lunes, 23 de junio de 2014

EL AUTOR SE REGOCIJA

Lo fundamental lector que acaso hubieres leído a nuestro Cervantes en su novela y a Shakespeare en la Tempestad es que lo que allí se significa delinea lo que los sacramentos operan: la santidad tan circunscripta
a lo que se llaman "santos" y son beatificados.
En nuestra narración los sacramentos son personajes como en la pintura de Van der Weiden. Realizan lo que significan y no estamos dispuestos a dejarlos fuera de la realidad novelística obrando en nuestros personajes lo que todos efectúan y cada uno de por sí.
 El pan cruje en las manos y bendice la boca cada día y es a su vez signo de máxima santificación  y une corporalmente al Hijo de Dios así como el agua es mejor que el oro y santifica al bautizado adoptándolo como hijo de Dios. En ambos puesto el  elemento se pronuncia la palabra y adviene el sacramento.
Tenemos a don Quijote como el santo español y a Miranda como la esencia de la mujer vista por el varón en el claro del encuentro originario y a esto nos atenemos sin necesitar más que la belleza de lo que tiene que ser. 
Nos deleitamos con ello en la medida que aborrecemos como resultan ser las cosas por omisión de la misericordia de quien da los sacramentos a través de la sangre de la cruz.
Tomamos este inefable regalo siguiendo la significación operante y nos regocijamos de ello en el matrimonio en su primer año en la estancia la Bendición, lejos del mundanal ruido y en la senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.          

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