El cura amaba este lugar y a sus moradores pero debía atender su parroquia y las monjas debían irse con él de vuelta a su lugar en la sierra.
La vida en las actuales condiciones es estrecha pues las ocupaciones y los lugares separan pero "en la casa de mi Padre hay muchas moradas" y allí todos estaremos juntos se decía el cura lleno su corazón de amor a sus hijos mientras el automóvil que los llevaba avanzaba hacia las sierras que semejaban una pincelada dada por un ángel en el azul del valle.
La separación desconsuela cada vez verificando la sucesión de los tiempos propios de la finitud. Ahora estamos juntos en paz y luego debemos partir en diversas direcciones. En el monasterio de San Bernardo, en Claraval, viviríamos todos adentro, pensaba Mateo.
Los esposos también sentían la separación pero con la diferencia de la intensidad de lo íntimo a lo cual son llamados. La solución la tenía Jesús: "hay muchas moradas". Efectivamente allí no habría marido y mujer.
Sin embargo se proponían la anticipación de la vida eterna a la cual ya somos todos invitados por recibir la Buena Nueva de la encarnación del Verbo desde donde todo ha sido asumido por la eternidad. Así con el camino pascual abierto se hacían fuerza para avanzar en él paso por paso en esta vida agradeciendo el don de la paz.
Ahora Mariana, Inés, Flora y Florencio habían puesto un pie en la vida eterna y no dejarían de ir hacia ese punto. El cura soporte sacerdotal se beneficiaba por su parte formando parte de una familia, la de la paz, hermosa palabra que exhala aromas del fin conseguido por Jesucristo, quien da su paz antes de partir.
Ahora juntaban filas como la falange espartana no pensando solamente en vivir sino en habitar desde ya en el hogar de Nazaret y protegerse ante una instancia ontológica donde el ser está separado de los entes.
Así la separación no es accidental. Si hay un puente, un pontífice, debemos pensar en la obstrucción del paso. "En el mundo tendréis tribulación...os perseguirán". Formaban pues un hogar en familia.
Así la comunión del Espíritu Santo formaba esta familia que irradiaría por los aledaños, por los arrabales bajo esa fuerza contradictoria que expele y divide las ovejas y corderos.
Había trabajo que hacer por más que estuvieran en aquel paraíso que en realidad era una antesala. Había mucho que trabajar con las virtudes y los dones y las bienaventuranzas para subir al monte. Había que recibir la gracia de los sacramentos y subir por los escaños de la oración. Había que remansarse en María que en el Magnificat dio el horizonte de comprensión.
La plenitud es pues una resultante de esta mediación.
La koinonía del Espíritu, el consuelo del Paráklito llena el abismo y ciega la separación.
La promesa se ha cumplido y el reino está en la cercanía. Hacia allí se dirigían intrépidos mientras la modernidad buscaba la vida, meramente la vida del mundo.
La vida en las actuales condiciones es estrecha pues las ocupaciones y los lugares separan pero "en la casa de mi Padre hay muchas moradas" y allí todos estaremos juntos se decía el cura lleno su corazón de amor a sus hijos mientras el automóvil que los llevaba avanzaba hacia las sierras que semejaban una pincelada dada por un ángel en el azul del valle.
La separación desconsuela cada vez verificando la sucesión de los tiempos propios de la finitud. Ahora estamos juntos en paz y luego debemos partir en diversas direcciones. En el monasterio de San Bernardo, en Claraval, viviríamos todos adentro, pensaba Mateo.
Los esposos también sentían la separación pero con la diferencia de la intensidad de lo íntimo a lo cual son llamados. La solución la tenía Jesús: "hay muchas moradas". Efectivamente allí no habría marido y mujer.
Sin embargo se proponían la anticipación de la vida eterna a la cual ya somos todos invitados por recibir la Buena Nueva de la encarnación del Verbo desde donde todo ha sido asumido por la eternidad. Así con el camino pascual abierto se hacían fuerza para avanzar en él paso por paso en esta vida agradeciendo el don de la paz.
Ahora Mariana, Inés, Flora y Florencio habían puesto un pie en la vida eterna y no dejarían de ir hacia ese punto. El cura soporte sacerdotal se beneficiaba por su parte formando parte de una familia, la de la paz, hermosa palabra que exhala aromas del fin conseguido por Jesucristo, quien da su paz antes de partir.
Ahora juntaban filas como la falange espartana no pensando solamente en vivir sino en habitar desde ya en el hogar de Nazaret y protegerse ante una instancia ontológica donde el ser está separado de los entes.
Así la separación no es accidental. Si hay un puente, un pontífice, debemos pensar en la obstrucción del paso. "En el mundo tendréis tribulación...os perseguirán". Formaban pues un hogar en familia.
Así la comunión del Espíritu Santo formaba esta familia que irradiaría por los aledaños, por los arrabales bajo esa fuerza contradictoria que expele y divide las ovejas y corderos.
Había trabajo que hacer por más que estuvieran en aquel paraíso que en realidad era una antesala. Había mucho que trabajar con las virtudes y los dones y las bienaventuranzas para subir al monte. Había que recibir la gracia de los sacramentos y subir por los escaños de la oración. Había que remansarse en María que en el Magnificat dio el horizonte de comprensión.
La plenitud es pues una resultante de esta mediación.
La koinonía del Espíritu, el consuelo del Paráklito llena el abismo y ciega la separación.
La promesa se ha cumplido y el reino está en la cercanía. Hacia allí se dirigían intrépidos mientras la modernidad buscaba la vida, meramente la vida del mundo.
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