jueves, 19 de enero de 2012

EL TESORO EN EL CAMPO

     Describir la casa sería como considerar la concha sin importarle a uno la perla. Aquí se trataba de la perla de gran valor, del tesoro del evangelio por el cual se compraba el campo. Me refiero al hogar: aquello mencionado por el evangelista junto a la cruz que recibió a la madre del Verbo en su intimidad  (home no house, traduce el viejo texto inglés). Se había dejado todo por este tesoro: país y padres, con los cuales existía una intimidad virtuosa. Recordamos aquello paradógico: “quien prefiere a su padre madre antes que a mí no puede ser mi discípulo”. Es decir quien me recibe y aprende de mi, que soy manso y humilde de corazón. Ellos habían sido elegidos, como muchos, para amarse en su nombre. En ello consistía la imagen y semejanza: varón y mujer los hizo.  Y llegaron a un “mansum” a un lugar para habitar, que podemos con el pensador llamar EETHOS.
    Ellos no hicieron ese viaje a su morada como aventura en contra de sus padres como Robinson y tantos otros sino que se dirigían a una intimidad que se nos antoja infinita pues que copia por gracia la cercanía de las PERSONAS DIVINAS en el seno de Dios: realidad eminente pero consistente en  cercanía que es algo al alcance de la mano.
    Sus vidas en sus lugares de origen no ofrecían amplios espacios como el lugar al cual llegaban. Además la invitación era insólita: heredar una estancia de quien había habitado contemplando y ahora, como muchos españoles de antes ( se me ocurre entre los múltiples ejemplos el de la patraña veintiuna de Juan de Timoneda), quería contemplar habitando, dejándoles todo un camino para el cual ellos se sentían llamados. Para quienes los conocían de niños y de jóvenes podía resultar sorpresivo y aun intempestivo. Ellos mismos se sintieron raros pero seguros pues los movía el amor a la morada en la verdad del ser, al viaje por ese océano del ser mencionado por Dante. Esto no lo sabe quien no lo prueba. Estos jóvenes no eran colonizadores sino habitadores, pioneros del tercer milenio. Quienes los vieron partir pensaron: “no está mal, tienen el porvenir asegurado”.
       Ha de explicarse lo que sentían ante “las cosas del habitar” en el tiempo originario cuyo futuro no estaba en la consecución de cosas sino en la cercanía de las personas en medio de tareas que convierten lo necesario para la subsistencia en alabanza, gozo y paz, porque el fin no está en la utilidad sino en sí mismas: no en el uso sino en la fruición.
       La construcción de la intimidad es lo que comenzó aquel día cuando les ardía el corazón ubicando sus pertenencias en la casa que fue de Tobías y ahora dependía de la artesanía de los esposos que encontraron en ello el motivo de sus primeros años. Ella inventando la casa y él el campo  que adquiriría una forma definitiva en su funcionamiento. Del encuentro de estas dos misiones surgirá el cosmos del matrimonio cuya enjundia es el atractivo de esta insignificante historia.

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