domingo, 6 de mayo de 2012

LO MAS PRÓXMO DE LO PRÓXIMO

La ciudad con la dinámica del progreso del siglo que por él se justifica seguirá su curso y quizá pudiéramos trazar la paralela del progreso “espiritual” en abstracta consonancia cuando esta palabra ha perdido connotación y significa moral en general en el siglo cuyo profeta sacudió, quizás por ello, su yugo. Nuestros personajes le habían dado la espalda, no a la bella ciudad sino a su evolución, no viendo en la cada vez más intensa luz artificial de las calles que tapa el cielo y lisonjea la noche ni el cemento que cubre la tierra y ahoga los árboles un hecho auspicioso unido al proceso de cambio hacia la masificación y la mera utilidad que se veía en las actividades nobles como el deporte y el hecho artístico. Los grandes estadios venían a ser las nuevas catedrales de una fiesta sin altar (ni alabanza de la gloria de Dios que agració al hombre) que ya había conocido Roma. En cuanto a la Atenas de la democracia habían estudiado el capítulo sexto de la Politeia y confirmado este sentimiento adverso a la indiferenciada multitud sin rostro cuando Platón muestra como los ruidos y las aclamaciones de la asamblea y la valoración de los agraciados para gobernar difícilmente podían conservar el proceso de la formación o paideia del individuo singular que consistía en hacerlo apto para la de la idea de lo bello que significa posesión de la forma y el secreto de la medida o proporción, de la cual surgía la idea de lo justo. El filósofo verdadero era pues arrojado afuera de esta atmósfera festiva multitudinaria como algo extemporáneo, una especie de inútil mira cielos en la nave del estado. Y no podría surgir en esta ciudad liberada de la medida invisible del bien un alma filosófica sino por un don divino que la preservara. En cuanto a la formación del individuo que despierta a la autoconciencia de la libertad del espíritu el ayo en el Emilio lo sustrae de las ciudades de 1750 dramatizando de forma análoga el peligro que corre el joven con la célebre expresión: la sociedad corrompe lo que la naturaleza deja ser para confluir en lo humano del hombre. La ulterior evolución de las ciudades se basa precisamente en lo contrario: todo lo real es social y sólo lo social es real. Se multiplican las cosas útiles al hombre hasta rápidamente alcanzar en todo la superfluidad La desnaturalización del deporte es lo que nuestros jóvenes tenían más a la mano y la cautividad mencionada de la belleza de la naturaleza bajo la destrucción progresiva de las casas con jardín en pro de grandes habitáculos cada vez más utilitarios. La utilidad como hemos visto no la sentían orientada a lo que habían descubierto: el Bien. Y el causante de esta actitud extemporánea sin duda había sido el filósofo del Fedro, del Symposio, del Fedón y de la República, diálogos que ennoblecen y entusiasman a las naturalezas sensibles a lo bueno y a lo bello que el descubrirlo lo toman como medida de sus sentimientos lo cual inaugura en ellos lo que se llama “in-teligencia” sabiendo un poquito de latín (ellos lo empezaron a los trece años): Intus-legere. La circunstancias fueron favorables para su partida pero su elección sin embargo la comprendieron por haber sido elegidos a esa nada, que por ello, eligieron: contemplar todo el día el cuadro de las vacas con terneros, la yegua con su potrillito y sobre todo estas sierras, lo más antiguo de lo antiguo donde sin ningún ruido más que el antiguo y natural sonido concertado de los campos poblados de sus nobles habitantes, los árboles, comenzaron a ver que el tiempo no se iba inexorablemente, como en las ciudades, medido por las últimas noticias, sino que retornaba con las horas acariciantes sobre el ser que los amparaba en el sosiego pleno en matices, entre los cuales la intimidad les era muy cara. Habían descubierto, como todo verdadero noviazgo, la intimidad e instintivamente buscaron resguardarla, como una suerte de instinto de conservación, porque les decían algunos: “¿tan jóvenes os vais a enterrar en el campo?” Y ellos contestaban: “¿irse solo con una joven tan hermosa o con un joven tan apuesto estando enamorados os parece locura?”. Y nosotros adivinamos que buscaban algo absoluto. Puesto que más había en el aldehuela que se suena: venían del hogar donde nacieron y crecieron, a la estancia, a permanecer en lo que sentían como verdad. Y fueron adquiriendo un sentido para lo más próximo de todo lo próximo como pensaba aquel pensador, por aquellos días, junto y en la montaña europea. Sus montañas, ahora lo eran, hechas brasa, por donde ese día salía la luna llena, enorme, por la cima justamente cuando se ponía el sol y el monte se oscurecía, mientras lejanos mugidos indicaban el recogimiento, respondían en el sentido de esa accesible proximidad de lo que” llama en la cercanía con el vuelo de un ave” cuando, cada atardecer, corta ese cielo de añil y da de pensar: ¡qué recogimiento callado e intenso tienen esos bosquecillos y los campos cerrados por ellos! ¿No será que ya está aquí el reino de la cercanía del ser que nos está cerca y es ya accesible, como nos dice el comienzo de toda predicación de la buena nueva? Ellos instintivamente obedecieron este llamado y luego lo fueron conociendo con aquella inteligencia formada en lo bello y lo bueno.

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