La vida del mundo es ante todo incesante paso: un día desplaza al otro y no se comprende porqué se defiende a rajatabla cuando San Pablo exclamó aquello que lo sana: No vivo yo sino Cristo en mí.
Nuestros personajes ya habían comprendido que era la vida muerte y la muerte vida por más que nadie se libra de la dinámica arrebatadora sino por medio de un ejercicio inclusivo.
La paz no podía surgir sino por la imitación del santo que la había experimentado como "la unidad de los instantes en Cristo". Y éste era el hermano Carlos de Foucauld que traían las hermanitas de la paz como guía.
La unidad de los instantes la lograba por la adoración del santísimo en la vida del desierto. Los días, sin más límite que el sol que sale y se pone sin sucesos que no sean el simple abastecerse de alimentos elementales con algunos lugareños y trabajar con ellos ocasionalmente, se incluyen en el mismo día y las capas que integran la personalidad se van desprendiendo hasta dejar libre a la persona que uno es y no apareció mientras se configuraba el rol que el mundo le había ido asignando.
¡Y a fe que la persona es tierna! Porque es imagen de Dios que uno cree que estaba fuera y llamaba desde dentro. Mecum eras sed tecum non eram.
A nadie importa en el mundo nuestra persona y sí quizás nuestra personalidad con suerte sea requerida. El hermano Carlos la tuvo complicada y se fue purificando hasta que emergió -oración y adoración mediante- la persona.
Las hermanitas habían dejado a los esposos libros acerca del hermano Carlos donde se reconocía todo lo que ellos amaban en San Agustín, Santa Teresa, San Juan de la Cruz.
Resulta pues que Dios es quien llama en la cercanía, es el otro Paráclito y llama configurando a cada uno que no esté obstaculizado por el pecado.
Tal fue pues la consecuencia de la gran visita que habían recibido en la Bendición mientras llegaba la Pascua y los campos maduraban entre verbenas silvestres poniendo en olvido el cetro y el oro como dijo Fray Luis.
Nuestros personajes ya habían comprendido que era la vida muerte y la muerte vida por más que nadie se libra de la dinámica arrebatadora sino por medio de un ejercicio inclusivo.
La paz no podía surgir sino por la imitación del santo que la había experimentado como "la unidad de los instantes en Cristo". Y éste era el hermano Carlos de Foucauld que traían las hermanitas de la paz como guía.
La unidad de los instantes la lograba por la adoración del santísimo en la vida del desierto. Los días, sin más límite que el sol que sale y se pone sin sucesos que no sean el simple abastecerse de alimentos elementales con algunos lugareños y trabajar con ellos ocasionalmente, se incluyen en el mismo día y las capas que integran la personalidad se van desprendiendo hasta dejar libre a la persona que uno es y no apareció mientras se configuraba el rol que el mundo le había ido asignando.
¡Y a fe que la persona es tierna! Porque es imagen de Dios que uno cree que estaba fuera y llamaba desde dentro. Mecum eras sed tecum non eram.
A nadie importa en el mundo nuestra persona y sí quizás nuestra personalidad con suerte sea requerida. El hermano Carlos la tuvo complicada y se fue purificando hasta que emergió -oración y adoración mediante- la persona.
Las hermanitas habían dejado a los esposos libros acerca del hermano Carlos donde se reconocía todo lo que ellos amaban en San Agustín, Santa Teresa, San Juan de la Cruz.
Resulta pues que Dios es quien llama en la cercanía, es el otro Paráclito y llama configurando a cada uno que no esté obstaculizado por el pecado.
Tal fue pues la consecuencia de la gran visita que habían recibido en la Bendición mientras llegaba la Pascua y los campos maduraban entre verbenas silvestres poniendo en olvido el cetro y el oro como dijo Fray Luis.
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