lunes, 23 de enero de 2012

EL PRIMER ALMUERZO

      El primer almuerzo en su hogar puso a prueba la pericia de Flora y la ansiedad de Florencio encontró el sencillo condumio poco menos que la gloria. Se sentaron en aquella mesa de algarrobo donde la cocina a leña silbaba por la leña de jarilla que le iban echando, la olla de hierro era especial para guisados. Esta liturgia se llevaría a cabo por no menos de cincuenta años pero esta primera vez fue el origen, hacia adonde se vuelve,  algo pleno, es decir la misma felicidad a la cual nada se le puede agregar. A un lado y al otro las sierras brillaban estrenando su fulgor de alhucema para ellos que miraban por vez primera lo que ellas hacían  millones de años ha. Y se sintieron en casa ¡claro que lo estaban! Pero lo asumían con un estremecimiento singular . El guiso, que consistía en unos trozos de cordero, con cebollas, pimientos y hierbas aromáticas de la huerta más unas papas cortadas en ruedas fue consumido hasta nada dejar ¡Tal fue el entusiasmo de Florencio que por ahora empleaba los elementos ofrecidos por el tío y pronto se iba adueñar de ellos diversificándolos hasta la perfección! Profesaba él la idea del autoabstecimiento de quien posee la tierra con la bendición del agua. Él se había formado para ello en su escuela agraria y ansiaba llevarla a cabo. Flora admiraba y meditaba todo en su corazón: su tarea estaba en esa casita y sus alrededores, era preparar la morada para habitar. Lo sentía y lo presentía y lo había leído desde la Odisea en una cantidad de obras dependientes, entre las cuales Emma de Jane Austen era su preferida. Venían de Europa pero ya eran de ese lugar en la tierra. Ella guardaba en sí y en muchas partituras aquellas armonías que venían desde la Edad Media y se desarrollaron en las capillas con sus armonios sencillos y habían llegado a un lugar que tenía vivos vestigios de la colonia española.  Ella iba a promover en su casa simplemente la armonía desplegada en el anonimato por muchos siglos, conquistando lo que se hereda, como le gustaba decir a Goethe. Pero había más para heredar: la tierra de los comechingones.
  Hacía frío. La noche anterior había helado. Los animales mostraban sus pelos más crecidos. A la tarde los niños de los peones les trajeron dos caballos para que dieran un paseo ¡Al fin y al cabo eran recién casados! Había gran expectativa en los lugareños por su llegada y parecían adivinar al verlos que no solo ellos, los venidos de Europa, iniciaban una nueva vida, sino que también los de aquí la vivirían ¡Y no se equivocaban! Sería enteramente nueva. Un viento nuevo soplaba y encendía los corazones de estos niños.
  ¿Pero quienes eran ellos y quienes sus padres?

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