El primer almuerzo en su hogar puso a prueba la pericia de Flora y la ansiedad de Florencio encontró el sencillo condumio “punto menos que la gloria”. Se sentaron en aquella mesa de algarrobo donde la cocina a leña silbaba por la leña de jarilla que le iban echando, la olla de hierro era especial para guisados. Esta liturgia se llevaría a cabo por no menos de cincuenta años pero esta primera vez fue el origen, hacia adonde se vuelve, algo pleno, es decir la misma felicidad a la cual nada se le puede agregar. A un lado y al otro las sierras brillaban estrenando su fulgor de alhucema para ellos que miraban por vez primera lo que ellas hacían millones de años ha. Y se sintieron en casa ¡claro que lo estaban! Pero lo asumían con un estremecimiento singular . El guiso, que consistía en unos trozos de cordero, con cebollas, pimientos y hierbas aromáticas de la huerta más unas papas cortadas en ruedas fue consumido hasta nada dejar ¡Tal fue el entusiasmo de Florencio que por ahora empleaba los elementos ofrecidos por el tío y pronto se iba adueñar de ellos diversificándolos hasta la perfección! Profesaba él la idea del autoabstecimiento de quien posee la tierra con la bendición del agua. Él se había formado para ello en su escuela agraria y ansiaba llevarla a cabo. Flora admiraba y meditaba todo en su corazón: su tarea estaba en esa casita y sus alrededores, era preparar la morada para habitar. Lo sentía y lo presentía y lo había leído desde la Odisea en una cantidad de obras dependientes, entre las cuales Emma de Jane Austen era su preferida. Venían de Europa pero ya eran de ese lugar en la tierra. Ella guardaba en sí y en muchas partituras aquellas armonías que venían desde la Edad Media y se desarrollaron en las capillas con sus armonios sencillos y habían llegado a un lugar que tenía vivos vestigios de la colonia española. Ella iba a promover en su casa simplemente la armonía musical desplegada en el anonimato por muchos siglos, conquistando lo que se hereda, como le gustaba decir a Goethe. Pero había más para heredar: la tierra de los comechingones.
Hacía frío. La noche anterior había helado. Los animales mostraban sus pelos más crecidos. A la tarde los niños de los peones les trajeron dos caballos para que dieran un paseo ¡Al fin y al cabo eran recién casados! Había gran expectativa en los lugareños por su llegada y parecían adivinar al verlos que no solo ellos, los venidos de Europa, iniciaban una nueva vida, sino que también los de aquí la vivirían ¡Y no se equivocaban! Sería enteramente nueva. Un viento nuevo soplaba y encendía los corazones de estos niños.
¿Pero quienes eran ellos y quienes sus padres?
Los así llamados peones en una estancia eran en este caso dos familias que eran en realidad primos entre sí. La más antigua de las dos era la de Rosendo y Zunilda, experimentados en el lugar que tenían un hijo y una hija, Sabino y Rosa. El padre y la madre habían ayudado a Tobías toda su vida vivían en un puesto, mas cercano al extremo este, mas cercano por lo tanto al pueblo, donde estaba el grueso de la hacienda en potreros pastosos y con dos aguadas que había que atender. Hombre de campo, entendido en animales, por supuesto empíricamente, pero con capacidad de aprender novedades de manejo que se fueran sucediendo. Hombre de a caballo desde joven, diestro en la doma y en enlazar terneros, que era lo que se necesitaba. Su esposa gran cocinera y buena madre como se espera que fueran tales mujeres que han abundado desde que tenemos memoria de la habitación sobre la tierra. Mucho más fueron adquiriendo por obra de don Tobías y su esposa no ha mucho tiempo fallecida. Ellos por cierto traían otros conocimientos por la base de su educación de importantes ciudades españolas a las cuales sin embargo muy pronto abandonaron para arraigarse y profundizar en la tierra la humanidad tan delicada, que necesita de raíz en un terruño y cielo, donde los conocimientos de la ciencia han menester de sosegarse en su fin último. De todas maneras de la madre patria a lo que había sido colonia suya había meramente una asincronía: la base era la misma: la madre de Dios como patrona y la lengua castellana. Pero la América espaciosa tenía un destino dependiente en lo político e histórico aunque la tierra misma emanaba su propio misterio.
Los primos eran jóvenes que ya tenían dos hijos, Daniel y Mónica, y se llamaban Bernardo y Amelia. Los dos niños de seis y cinco años venían con su prima mayor Asunción y se regodeaban con la duda que manifestaban ante los animales los recién casados:
-Son mansos- decían como quien los pone a prueba
-Eso lo sabéis vosotros-contestó Florencio certeramente, -pero veamos- y subió con seguridad a un alazán bastante grande que le ofrecían. No sucedía igual con Flora que casí nunca había subido a un caballo.
-No le tenga miedo- dijeron, -es un moro que anda solo y para cuando Ud. quiera.
Ante esa afirmación comprobó que ni se movió cuando revoleó la pierna. Y a la orden de marcha de Florencio comenzó a seguirlo al alazán.
Entraron por un callejón, después de bordear la loma por un sendero, que iba hacia el sur por un campo cercado al principio por talas y luego por abundante jarilla. Nada se veía en él sino a lo lejos el perfil del Morro y el pasto amarilleaba por el invierno. Una brisa fría les cortaba el rostro y llegaron hasta adonde el monte comenzaba a espesarse y vieron una tropilla de caballos que al verlos se apresuraron a perderse en esos senderos interiores que rezumaban paz.
¡Sí que los corazones latían mas apresurados que los caballos ante esa presencia de cielo azul, campo y monte! A este campo mustio por el invierno lo santificaban las sierras del oeste y las del este más lejanas, que despertaban un dulce ensueño.
A la vuelta los caballos solos se apuraban, sin galopar, respetuosos de la voluntad de sus amos, aunque percibían cierta inseguridad en ellos ¡Les habían dado los caballos más mansos y viejos! A ellos les parecieron hermosos ¡Y lo eran! Sus formas homéricas después dibujadas en las vasijas les eran familiares por sus estudios clásicos.
Desde lejos vieron surgir de la loma un humo celeste: era la chimenea de su casa que los primos habían encendido para agasajar a los así llamados “patrones” que resultarían familiares a poco andar, incluidos en el proyecto cooperativo que traía Florencio de la patria de las cooperativas: Cataluña.
La noche los tomó en su cocina y su encuentro en el lecho nupcial estuvo sazonado con el diálogo y la cercanía del amor bien fue un momento de íntimo descubrimiento que causa cierta perplejidad mas eran jóvenes que crecieron con alguna semejanza a lo que narra Rosseuau en el Emilio, émulos de Telémaco y Nausikaa de Fenelón. Además el libro de Tobías había sido objeto de meditación en un buen curso pre matrimonial.
La sabiduría está frente al desequilibrio de un “ello” autónomo proporcionado por la ciencia del bien y del mal. La sabiduría nos rodea al alcance de la mano. Ellos habían comenzado a beberla en ese recinto de azuladas sierras y en los inspirados escritos que tendrían a mano de hombres de buena voluntad.
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