El tío Tobías se regocija de la felicidad del joven matrimonio haciendo honor a su nombre. Con diligencia les mostró el interior de la casa de donde él hacía tiempo se había mudado y que había construido recién casado. Era un simple cuadrado con el techo a dos aguas de tejas españolas. Daba las espaldas sobre una pequeña colina que la protegía del sur y allí estaban las dos habitaciones separadas por un baño. Eran amplias y rústicas, una daba al este y la otra al oeste. Delante de ellas había un salón con una chimenea al oeste y sobre una de las habitaciones y otra al este con la misma intención de dar calor a la habitación por un panel refractario y al salón. Leña no faltaba en el campo donde el monte competía con el pasto.
Unos seis metros avanzando al norte estaba la cocina que se dividía del salón por una gran mesada con cocina a leña cuya chimenea salía por el techo y tanto el salón como la parte de la cocina tenían ventanales a las sierras del este como a las del oeste dando un ambiente de mucha calidez. Dos puertas hacían dos entradas laterales, una al este y otra al oeste y en el caso de la cocina un ventanal grande al norte daba la luz permanente, sobre todo en invierno donde la cosa se ponía tierna e iluminada por el gran sol en transparente cielo que al atardecer reverberaba en la cocina. Una mesa de piedra junto al algarrobo en el patio delantero cerraba el conjunto. Allí moría el camino de entrada y desde allí como punto de observación se veían los dos cuadros alambrados, habitualmente poblados por vacas y terneros.
Detrás de la loma estaban los corrales y hacia el este a unos cien metros las casas de los peones.
Elemental la obra del tío, muy concentrado en su vida interior. En los vértices de la pared norte estaban las bibliotecas donde se veían muchos libros de devoción y se destacaban recopilaciones de los padres de la Iglesia , las obras de, San Gregorio, San Bernardo, Buenaventura, San Juan de la Cruz , Santa Teresa y algunos tomos sueltos de la Suma Teológica. Tres tomos de la Dogmática , dos de Los Misterios del Cristianismo y uno de Naturaleza y Gracia del teólogo alemán Matías Joseph Scheeben formaban el centro. En la otra pared tomitos sueltos de grandes novelas y obras de literatura Española Clásica del siglo de oro hacían el resto.
La preferencia de Tobías se explicaba por un amigo suyo que era párroco del pueblo serrano adonde concurría asiduamente: un alemán de ojos claros que dominaba el español por razones casuales y que pesaba mucho en las ideas del estanciero mallorquín que de joven había venido a instalarse y encontró a este misionero con el cual congenió inmediatamente. Él era de Colonia y de ahí su versación teológica que hundida en la sencillez de la sierra deslumbrante de los Comechingones hacían una combinación sutil y propicia para la comprensión que viene por un lado de lo leído y por otra de lo contemplado en un bello sosiego alimentado con el ritmo de antaño.
A diez kilómetros estaba el pueblo al pie de la sierra con una escuela, correo, templo en el centro de la plaza consagrado a la Virgen de la Merced , varias carnicerías menos almacenes de ramos generales y un dispensario donde atendía por fortuna un clínico que vivía en el lugar y era de la tertulia del párroco, el jefe de correos, el maestro de escuela y Tobías cuando se podía llegar al pueblo. Él prefería las conversaciones a solas con el cura alemán a quien nutría con huevos, pollos y productos de la huerta. Mateo, que así se llamaba el cura no era un hombre grande y llegó a ser determinante para la formación de Florencia así como lo fue para Tobías a quien lo condujo a la contemplación pues discernía su inclinación dominante que llegaría a tener en Fray Claudio, el nieto de Florencio su resultado más notable.
Este aire se respiraba ya en la casa cuando ingresaron los nuevos posesores que se sentaron en un momento en dos sillones de la sala echando mano de un escrito de San Buenaventura que expresaba lo siguiente:
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