La tarde de primavera entre azucenas del que había sido jardín de Tobías y su esposa era nueva para ellos. Algunas rosas también reinaban ahora cuidadas por Flora que preparaba nuevos canteros de algunas flores que iba consiguiendo. Florencio seguía trabajando en la huerta por momentos ayudado por Bernardo. Todo lo tenía escalonado y de todo tenía como hemos dicho, porque el plan del autoabastecimiento era su orgullo y el comer cada una de las legumbres su sano deleite. Pero todo estaba en su comienzo, los almácigos recién brotados pedían espacio de transplante y aunque era poco de cada legumbre era mucho por las variedades. Exigía trabajo de los tres hombres en la medida en que cada uno tenía tiempo.
Florencio estaba abocado a ello y lo hacía como un ejercicio de oración ¡Qué gozoso trabajaba delante de esas sierras que emergían por todos lados como poética alabanza natural de Dios, quien allí manifestaba su cuidado por sus hijos pequeños de la creación!
Así pasó la tarde preparando los surcos para transplante con su azadón, tirando la línea con un hilo y dos estacas y aplanando el borde de una tierra ya pulverizada y dúctil, regada en lluvia fina ¡Qué aromas entonces se desprendían de los surcos y qué incomensurable satisfacción iba experimentando Florencio luego de cada surco terminado! No se cansaba de mirarlos y se creía ante una obra maestra puesto que se iba haciendo con las manos creadoras y tiernas.
Al atardecer gustaba con Flora de su obra, quien concurrió luego de encerrar los terneros lecheros en el corral. Las lomas bullían en la faz de las sierras que se bebían los últimos rayos de sol y luego de una caminada hasta la tranquera rezando el rosario se acogieron al santuario de su cocina donde cada uno siguió en su trabajo propio. Florencio debió dar una mirada al plano del campo con sus cuadros y la distribución de la hacienda, tarea en la cual le acompañó Rosendo que llegó especialmente para ello. Y esto se hizo, claro está, con mates de por medio. Los niños de Amelia vinieron a hacer los deberes para la escuela con Flora. Y así transcurrían los días de semana hasta llegar al sábado donde se reunían en sesión cooperativa.
La noche los encontraba en su lectura litúrgica y luego la literaria. Porque para ello se consgraron a la escritura sus santos desde Esquilo a Pirandello. Tales eran sus espectáculos teatralesque estimulaban su imaginación sin tasa. El tiempo se expandía para que cupieran estas necesarias actividades nutritivas que culminaban bajo la luz de las lámparas en su cuarto al cual sentían, como hemos dicho, el camarote de una navecilla que surcaba el universo en su noche infinita.
Florencio estaba abocado a ello y lo hacía como un ejercicio de oración ¡Qué gozoso trabajaba delante de esas sierras que emergían por todos lados como poética alabanza natural de Dios, quien allí manifestaba su cuidado por sus hijos pequeños de la creación!
Así pasó la tarde preparando los surcos para transplante con su azadón, tirando la línea con un hilo y dos estacas y aplanando el borde de una tierra ya pulverizada y dúctil, regada en lluvia fina ¡Qué aromas entonces se desprendían de los surcos y qué incomensurable satisfacción iba experimentando Florencio luego de cada surco terminado! No se cansaba de mirarlos y se creía ante una obra maestra puesto que se iba haciendo con las manos creadoras y tiernas.
Al atardecer gustaba con Flora de su obra, quien concurrió luego de encerrar los terneros lecheros en el corral. Las lomas bullían en la faz de las sierras que se bebían los últimos rayos de sol y luego de una caminada hasta la tranquera rezando el rosario se acogieron al santuario de su cocina donde cada uno siguió en su trabajo propio. Florencio debió dar una mirada al plano del campo con sus cuadros y la distribución de la hacienda, tarea en la cual le acompañó Rosendo que llegó especialmente para ello. Y esto se hizo, claro está, con mates de por medio. Los niños de Amelia vinieron a hacer los deberes para la escuela con Flora. Y así transcurrían los días de semana hasta llegar al sábado donde se reunían en sesión cooperativa.
La noche los encontraba en su lectura litúrgica y luego la literaria. Porque para ello se consgraron a la escritura sus santos desde Esquilo a Pirandello. Tales eran sus espectáculos teatralesque estimulaban su imaginación sin tasa. El tiempo se expandía para que cupieran estas necesarias actividades nutritivas que culminaban bajo la luz de las lámparas en su cuarto al cual sentían, como hemos dicho, el camarote de una navecilla que surcaba el universo en su noche infinita.
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