martes, 29 de mayo de 2012
El lunes venía de la infinita noche de lejanía y se tocaba con lo más cercano: recorrer los senderos y vigilar la represa, punto posicional de contemplación y al mismo tiempo de control de los felices animales. El lunes post dominicam era para el domingo y éste significaba el único y mismo día, donde el tiempo vuelve y adónde el tiempo mismo vuelve.
Hay un día eterno que se comienza y ¿qué mejor para ellos a su llegada que plantar árboles? Después de almorzar tras una inmersión en el azul de la mañana transitando senderos entre algarrobos y jarillas venían Bernardo y Rosendo a enseñarles el sistema de riego por acequias que debían hacerse cuidadosamente sobre la tierra. Es así que fueron viendo dónde querían colocar sus arbolitos y diseñaron el entramado desde la fuente que las alimentaba que era el tanque australiano. Rosendo con una pala filosa fue tallando una acequia por donde el agua corría lentamente si el terreno iba hacia abajo y aún podía subir un poco si iba hacia arriba. Mientras Bernardo mostraba cómo se hacían las tazas donde viviría el árbol.
La emoción de Flora era tan intensa como si escuchara una sonata para clave. La luz, el cielo que caía sobre ellos aquella tarde, la ilusión de plantar árboles por propia mano: todo ello la embargaba en su tierna juventud. Operaba aquello mil veces repetido como algo sagrado: Varón y mujer poseyendo el hogar en el acorde íntimo de un mismo pensamiento…
Próximamente se comprarían los árboles en un vivero provincial y debía estar todo preparado. También debía aprovecharse la oportunidad para el huerto detrás de la huerta sobre la loma donde irían los frutales que proveerían de fruta a la cooperativa. ¿Era todo esto demasiado bello para ser verdadero?
Plantar árboles de sombra, plantar frutales, regarlos, obtener el “fruto cierto” es sin embargo lo más antiguo y simple que existe. En su formación literaria allí estaban Horacio con su Beatus Ille y Fray Luis de León con la Oda a la Vida Retirada que los habían tocado de jovencitos. Ahora debían leer los Nombres de Cristo. Nada más asequible, pero en la posesión del tiempo sin urgencias de un futuro impuesto desde fuera. Aquí el tiempo fluía como la acequia, cantando y esparciendo diamantes bajo el eter. Nada más primordial que el agua, como lo supieron Píndaro y Homero, nada mas aprovechable que aquellos hombres de buena voluntad que a pesar de haber pasado milenios siguen regando a las personas que han sido admitidas en el sosiego simple del camino del campo.
Las personas resuenan cabe sí como los árboles son agitados cada tarde por el viento que desciende de la sierra:
Sopla viento de la sierra
ya que siempre te he amado…
Esto escribirá muchos años después Florencio para quien Homero, Sófocles, Dante, Shakespeare, Cervantes y semejantes celebridades son personas libres del embotamiento que produce la circunstancia propia y reciben espíritu de la Providencia de quien conduce todo a su fin. Él sentía, tras largas conversaciones con su amigo, el filósofo vasco, que rompían tales escritores (para no mencionar a los filósofos y demás artistas) esa fatal continuidad de la inmanencia de una historia de la cultura donde todos las vacas son pardas. Por lo menos para él serán objeto de correspondencia permanente como si estuvieran junto a ellos con sus versos, siempre presentes cada vez que se los llama e iluminando desde adentro en la memoria cada vez más rica, habiéndose ellos procurado una “apacible soledad” donde cupieran estas voces fundamentales. Habían traducido a Cicerón de jóvenes y eso valía por toda la historia de los hechos de los romanos. Habían escuchado a Antígona y a Electra y esto valía por las idas y venidas de los griegos. Habían escuchado a Romeo y Julieta y esto valía por sobre la organización del commonwealth.
Y había un espacio donde resonaba más y más lo que desde mucho ha se ha llamado “persona”. Allí, claustrados por nuestras impalpables sierras hechas del material de los sueños.
Nada de extraño. Compartían con el caballo su querencia, la cual está tan arraigada en él que sufre todo alejamiento temporario de sus árboles, sus aromas, su aguada con ansias vivas de volver. Comprendían la exhortación incesante de la sociedad por incluir e incorporar pero no es su imperio creciente más que una amenaza para la catequesis de la persona: en algún momento escuchamos la querencia, su paráklesis, su aliento, su acercamiento. Y entonces comprendemos el día domingo, el día del Señor a quien pertenecemos y cómo lo demás es humildad en el servicio, es decir el silencio altísimo de “María”.
Precisamente lejos de la ira y la concupiscencia acontece en los campos un llamado en la cercanía significado por el vuelo de un ave, sepultado por lo que los hombres que se fueron del paraíso creen imprescindible y más y más los envuelve en la evolución.
Aquí y ahora, delante de un barbecho bajo la intensa luz dorada de la tarde, antes que el sujeto y el objeto, está lo que acontece en la cercanía, hoy y aquí. Y presto se halla a quien acompaña y da la suavidad del pensar y enseña todas las cosas: quien permanece y da la permanencia.
Ese algo muy suave, muy dulce, que abraza y va haciendo la querencia es lo que Flora y Florencio sentían cuando hacían las tazas de los arbolitos que iban a plantar. No era la comuna quien plantaba en una calle de todos sino ellos mismos volviendo así a lo originario, como los caballos que resoplaban con hondo gozo en los senderos de los montes.
Es algo muy simple el camino del campo y si hay disposición despejada habla a la inteligencia lo que ha hablado ya en las sabidurías mencionadas (para ellos valían lo que para don Quijote los libros de caballería) que conformaban la experiencia educativa de estos y de tantos otros jóvenes. Mas ¿cómo invocar a aquel en quien no han creído y cómo creer si no hemos sido predicados? decía Agustín “que te busque invocándote y te invoque creyendo en ti pues me has sido ya predicado”.
Narramos pues en esta historia sólo lo que se mueve en el mismo sitio porque no quiere ser llevado sino por quien llama en la cercanía. Las cosas que hagan Flora y Florencio le pertenecerán a este habitar y querrán principalmente lo que los trajo aquí. El ser nada quiere sino a las personas que lo poseen: el Verbo las llama y el Espíritu las unifica en lo que se ha llamado amor y que es muy otro que el usual.
No hay otro secreto ni hay que esperar a otro. El Padre habla por el Hijo de su amor y expresa precisamente al Espíritu Santo, quien nos acerca como lo más próximo de lo próximo.
No deberá luego parecer raro sabiendo como sabemos, con perfecta claridad por lo menos desde que San Agustín escribiera el De Trinitate, que las Personas Divinas desde su comunión nos llaman a participar de ella y que por lo tanto nuestros héroes no han de aburrirse en su pequeña comunión en viaje hacia un don tan prodigioso, expedito en la plenitud de los tiempos para todo aquel que quiera recibirlo.
Las palabras de San Pablo: "en la santificación está vuestro fruto mas vuestro fin es la vida eterna", no pueden ser tan ajenas a dos personas que tuvieran abierto el sentido interno para escucharlas y que estaban arraigándose en ese campo entre dos olas perpetuas de un azul vivo en matices cambiantes y bajo la fuga monumental del cielo nocturno.
Su vida fue insertada en es música monumental de lo cercano y lo lejano. Muy otra cosa pensaron y pensarán quienes los consideraron y consideren enterrados en vida. Como decía el autor del Principito de los hombres grandes diremos nosotros de los hombres de ciudades: no ven elefantes dentro de las boas y ven cultura y reuniones y gloria unos para los otros. Ya lo hemos dicho: suum quique, cada uno a su propia cosa.
Trazado el diseño del riego y señalados los sitios donde debían arraigarse los arbolitos se retiraron a sus casas los integrantes de la pequeña cooperativa y mientras Flora ayudaba a los niños a traer las lecheras con sus terneros el cielo empalidecía y se sonrosaba, la sierra grande era una llama de amor viva, el sol se marchaba acariciante, la tierra sólo habitada por vacas pampas, dorada y seca, los quebrachos, chañares, talas, algarrobos, tuscas, espinillos, breas, piquillines, conteniendo tropillas de caballos y cincuenta especies de aves.
Todo esto para sus sentidos y admiración interna, para ellos, aceptados como custodios de tal tesoro.
Muy simple y muy real. Esto acontecía para ellos, que después de emplear algún tiempo en estar con los niños de Bernardo y Amelia en la cocina los despidieron con caramelos y se recogieron en lo más íntimo de lo íntimo, en lo más simple de lo simple: su propio hogar.
Si os pareciera que defendemos la decisión de nuestros personajes digo en nombre de ellos que así como Cervantes se excusa en la primera parte de don Quijote de sus locuras ante los lectores me admiro yo de Flora y de Florencio y los envidio porque ahora ya leen la lectura del lunes con toda la Iglesia, ya desean recibir el pan de vida, ya se preparan para la cena “que recrea y enamora”, ya se introducirán en la plenitud temporal del lecho, que Ulises ha fijado sobre los brazos de un olivo y constituía la más firme de las convicciones de los esposos que juntos acababan de preparar el riego para sus árboles, entre los que se contaba el sagrado olivo de la diosa Atenea.
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ME OLVIDÉ EL TÍTULO: EL OLIVO DE ATENEA y ...sigue publicanjdo todo seguido
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