martes, 1 de mayo de 2012

LOS SENTIMIENTOS DE FLORENCIO

Reconozcamos que el mundo es uno y que también el campo está, aunque en muchísima menor densidad, lleno de hombres con su libre albedrío, en el mundo. Los hombres son potencialmente iguales donde estén. Sucede que la ciudad esta llena de obras humanas y el campo de naturaleza. Lo más humano de las ciudades son las obras de arte, frecuentadas por pocos y las del campo son los “montes y riberas, los prados de verduras plantadas por la mano del Amado de flores esmaltados, la cristalina fuente, y las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos, la noche sosegada en par de los levantes de la aurora, las aves ligeras, los gamos y los ciervos saltadores , las frescas mañanas escogidas, el monte y el collado do mana el agua pura, las cavernas de la piedra que están bien escondidas, el aspirar del aire, el canto de la dulce filomena, el soto y su donaire, la llama que consume y no da pena…”. Florencio a pesar de vivir en una ciudad privilegiada fue sintiendo que el árbol no era una cosa para usar y al mismo tiempo, si la cosa fuera bella como un edificio algo para admirar, sino un signo de lo que “se alcanza por ventura”. La ciudad tenía árboles en calles escogidas pero si eran admirados por algunos el crecimiento de las obras municipales los iba raleando o apretando con las calzadas y el objeto de interés estaba en los estadios, autódromos y cosas semejantes. Esto no lo podía soportar y lo veía avanzar día a día. Sucedía otro tanto con las casas que admiraba que comenzaban a dar lugar a edificios altos e inferiores y que ya no significaban ya lo que la casa que hace soñar con la intimidad de “aquello que se alcanza por ventura”. La ciudad va unificando todo y haciendo prevalecer la diversión sobre la concentración. Él se había habituado por educación de sus padres a caminar bajo las arboledas de ciertas calles y de niño salía con su padre a caminar horas buscando aquellas calles más solitarias y siempre era estimulado por su madre a valorar los jardines, los cercos,los árboles en flor. Cuando fue adolescente era invitado a fincas montañesas, propiedad de sus amigos y en un momento llegó a experimentar lo que podemos llamar “rapto” natural: era enteramente arrebatado por el lugar sublime que no daba ya ocasión de ser quien era en la vida cotidiana. Todas las cualidades de su carácter eran arrasadas dando lugar a la burla de sus amigos que tenían planes en la montaña, deportivos, de diversión y encuentro con personas de la misma edad…Él, que en la ciudad practicaba deportes y tenía firmeza en su carácter y estudiaba una disciplina práctica perdía de vista las cosas que eran objeto de las relaciones sociales ante las enormes montañas, lagos y bosques admirando secretamente a quienes ocasionalmente habitaran solos en el extremo de un lago rodeado de montañas. Una vez trató con un matrimonio mayor que vivía en una casita frente a un verde lago y se introdujo esto en el depósito de sus íntimos deseos ¿Qué harían en los días de su vida soledosa? Y un bello sentimiento lo embargaba imaginando en el interior de esa casita la magna intensidad de la existencia. Cuando los árboles eran ellos mismos en los bosques, y ya no acompañaban su caminar meditativo lo arrasaban dejándolo sin habla y lo hacían depositario del misterio del así llamado paraíso donde el mundo es como si fuera una maqueta de papel. No tenemos que decir lo que sentía viendo a los hombres talar y explotar los bosques y cavar las montañas. Llegó a columbrar así el pecado original cuya necesidad se hacía valer en la cultura del hombre porque así fueron “conocedores del bien y del mal”, lo enteramente necesario para un ser cognoscitivo. Pero he aquí que el concepto de utilidad se le desvanecía conforme iba llegando a la edad en que conoció a Flora. Al mismo tiempo su amigo íntimo se hizo estudiante de Filosofía y lo veía absorbido por la idea del Bien que habían comenzado a ver en la preparatoria. La alegoría de la caverna era objeto de largas conversaciones en una confitería preferida con vista a una plaza poblada de tipas donde Florencio se abismaba en el 506 a y b de la República y quedó fijado para siempre en el más importante conocimiento sin el cual los demás no obtenían utilidad. La lectura de los diálogos en que estaba concentrado su amigo Martín le confirmó que lo útil verdaderamente era lo bello y lo bueno sin lo cual la utilidad de las acciones que versaban sobre las cosas se desleía. La noción de fin último aristotélica que le era conocida por sus cursos de teología en la especialización agraria cobraba, con los avances de su amigo que le hacía partícipe de sus estudios, una forma clara y definitiva: no había fines sin el fin último pues es lo que hace a los fines ser tales y a los medios adquirir sentido. Este amigo era aquel conocedor de la poesía griega y latina y también con ello lo sepultaba en la enjundia de los griegos. El compromiso con todo aquello, compartido con su amigo, lo acompañaría toda su vida pues entre amigos todo es común. Lo que era difícil de comunicarle eran sus raptos, a cuántas brazas se hundía en aquello de la contemplación que por otra parte no tenía elementos mensurables. Dice San Pablo del paraíso celestial que el hombre no sabe decirlo. Florencio no había sido llevado al tercer cielo pero el efecto era quizás el que narra Rousseau con la naturaleza que en su caso se sumaba al sentimiento del Dios revelado que deja su impresión clara del espíritu de la verdad que es el Verbo, aquel que dejó a las creaturas “vestidas de su hermosura”. Poema este muy tratado en su adolescencia en aquella escuela que fue columna vertebral de su vida, es decir: de la firmeza y consistencia de su vida que de este modo tenía la inteligencia y voluntad bajo una luz que impediría que fueran llevadas por la indeterminación de la cultura más y más ampliada, como una fotografía donde se desvanecen así las imágenes. Tampoco le era desconocido un San Agustín explicado con entusiasmo por su maestro, aquel que él prefirió en su escuela y al cual seguía con devoción. Y esto sobre Platón es miel sobre hojuelas. Mas todo se sublimó cuando sintió los azules ojos de Flora clavados en él cuando ella estaba apoyada en una columna de su escuela en un acto de apertura. Era el tiempo más apropiado para enamorarse. Flora concentró todo lo que deambulaba en el alma de Florencio (estudios humanísticos, amistad, contemplación) en un haz con el que respondió a la luz de aquellos ojos como un barco entre las olas ante las señales de un faro, de aquel del soneto 116 de Shakespeare. En ella se conoció y su alma se hizo espíritu autoconsciente y fue al ser uno con ella , uno consigo mismo y por vez primera experimentó la tan nombrada libertad. Por las calles de Barcelona o por las de Palma caminaban tal como lo dicen los versos de este soneto que escribió treinta años después: ENCUENTRO ORIGINARIO Como caen los copos de los copos de la nieve en blanco jazmín así desciende mi palabra de amor que el alma enciende y un raro puente a construir se atreve. El viento lentas nubes grises mueve y nuestro invierno íntimo se extiende en un tiempo sagrado que suspende su paso y mientras… mansamente llueve. Las calles, nuestras almas transparentes, el suave andar de amor que no se sacia, los ojos que bendicen a las gentes con dulce beatitud donde se espacia -en la simplicidad del ser presentes- la paz, cercana gloria de su gracia, Sus paseos, tomados de la mano, por el puerto sea de Palma sea de Barcelona, contemplando el mar desde la explanada originaron más tarde otros versos dedicados en los sucesivos cumpleaños de Flora en la Bendición. No podían quedar tan menguados los años de aquel enamorado con la amistad de Martín que lo impregnaba de las obras maestras reforzado con la extravagante vecindad de Aurelio. Había caminado por la costa de aquel mar de Homero, de San Pablo y de Hölderlin con la suave Flora en la nupcial mocedad de los días. Si los barcos daban que soñar en horizonte transmarinos el poeta primogénito del mar lo puso como premisa mayor: la conclusión estaría en el interior del continente, donde el remo se volviera trillo. Lo supieron por un viejo maestro homérida. La movilidad de los puertos, la versatilidad de la cultura ciudadana, la fácil utilidad de la técnica, la necesidad de darle el espacio al mal como bien y al bien como mal les hubiera estorbado la libertad de aquel íntimo acorde del pensamiento que sólo era de su propiedad y no debía concluir sino con las nueve sinfonías, los conciertos para piano y orquesta y finalmente ya ancianos con los cuartetos para cuerdas ¡Tenían mucha música para componer y sentían la vocación clara! Suum quique. No era para ellos el Omnia omnibus. Entonces sólo faltaba la chispa para encender el reguero de pólvora y esto aconteció con la proposición de Tobías. No fue muy bien comprendido por su amigo y nada por el resto de sus parientes y conocidos. Y no les faltaba motivo: la lejanía abrumadora, el mar inmenso entre medio, lo desconocido del país y sobre todo el lugar, lo invalorable en ese caso del futuro económico que le aguardaba y todas consideraciones de este jaez justificaban la conciencia cotidiana sobradamente. Pero, claro está, todos desconocían el fundamento que el mismo Florencio sólo intuía percibiendo la vibración en su alma de sentimientos profundos como los que experimentaba en la montaña pero unificados en Flora como los colores del arco iris. El fundamento era lo que suele denominarse al bulto como “místico”. En verdad lo era: hogar, unión del pensamiento y sentimientos en un sitio donde las raíces no serían amenazadas como los árboles de la ciudad por el cemento. El noviazgo, que se cree uno de los hechos mas efímeros, voltarios y accidentales, correlativo del acné, debe ser sin embargo (y por eso lo es) obra del autor de los sacramentos, cosa que cuando lo descubrió así Florencio con la necesidad del silogismo escribió su primer poema que vale aquí como aclaración de las premisas de esta novela sin el interés de las acciones y pasiones de las incesantes olas del “afuera”, que nombramos, sometidos a un sustancialismo acrítico con el dogmático: “porque ésta es la realidad”. El inocente poema fue éste: IMAGEN Y SEMEJANZA ¿No era Suyo el amor que tu persona me inspiraba? ¿No era por Su luz la belleza que revelaban tus ojos? ¡Porque mi amor era infinito! ¿Cómo puede cerrarse aquel cielo? Cuando la resonancia de tu voz se imprimía en mis entrañas, cuando tus manos me llevaban por aquellas dulces tardes, cuando tus susurros concordaban con las gotas de la lluvia, con la brisa entre las hojas. Y caminábamos aguardando en un mismo sitio, en un tiempo nuestro, con un mismo pensamiento, con un solo corazón -estremecidos- cuando sólo Él nos religaba Así lo descubría ya mayor Florencio: había obedecido una vocación, que por común que parezca fue cantada por la poesía provenzal y por Dante, antes del tumultuoso romanticismo.

2 comentarios:

  1. Bueno no solo no separa sino que no toma los poemas en sus versos Todo cambio...

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  2. No es todo de corrido pero así lo toma la nueva reforma que hicieron con esta página. De todos modos esto es borrador de novela ¡que hoy puede salir a la luz y objetivarse!

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