lunes, 4 de junio de 2012

LA CARTA AL FILÓSOFO

El martes era el mismo día que el lunes. Ellos se levantaron, ya desembarazados del tiempo que está determinado por los hechos registrados en los diarios, siempre otros y otros y al cabo iguales. El mismo día de plenitud sentían Flora y Florencio como aquellos, no sé si muchos o pocos, quienes salidos del movimiento del gran mundo se han recogido en poblados a la vera de algún río que se despeña de alguna serranía haciendo lo que iría surgiendo del misterio de la persona (esculpir maderas, pintar, componer, o simplemente “ser”), sepultado por la gran cultura del hombre civilizado. Sin duda tales hombres han sido ayudados por la comparación con los años vividos y nunca habitados en las grandes ciudades y por cierto grado de preparación educativa temprana y selecta que allí se imparte. Aquí entre sierras y árboles encontraron vecinos quietos, sin aspiraciones y pudieron leer el lenguaje de los añosos troncos de árboles tricentenarios y el de las piedras trimillonarias. Y el ritmo de antaño les fue dando vida “espiritual”, aquella despedida por Nietzsche con aplauso general de los modernos. En la misma región donde estaban Florencio y Flora existían de un cabo al otro del valle por lo menos cincuenta poblados que son y serían albergue para tales naderías de singulares peregrinos de lo absoluto. Ellos desayunaron y mientras Flora cumplía su acompañamiento al ordeñe y se venía con la leche, Florencio se había puesto a leer en la pieza del fondo de la casa las “Morales” de San Gregorio sin otro designio que la lectura misma. Así las palabras de Job se le grababan en el alma como en la yerra los animales reciben su marca y se vuelven propiedad de quien la estampa en su cuero. Esas palabras lo poseerían para siempre leídas en tal situación de sosegado arraigo. La ventanita daba al campo y dejaba que la vista se perdiera en el azul de aquellas serranías donde se asientan los mencionados pueblos de la nada, llenos de burbujeantes arroyos y aires del paraíso. Cada vez que levantaba su cabeza quizá desde aquella lejanía venía la plenitud del misterio por el cual en ese y en aquel minúsculo rincón el universo concentraba la finalidad de su creación. Sentía a Flora en la cocina y la plenitud lo embargaba. Entonces después de leer algunas lecciones del antiguo padre de la Iglesia tomó una hoja en blanco y comenzó la carta prometida a su amigo, el filósofo vasco, diciendo lo siguiente: “Se dirá: esta soledad donde habito es vacío y el hombre es un ser social. Creo que Aristóteles dijo: “el hombre es un ser político”, lo cual no es lo mismo. Tú me contaste cómo saliste mentalmente de la sociología y de la estructura social cuando descubriste la POLIS Y EL COSMOS hablando en griego. Lo que habías estudiado hasta entonces te parecía meramente descriptivo y superficial. Yo lo experimenté como una cautividad y como una exigencia tiránica frente a la naturaleza en los Pirineos. Es verdad que Rousseau nos confirmó tal cosa ya desde el Tratado de la Desigualdad mostrando la génesis de la pomposa “sociedad”, que amenaza su humanidad. Mi soledad es la del cielo azul, este azul que amamos desde niños, el de las tardes y mañanas del paraíso que decíamos ser omnipresente en ríos y montañas, lagos y praderas, separado del trajinar de los hombres. El azul del mediterráneo. Ahora me envuelve por completo ya que aquí el sol no escatima sus rayos y avanzando sin obstáculos, llegándose a ellas, parece levantar las moles pétreas de las serranías en esferas luminosas. Podemos imaginar a lo largo de ciento cincuenta kilómetros en una y otra roca sobre una y otra ladera a algún contemplador lanzando sus miradas a la amplitud del valle traspasado de luz ante un horizonte dibujado por montañas ¿Qué tienen esas miradas interminables que no se sacian de cielo, acompañados los que miran por los pastos que se agitan como largas cabelleras y las poderosas aguas resonando en el interior de las cañadas y que de pronto se quedan prendados de una nube que se desgarra en las cimas? Esperando y esperando que se amplíe más y más el corazón para una amplia visión sin querer otra cosa sino lo que provenga de las laderas vivientes que lo tienen en vilo en una mansa serenidad. ¡No, no bajarán de la montaña, no podrán atravesar la luz que los envuelve y mucho menos la noche que los hará pastores de estrellas! Yo pertenezco a esta cercanía desde el llano con la quietud de las vacas de cara blanca y la nobleza de los caballos que peregrinan de un montecito a otro como quien avanza por los cantos de la Ilíada, de la Eneida o de la Divina Comedia. Efectivamente, amigo, que tengo muchos versos que gozar en mi vida y en esta mañana que explota de luz y cae sobre la paz de las horas que vuelven a lo mismo: a la dorada tarde que es el tesoro de la simplicidad donada por quien pasando por las criaturas “vestidas las dejó de su hermosura”. Amigo, espero que tus estudios vayan creciendo en la perfección de la “bien redonda verdad de quieto corazón” y así nos beneficien a quienes tenemos oídos para oír. Nosotros aquí tenemos plenitud, por lo tanto felicidad. Pero, claro está, no la de la vida eterna ya que estamos separados localmente en esta vida y luego estaremos unidos en su plenitud gloriosa, cuando “ahora vemos en espejo y luego cara a cara”. Te alegrará saber que fundé una cooperativa de producción agrícola con quienes trabajan en la estancia de Tobías y que ya tenemos cercada la huerta y preparada la esparraguera. También debo decirte que en el pueblo hallamos un cura párroco singular: viene de la mismísima ciudad de Colonia en cuyo seminario estudió. Por ello el torrente de su alma es la patrística y la teología de Santo Tomás con la vida espiritual de Scheeben, que se dedicó a exponer el dogma mientras Nietzsche cargó contra San Pablo y la moral cristiana. Este cura singular nos ha adoptado como discípulos. No necesito encarecerte cómo entusiasma esto a Flora, quien no extraña de momento la música porque ordeña, todo quiere saber y hacer y construye el hogar con una alegría plena. Además en el pueblo hay otros personajes que han venido a profundizar sus dones en el elemento etéreo de esta sierra que llama a habitar. Hasta ahora conocí al médico (¡bueno es tener un sabio de esta clase aquí!) pero existe un extravagante estudioso de la literatura comparada que sólo quiere atender la letra y desatender las estructuras académicas. El cura ha sabido armonizar todo esto. Con esto verás que no estaremos huérfanos de todo aquello que el hombre requiere para serlo y avanzaremos hacia el origen, que es como tú dices el TELOS. Da un saludo a nuestros maestros comunicándoles nuestra estancia en el camino del campo. Te saluda tu amigo Florencio.” A continuación tomó otra hoja y escribió una carta para sus padres: “Queridos padres: En primer lugar debo decirles que la casita de Tobías era tal como esperábamos: sencilla y muy cómoda y calentita por las chimeneas y la cocina ¡Aquí hay leña sin límites! Flora la está decorando según su gusto y aprende a cocinar con sorprendente destreza. Hizo ya las empanadas mallorquinas. Ni se acuerda de la música pero sí enseña a los niños de nuestros vecinos y empleados. Estamos comprometidos con sus tareas: ordeñar, vigilar la hacienda y cosas semejantes. Amamos los caballos y especialmente a una yegua con potrillito a los que Flora mima con diligencia. Por cierto que el día se nos pasa en tareas que hacen al cultivo de la huerta, a la plantación de árboles y a la organización de esta estancia. Y la noche con nuestras lecturas favoritas. Don Tobías se ha retirado a una ermita pero los domingos nos lleva a la Misa, dada ¡por un padre alemán que se ha venido por extraordinarias razones! Para nosotros es un hecho fundamental en nuestras vidas necesitadas de un buen, un noble pastor. El pueblito donde está la parroquia es tan sencillo cuanto tranquilo y atesora todo lo que se puede en este mundo de lo que Jesús nos ha dejado: la paz. Digo mal: no todo lo que se puede pues siempre esto depende de hombres de buena voluntad que son variables en más o en menos. Evito decirles cuanto los extraño porque los llevo conmigo en el misterio cercano del hogar que ahora es el nuestro. Sí, siento un desgarro pero es el de la finitud de esta vida donde Dios todavía no ha irrumpido glorioso aunque nos ha dado la paz y la gracia, tan enviadas por San Pablo al comienzo y fin de sus cartas. Yo se las envío con todo dolor y alegría. Porque al mismo tiempo uno experimenta los contrarios en la creación. Jesús padeció y resucitó. Nosotros vamos hacia Él: somos peregrinos de Cristo. Un abrazo muy grande a mis tías y este llanto de amor bienaventurado a vosotros. Un cariñoso saludo de Flora que cuida de mí con amor. Vuestro hijo: Florencio”. He aquí que cuando vio Flora, asomándose a la habitación, que Florencio estaba pensativo con la cabeza en la mano y el codo en la mesita, juzgó que había concluido con sus cartas y llamó a comer y éste salió de su estado de perplejidad y traído por la vaciedad de su estómago y el aroma al guisito de arroz con hongos y azafrán valenciano salió hacia la mesa, delante del panorama de vacas y terneros de blancas caritas que ramoneaban en el prado frontero. Conversaron acerca de lo que acababa de escribir y que volaría sobre la amplísima llanura del mar para alcanzar la tierra natal.

1 comentario:

  1. SIGUE PUBLICANDO TODO SEGUIDO SIN PUNTO Y APARTE Y ANTES SE DISCRIMINABA EN LAS ESTADÍSITICAS DE LECTORES POR PAÍSES. AHOR SIMPLEMENTE SE VE EL MAPA. TOUT CHANGE EST...

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