Florencio ya era otro, su interior consciente se había expandido frente a un exterior que no lo solicitaba más que para dialogar consigo mismo. Su ágora estaba compuesta por árboles, vacas y caballos, sus calles por senderos internos de aquellos cuadros alambrados para contenerlos pero que al mismo tiempo eran mejor que cualquier desierto porque nadie podía vulnerar sus soledades. Así su interior estaba lleno de ellas que sin embargo eran pletóricas de acontecimientos de los seres que se comprenden a poco como signos del amor creador de aquel que plantó el paraíso. El alma vuelta hacia el espíritu podía escuchar hasta el paso de un ángel: ¡tal era su grado de sosiego!
Y el tiempo así pasaba denotando su esencia: no era medidor de las cosas sino que en la ausencia de ellas era simplemente una vuelta, un regreso. Las palabras que argumentaban entre las cosas del mundo sólo sonaban como las aves cuando rasgan el silencio de aquellas soledades que aceptan a quienes se preparan para habitar.
El paso del caballo resuena piadoso entre los pastos que cubren los pies de tantos árboles que son casas de verdadera salud para quienes a ellos se acogen en las tardes que esparcen siempre la misma sinfonía pero más profunda porque se escucha cada vez desde más adentro.
Florencio revisaba cuadro por cuadro para pesquisar las diferentes vacas que hundidas en aquellos paradisíacos rincones tenían una salud extraordinaria. Nada las perjudica más que el ruido y la acumulación. Son animales, es cierto pero guardan viva la semejanza del criador que los hombres han perdido fabricando sus culturas propias y soberbias, siendo ellos su propia ley. Quien ha tratado con vacunos sabrá cuánto son amigos de la paz y cuánto los daña el cambio de lugar y sobre todo aquello a que los hombres las someten en bretes y manipulaciones.
Los hombres crean sus estadios multitudinarios y se embuten en ellos para todo tipo de actividades enajenantes y en ello diz que se realizan. Los animales aman el silencio y el sosiego como si fueran contemplativos.
Florencio más y más lo aprendía: los veía no ya como cosas de un sistema productivo sino como guías hacia la paz que estaba gustando en concreto. Antes conocía la palabra y el concepto abstracto, ahora estaba siendo una experiencia ¡Y en su casita lo esperaba Flora que cual araña tejía la delicada tela de la intimidad que nadie la sabe sino quien la prueba.
Este trabajo de revisar incesante abriendo y cerrando aguadas entre molinos y represas era verdaderamente una bendición.
Y el tiempo así pasaba denotando su esencia: no era medidor de las cosas sino que en la ausencia de ellas era simplemente una vuelta, un regreso. Las palabras que argumentaban entre las cosas del mundo sólo sonaban como las aves cuando rasgan el silencio de aquellas soledades que aceptan a quienes se preparan para habitar.
El paso del caballo resuena piadoso entre los pastos que cubren los pies de tantos árboles que son casas de verdadera salud para quienes a ellos se acogen en las tardes que esparcen siempre la misma sinfonía pero más profunda porque se escucha cada vez desde más adentro.
Florencio revisaba cuadro por cuadro para pesquisar las diferentes vacas que hundidas en aquellos paradisíacos rincones tenían una salud extraordinaria. Nada las perjudica más que el ruido y la acumulación. Son animales, es cierto pero guardan viva la semejanza del criador que los hombres han perdido fabricando sus culturas propias y soberbias, siendo ellos su propia ley. Quien ha tratado con vacunos sabrá cuánto son amigos de la paz y cuánto los daña el cambio de lugar y sobre todo aquello a que los hombres las someten en bretes y manipulaciones.
Los hombres crean sus estadios multitudinarios y se embuten en ellos para todo tipo de actividades enajenantes y en ello diz que se realizan. Los animales aman el silencio y el sosiego como si fueran contemplativos.
Florencio más y más lo aprendía: los veía no ya como cosas de un sistema productivo sino como guías hacia la paz que estaba gustando en concreto. Antes conocía la palabra y el concepto abstracto, ahora estaba siendo una experiencia ¡Y en su casita lo esperaba Flora que cual araña tejía la delicada tela de la intimidad que nadie la sabe sino quien la prueba.
Este trabajo de revisar incesante abriendo y cerrando aguadas entre molinos y represas era verdaderamente una bendición.
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