrumento: había estudiado ciencias agrarias!
En cuanto a Flora, si bien su isla era recoleta y las costumbres de sus padres admirables, también Palma donde nació era un centro sin par y puerto de mar incomparable su llamado fue nítido: dejarás a tu padre y a tu madre y serán una sola carne ¡Ella de la patria de Ramón LLul y criada en la ciudad medieval con la catedral gótica en una estancia en un país lejano, colonizado por sus antepasados! Cuanto más lejos sentía lo más cercano: un viaje hacia la pureza de la tierra, hacia una intimidad sin los límites de la evolución que ya se aceleraba hacia….¿adónde?
Esa mañana fría del mes de julio vino a buscarlos el tío Tobías por el senderito de la acequia junto a los talas. Subieron al Ford que estaba en un galpón, bien cuidado, y fueron saliendo de la Bendición ante la curiosidad de las vacas que aún no conocían. Al llegar a la tranquera Flora quiso abrirla y luego cerrarla y tuvo esa emoción que nunca perdería (algo tienen las tranqueras de las estancias que abren un infinito presente).
Ahora el automóvil se dirigió directamente hacia la sierra grande donde estaba enclavado el pueblito. Mientras avanzaba ella se agrandaba e iba mostrando sus verdes lomas, su oscuras cañadas, sus brillantes laderas y aquellas cumbres recortadas que despertaban el pensamiento puro. Cuando traspusieron el límite oeste de su campo (hay que decir que eran tres mil seiscientas hectáreas, inusitado para ellos) comenzaron a ver los campitos a derecha y a izquierda. Se cruzaron con un carrito ligero, como lo llamaba Florencio, tirado por un yegua alazana y el paisano saludó con énfasis a Tobías. Una dulce sensación de antigüedad sana los invadía y más cuando vieron en una curva un malacate tirado por un mula sacando un chorro de agua que iba a una piletita que abastecía un bebedero donde acudían vacas variopintas, que llamaron la atención de Florencio.
¡Son criollas!- exclamó -Tobías, las más comunes aquí: carne dura pero sabrosa para guisado. Y ahora verás muchas carnicerías con sus banderitas rojas porque es lo que más se come por aquí: el puchero y el asado.
¡Ah! exclamó Flora con cierto entusiasmo- ¡quiero comprar!
Pues lo harás eligiendo entre esas carnes rojas recién carneadas en mi carnicería- y se refería a la de su amigo que le compraba a veces novillos mejores que los usuales allí.
En ese momento ya cruzaban el cementerio y a poco ingresaron en el pueblo donde los presentó en sociedad ante el dueño del almacén de ramos generales y algunos parroquianos que seguramente expandirían la noticia rápidamente. El dueño, don Britos, hombre muy agudo y gracioso empleaba un lenguaje que maravilló a los esposos, quienes lo revisaron todo entusiasmándose con las alpargatas: compraron dos pares para cada uno, azules y negras. Llevaron ese olor particular del almacén y luego que el mismo dueño les despachó nafta de un surtidor que estaba a unos pasos les quedó grabada su expresión, quizá por toda una vida.
De allí derechito a la carnicería que ostentaba su bandera encarnada como diciendo: ¡sangre! Y surgió otro encuentro dicharachero con el dueño que se floreaba con el tío dejando atónitos a los recién llegados por la vida intensa de los lugareños. Flora compró carne blanda un puchero recomendado de “rabo” como si hubiera comprado no sé qué de valioso.
Ahora restaba el alimento de la vida eterna y se dirigieron, bordeando la plaza a la casa parroquial. Mientras sonaban las campanas al dirigir su vista al sencillo campanario la sierra se les venía encima. Simple era el templo, comparado con los de Barcelona y Palma, pero con un encanto colonial americano ¡Por no hablar de sus catedrales!
Estacionado el auto el tío mostró el camino entrando en la casa del cura como Pedro por su casa. Aceleraba el paso ansioso, quería presentar a sus sobrinos al cura Mathaeus, quien emergía de tareas de su ministerio y daba instrucciones a su teniente cura.
¡La alegría de ambos al verse y el abrazo que se dieron! La amistad desconoce barreras y protocolos. Entonces el cura pudo ver a los recién venidos que se adelantaban para darle la mano pero el continuó con los abrazos y los hizo sentar en una gruesa mesa de algarrobo, típica de esos lugares, revestidos de madera trabajada que se continúa con la sacralidad del templo.