Salieron
los cuatro a caballo. Bernardo les ensilló dos de sus caballos y para Flora una
yegua mora muy mansa. Al paso salieron hacia el oeste bordeando un alambre y
teniendo a mano derecha un amplio prado de altos pastos poblado de vacas con
terneros ya grandes por destetar. Más allá un monte espeso de todos los árboles
oriundos que asombraban a los visitantes cuando cruzaron el campo entre las
vacas y se metieron en el monte por un sendero que llevaba a una aguada.
Chañares, piquillines, breas, y jarillas nunca vistas los llenaron de aromas
intensos.
Llegaron.
Florencio inspeccionó la acumulación de vacas en la puerta de la aguada y las
dejó entrar. El regocijo de los animales entrando a las aguas les hizo a todos
recordar los salmos que mencionan esta sed de las almas nobles. Ellos subieron
al borde de la represa y desde allí veían por encima del monte emerger las
sierras en toda su extensión, que abraza el valle y lo cierra por el norte con
una sierra más baja y de un color más claro que guardaba los rayos del sol por
más tiempo en el ocaso. Allí baja el río que da a la Villa del cura gaucho y
cruza una tierra de promisión.
Todo esto
le explicaba Florencio a sus amigos que llenaban sus ojos de la gloria de la
tarde expandida en el follaje inmenso, en los prados y haciendo su obra el sol en las sierras que latían emanando suavísimos efluvios de color en los
aires del valle cubierto por un cielo de un celeste tan puro como lo requerían
los rayos dorados para atravesarlos y formar una gigantesca corona estival.
Pronto el
cielo se iba tornando rosado y las sierras se encendían de carmín y sobre ella
el celeste se intensificó en una banda que se levantaba como un telón
dividiendo el cielo con un rosado que aún se pintó por encima, tan intenso que
los visitantes creían soñar. Por momentos la sierra cambiaba la intensidad de
su fuego hasta decrecer en la azulada ceniza,
acentuándose el rosado en la bóveda del cielo.
Un
espectáculo era de verdes que brillaban en los montes de árboles dando sus
líricos cantos finales del día, de sierras que volvían a pasar a un carmín más
débil ahora en un larguísimo poema épico que abarcaba todo el horizonte, del
cielo que divinizaba todo como el espíritu que reposa sobre la tierra. Toda
esta sinfonía era acompañada por indecible regocijo de miles de alas habitantes
que son como los innumerables ángeles, cima de la creación.
Los
visitantes y Flora después de pararse frecuentemente sobre los estribos y girar
de sur a norte sus cabezas mirando el amplísimo arco de las benditas montañas y
saciarse de esta vista sublime descendieron del borde donde estaban, al punto
que Florencio con gran destreza empujaba a las vacas fuera de las aguas y
cerraba la tranquera.
Emprendieron
la vuelta a la casa envueltos en maduros colores crepusculares. Allí los
esperaban los niños de Hugo y Hermíone, que así se llamaba su esposa (su padre
le había gustado ese nombre al leer una obra de Bernard Shaw) Ellos estaban
cuidados por Amelia, Mónica y Daniel quienes les mostraron la granja donde
pudieron arrojarles maíz a las gallinas y alimento a los conejos. Estaban por
cierto fascinados como todo niño que puede experimentarlo.
Llegaron y
Bernardo se hizo cargo de los caballos ayudado por los varones. Las dos mujeres
se ocuparon de la comida, otra vez improvisada. El calor era agradable y los
campos emanaban su frescura mientras las estrellas comenzaban a navegar por un
cielo de oriental zafiro enviando esos mensajes de íntimos navíos que si el
poeta no descifra sin duda los atesora como lenguajes del “signo indescifrado
que somos”.
Comieron
en la galería un escabeche de vizcacha con pan casero y ensaladas recién
cortadas con una jarra de naranjas serranas y vino regional, mientras las
sombras avanzaban por los senderos llevándose las sierras chicas los postreros
resplandores morados del ocaso.
No hay que
decir el gozo de Hermíone y Hugo que no sabían medir cuánto procedía del estar
con sus nuevos amigos cuánto del sitio especial en que vivían. Esa noche a su
vez serían hospedados por Flora en la pieza de huéspedes, donde iniciaron una
costumbre que nunca se interrumpiría durante sus vidas que ardieron desde
entonces por contigüidad como los carbones.
La
conversación fue el camino que emprendieron, que aquella noche de verano se
extendió por la abundancia de aquellos jóvenes corazones. Hablaron de todo lo
que los llenaba en aquel estado puro de la virtud teologal de la esperanza.
Salió la conversación acerca de Mateo y sobre todo de Tobías cuya vida
maravilló a los nuevos amigos.
La noche
daba para la música especial de Flora. Allí se abrió el armonio y ejecutó las
antiguas y raras composiciones litúrgicas que poseía de maestros de capilla que
por desconocidos no eran menos dignos de apreciarse. En esa soledad sonaron con
profundísima intensidad. Nueva admiración y nuevo gozo de todos que en realidad
ampliaban sus almas con la necesidad más perentoria de la vida: la amistad.
Saciados
de ella se retiraron a sus habitaciones no sin rezar al compás de aquellas
estrellas que hacían cercana su pureza a través del inefable cielo del
despejado valle.
CORRECCIÓN: DEBO QUITAR CASI TODAS LAS RELATIVAS CON QUE. AQUÍ NO HAY LIMA SINO A POSTERIORI
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