En el día en que la
luna estaba redonda comenzó la semana santa. El campo parecía absorber o
aspirar todo. El domingo de Ramos los congregó en la Misa donde se leyó toda la Pasión según San Mateo,
desde la oración en el huerto.
Esta lectura
solemnizada por el padre Mateo se destacó como la obra dramática central de
todo lo creado. Si el crear es permitir que sea cada cosa a su tiempo, darle la
libertad del ser, la plenitud de los tiempos se verificó en la Pasión.
¡Qué ritmo tienen
allí las palabras que narran cómo el Verbo encarnado habla a toda la creación!
“Padre, que pase de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la
tuya”… “mi alma se contrista hasta la muerte”…
Nuestros jóvenes de
almas tiernas sentían el fuego que las grababa de tal modo en aquella
circunstancia de sus vidas que verdaderamente eran absorbidas por ellas. El
silencio de la cruz y el rostro de Jesús los determinó a ser en aquel misterio
de cercanía que se inscribió sobre ese eje del camino que comunicaba la
estancia “la Bendición ”
con la redondeada loma donde habitaban las hermanitas pasando por la parroquia
donde el cura alemán había sentado sus reales.
El aura violáceo de
la sierra que ora los cubría junto a la loma y en el pueblo ora los abrazaba en
todo el valle, que se contemplaba desde la Bendición , los abrazaba dándoles una condición de
seres pintados por maestros coloristas en una tela inmaculada es decir: vacía
de toda obra donde los hombres invadieran con su inquietud conquistadora.
Luego de aquel
domingo que preludiaba la primera Pascua de la familia de la paz en la
parroquia amiga avanzaron en el lunes santo. La tarde mostró el tesoro del
follaje áureo de los álamos como si fueran columnas del templo que honraba a la
virgen junto a la colina del Esquilino. El cielo pintado por el Angélico se fue
espesando hasta que la extensión de la sierra se volvió de carmín. En esa
instancia salía la luna llena, mientras el sol se ponía en las sierras de
enfrente y el campo quedó oscuro por un momento.
Se podía presumir
que la tierra ejercitaba el escenario de la Pasión. Lo encarnado de tantos
kilómetros de sierra veteado de azul en las cañadas con la luna que se asomaba
los abismó a Flora y Florencio que deambulaban por la huerta. Arrasados por tal
visión fueron caminando hacia la casa. Habían juntado verdura y huevos, cosas
del habitar, pero en medio de lo sublime de esa luz crepuscular que poco a poco
iba a ser ganada por la de la luna pascual y el lucero vespertino que la
acompañaba navegando ahora en un cielo de carmín.
Subió la luna adueñándose
de una noche que sin embargo mantenía el tenue rosado encendido de la sierra
que no dejaba de arder, ahora como llama de amor viva que tierna hiere del alma
en el más profundo centro.
Los esposos recién
casados estaban allí sin saber si eran materia de un cuento. La casa los iba
llamando y tardaron mucho en encender las lámparas y en permitir a las palabras
que irrumpan en sucesión temporal. La luz pascual se introducía en la galería y
en la casa ardiendo el corazón. El aire estaba fresco y pronto encendieron la
cocina a leña. En silencio se sentaron juntos y comenzaron el rosario más
profundo que recuerdan haber rezado en tarde alguna de sus vidas.
Lo siempre mismo de
ellas los había hecho entrar en el misterio de lo simple en aquel ritmo de la
paz.
Como hemos repetido esto
fue posible por la protección de la gracia que diligentemente recibían de lo
que podemos llamar Iglesia que es por definición PLEROMA.
Ellos, como después
mostraron a sus hijos y nietos, han sido verdaderamente libres en cuanto
determinados por sí mismos y no por lo otro que sí mismos. La esclavitud de
Egipto fue el objeto de la
Pascua y ésta se proyecta en la plenitud de los tiempos que
estalla en el cuerpo de la
Iglesia.
Desde ese día
comprendieron lo absoluto de la libertad en el vivo catecismo desde la posesión
del propio hogar.
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