miércoles, 16 de mayo de 2012
LOS RAVIOLES PERMANECEN
/ A media mañana partieron para la Misa. Tobías orgulloso con sus sobrinos y ya hijos espirituales, que son verdaderos en grado sumo. La herencia de la tierra en este caso se transfundía con la del espíritu en sentido paulino. La promesa se ha cumplido (si acaso no fuéramos precipitados por la profecía de Zarathustra en su contradicción con esto) y la novedad está en los torrentes de gracia que ya derramaba San Pablo en sus cartas a los cristianos junto con el gozo, la paz, la paráklesis, la parresía y la piedad. Ese estrecho camino paralelo a la modernidad siguen nuestros, quizá por ello extravagantes, personajes que con ser verdaderos no se puede pedir más a esta historia.
/ Así como don Quijote veía a la reposición de la orden de caballería como necesaria nuestros tres mediterráneos veían lo nuevo dado de nuevo en sus vidas, tan espontáneas como cualquier modernidad, cuando se remitían al camino del campo. Esto no podía alejarlos de la fiesta dominical de ningún modo, ni del sentido de lo sagrado que habían recibido no en acueductos sino en los propios manantiales, lo cual ahora sería providencialmente confirmado por la presencia del cura de Colonia en aquellos lugares.
/Éste precisamente terminó el oficio de la Misa aquella mañana, a la cual ellos asistieron con esa unción que se ha tenido siempre (por muchos o por pocos) por esa pieza maestra de la salud de los hombres pobres en lo que al espíritu respecta, a los que requieren con urgencia la ayuda como los mendigos en los caminos o en las calles, como le sucedía a la mujer hemorroísa quien pensó en tocarlo entre quienes lo oprimían, al leproso aquel del “si quieres puedes limpiarme, al ciego Bartimeo que gritaba junto al camino, a Zaqueo espectador sobre el sicomoro, a la viuda de Tiro que comía de las migajas de los perrillos, al centurión del “no soy digno de que entres en mi casa”, en fin: a aquellos que tuvieron fe como un grano de mostaza y trasladáronse los montes.
/Por ello no hay más explicación que esta: se posee esta unción por la Misa, se posee una obligación o bien se la pierde en la modernización de variadas maneras. Subrayamos en los protagonistas de la historia (del día eterno) esta condición delectante con respecto a lo que podría ser más tarde considerado como una antigualla. Pero ellos en todo serían así: la emoción por leer la Vida es Sueño o la Divina Comedia les impediría comprender el hecho fácilmente comprobable de que muchos no vibraran en sumo grado ante los tercetos de Dante para no mencionar a Homero o a Sófocles y considerarlos “antiguos”. En todo caso creían que los modernos tenían que validarse con obras semejantes y no con el mero consenso epocal.
/ Con esa condición mencionada, que quizás los hacía niños, ingresaron después de La Misa en la casa parroquial del amigo y del maestro. También eran de aquellos que luego de sus padres hubieron menester de maestros que se consideraran tales y así lo había percibido, desde la llegada de ellos, Mateo, quien gustoso de recibir a sus discípulos, les tenía preparado el almuerzo que fue una agradable sorpresa para los esposos aprendices de vida hogareña. La cocinera había hecho ravioles enteramente por mano propia, receta que le pasó por cierto a Flora, quien no ansiaba otra cosa sino hacer y hacer en su cocina los elementos materiales que hacen feliz a un hogar. El entusiasmo de los primeros tiempos y el gozo de esta labor la ocupaba toda entera en estos momentos iniciales y esto nadie ni nada puede borrarlo en el curso de la vida; y es un hecho conocido cómo se transmite en materia culinaria a la próxima generación. Unido a la salsa con hongos de los pinos serranos la experiencia fue liminar para los esposos. Se habló pues de los condimentos que se producían por estos lados y de las naranjas de invierno y del vino local consumido ese día con el sello del valle: un vino de mesa que parecía un elixir cuando se le agregaba jugo de naranja.
/Todo resultó amable hasta que a los postres (flan casero) Mateo se inspiró en el siguiente discurso que se oirá, en el siguiente capítulo que como decía Cervantes de los de don Quijote bien se podría excusar.
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