lunes, 21 de abril de 2014

SEMANA SANTA

En el día en que la luna estaba redonda comenzó la semana santa. El campo parecía absorber o aspirar todo. El domingo de Ramos los congregó en la Misa donde se leyó toda la Pasión según San Mateo, desde la oración en el huerto.
Esta lectura solemnizada por el padre Mateo se destacó como la obra dramática central de todo lo creado. Si el crear es permitir que sea cada cosa a su tiempo, darle la libertad del ser, la plenitud de los tiempos se verificó en la Pasión.
¡Qué ritmo tienen allí las palabras que narran cómo el Verbo encarnado habla a toda la creación! “Padre, que pase de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”… “mi alma se contrista hasta la muerte”…
Nuestros jóvenes de almas tiernas sentían el fuego que las grababa de tal modo en aquella circunstancia de sus vidas que verdaderamente eran absorbidas por ellas. El silencio de la cruz y el rostro de Jesús los determinó a ser en aquel misterio de cercanía que se inscribió sobre ese eje del camino que comunicaba la estancia “la Bendición” con la redondeada loma donde habitaban las hermanitas pasando por la parroquia donde el cura alemán había sentado sus reales.
El aura violáceo de la sierra que ora los cubría junto a la loma y en el pueblo ora los abrazaba en todo el valle, que se contemplaba desde la Bendición, los abrazaba dándoles una condición de seres pintados por maestros coloristas en una tela inmaculada es decir: vacía de toda obra donde los hombres invadieran con su inquietud conquistadora.
Luego de aquel domingo que preludiaba la primera Pascua de la familia de la paz en la parroquia amiga avanzaron en el lunes santo. La tarde mostró el tesoro del follaje áureo de los álamos como si fueran columnas del templo que honraba a la virgen junto a la colina del Esquilino. El cielo pintado por el Angélico se fue espesando hasta que la extensión de la sierra se volvió de carmín. En esa instancia salía la luna llena, mientras el sol se ponía en las sierras de enfrente y el campo quedó oscuro por un momento.
Se podía presumir que la tierra ejercitaba el escenario de la Pasión. Lo encarnado de tantos kilómetros de sierra veteado de azul en las cañadas con la luna que se asomaba los abismó a Flora y Florencio que deambulaban por la huerta. Arrasados por tal visión fueron caminando hacia la casa. Habían juntado verdura y huevos, cosas del habitar, pero en medio de lo sublime de esa luz crepuscular que poco a poco iba a ser ganada por la de la luna pascual y el lucero vespertino que la acompañaba navegando ahora en un cielo de carmín.
Subió la luna adueñándose de una noche que sin embargo mantenía el tenue rosado encendido de la sierra que no dejaba de arder, ahora como llama de amor viva que tierna hiere del alma en el más profundo centro.
Los esposos recién casados estaban allí sin saber si eran materia de un cuento. La casa los iba llamando y tardaron mucho en encender las lámparas y en permitir a las palabras que irrumpan en sucesión temporal. La luz pascual se introducía en la galería y en la casa ardiendo el corazón. El aire estaba fresco y pronto encendieron la cocina a leña. En silencio se sentaron juntos y comenzaron el rosario más profundo que recuerdan haber rezado en tarde alguna de sus vidas.
Lo siempre mismo de ellas los había hecho entrar en el misterio de lo simple en aquel ritmo de la paz.
Como hemos repetido esto fue posible por la protección de la gracia que diligentemente recibían de lo que podemos llamar Iglesia que es por definición PLEROMA.
Ellos, como después mostraron a sus hijos y nietos, han sido verdaderamente libres en cuanto determinados por sí mismos y no por lo otro que sí mismos. La esclavitud de Egipto fue el objeto de la Pascua y ésta se proyecta en la plenitud de los tiempos que estalla en el cuerpo de la Iglesia.

Desde ese día comprendieron lo absoluto de la libertad en el vivo catecismo desde la posesión del propio hogar.

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