martes, 17 de enero de 2012

LLEGAN A SU VALLE

   Florencio y Flora de este modo heredaron no solamente un campo sino un destino al cual estamos adscriptos por la así llamada historia sagrada: aquella que tiene en Abraham el padre de la promesa y en la venida del Espíritu Santo su consumación, una historia simple que ellos habían recibido, educados en la tradición vertebral del cristianismo que configuró Europa sobre la vida de griegos y romanos.  
   Los dos novios inmigrantes  por lo demás vinieron a un lugar determinado, ya preparado por su tío, que era de los orantes que ha habido en la Europa de San Benito, la del monasterio y la tierra cultivada, tradición que por mucho que se ha esforzado la modernidad en diluirla ha sobrevivido en algunos que reposan en la riqueza de los padres griegos y latinos y de los santos, que llegaron hasta hoy como testigos de la gracia santificante sin hacer ruido ni polemizar como otrora: se les ha dejado el campo libre para ser, en las temporas de la liturgia,  que dan la vuelta  en ese tiempo al cual      Platón llamó “imagen móvil de la eternidad” y que va de la Navidad a la Pascua y de  ésta proyectando la realidad de la resurrección hasta Pentecostés, tras el así llamado tiempo ordinario vuelve a la esperanza del nacimiento. Un tiempo pleno.
    He aquí que nuestros novios vinieron en una época de ingenua juventud antes de guerras y decadencias o cambios violentos de la Europa que buscó experimentar lo siempre nuevo y ¿adonde se enclaustraron? En un lugar perdido entre dos sierras lejos del mundanal ruido pero lleno de pequeñas tradiciones que sobrevivieron por aislamiento y perdieron la inconveniencia  de años de desorden que pasó la patria: quedó lo mejor de España, la lengua y lo mejor del criollo, las costumbres del gaucho. Estamos en esos huecos que tiene la historia y en lo que vamos a mostrar algo así como un simple claro con hombres de buena voluntad.
   

   El tren se detuvo, chillando al detenerse los vagones, en una pequeña estación estilo inglés en medio de un monte de jarillas. Los estaba esperando el tío Tobías en una de aquellas originarias camionetas  que arrancaban a manivela. El corazón les latía con toda la ansiedad de que eran capaces a aquella edad, llena de amor por lo maravilloso que se tiene por delante: para ellos el campo con el ciclo preciso de las estaciones que dan la vuelta al año. Habían leído a Homero en aquellos colegios donde las lenguas clásicas eran el plato fuerte y lo demás eran entremeses y guarniciones. El criterio de los maestros de aquel entonces y de aquellos lugares era determinante y estaba orientado a la lectura fundamental de las Sagradas Escrituras, puesto que hasta un tanto de hebreo estudiaban: al estilo de Fray Luis de León.
     No conocían los recién llegados algo así como la jarilla y el algarrobo y la faz bonachona del tío los emocionó. Si ellos estaban ansiosos ¡cómo estaría el tío que no había tenido hijos y que ahora en sus últimos días recibía a estas dos gotas de rocío en una aurora que la sentía como un premio a su vida, enraizada en la nobleza de lo simple, cualidad que en Dios es su propia esencia y su propio ser! Así sentía que su vida no había pasado sino avanzado hacia el misterio de lo simple donde le espera precisamente aquello  que “todos llaman Dios”.
     Sus sobrinos venían a insertarse en su plenitud,  como decía aquel anciano Simeón: “ahora permite que tu siervo se vaya en paz porque mis ojos han visto la salvación”. El sentía la plenitud de su vida en ese instante. Hombres hubo que han vivido en el orden: antes ahora y quizá en el futuro porque no todos somos unos y cada uno es una persona, aunque no lo conozca.
     Después de tímidos saludos y respirar el aire concentrado del monte que rodeaba la dulce estación de tren arrancó el Ford que sonaba como un yambo y también inició su marcha esa maravilla poética que llamamos “tren”.
    Los jóvenes veían a derecha e izquierda un monte espeso de donde a pesar de ser invierno se desprendían secos aromas e intensos misterios se insinuaban que irían a reconocer en sus vidas consagradas a un viaje hacia la profundidad insondable del hogar. A su frente se iba agrandando la azulada sierra que veían por vez primera y que sería el theorema de su existencia teorética, para decirlo en la lengua que ellos habían paladeado en su adolescencia y que da un ámbito irrenunciable de experiencia. Un buen profesor de lenguas clásicas es el equivalente de la leche materna y ellos lo habían tenido así como otros indispensables aprendizajes que la historia del espíritu ha dejado como resultado de su marcha por momentos victoriosa y por momentos subterránea. No habían visto tal aspereza en sus cultivados caminos europeos, ahora veían solo campos de monte, solo cielo que se precipitaba, densificándose,  en una sierra que los enamoró a primera vista.
    El camino seguía igual hasta que cruzó otro camino más ancho paralelo a la sierra que veían agrandarse. De pronto la camioneta donde iban los tres adelante  con el equipaje detrás en la caja, llega a una tranquera. Florencio se baja a abrirla y aspira por vez primera el aire de la estancia “La bendición”, dejando libre un camino bordeado de álamos desde donde se veía a un kilómetro el casco de la estancia. Los dos corazones palpitaron con una intensidad inusitada. A derecha e izquierda dos cuadros alambrados mostraban vacas con terneros de caritas blancas y brillantes pelos colorados. Flora vio y amó aquella multitud de terneritos con sus madres que por vez primera veía. Florencio  había estudiado las razas vacunas y  las condiciones de cría y pasturas. Pero lo viviente de esos cuadros lo sobrepujó y unas lágrimas asomaron en su rostro.
    Llegaron a su casa. Este es un momento que no puede compararse con ningún otro, faltándonos la experiencia de las moradas que el Señor nos ha preparado en el cielo. Ellos estaban palpando el sueño de la casa, del hogar. La casa del tío Tobías era elemental y ellos con el tiempo la fueron ampliando según las necesidades pero les pareció maravillosa. Estaba detrás de un gran algarrobo. Más allá estaban el galpón y la sala de las monturas, detrás el primer corral con un bebedero bajo el tanque australiano, el molino y del otro lado de unos árboles las casas de los peones. Hacia atrás el campo con alternancia de monte y desmonte. El balido del ganado les pareció música.
     Ingresaron en la casa y desayunaron según sus costumbres europeas, de las cuales el tío estaba muy al tanto. Pasaron toda la mañana conociendo a la gente y los lugares cercanos y comenzó la vida de hogar con la emoción máxima de quienes habían contemplado con admiración esto que Ulises le dice a Nausikaa:
                       
                      NO HAY NADA DE MÁS VALOR
                      QUE CUANDO VARÓN Y MUJER
                      EN LA UNIDAD CORDIAL DE UN MISMO PENSAR
                      POSEEN EL OIKOS.

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