sábado, 7 de junio de 2014

LA MANSA SOCIEDAD

Al día siguiente todavía Florencio, Flora y su tío volvieron al pueblo a la mañana para asistir a la Misa de Resurrección y allí se encontraron de nuevo con las monjas y llenos de gozo y de luz otoñal asumida por las montañas a cuyo pie estaba el templo.
Pascua o bienaventuranza terna a la vista, encuentro con Jesucristo glorificado. No se puede imaginar el gozo de participar en nuestra propia glorificación incoada por la plena gracia.
 No sé qué piensan en general los hombres de tal acontecimiento aunque vemos que siguen sus vidas ciudadanas como si nada hubiera acontecido. Lo que sí podemos atestiguar que aquellos corazones jóvenes eran brasas o "cauterio suave" y la mente que veía lo que ojo no vio hasta que llegó la plenitud de los tiempos y fue revelado a los pequeños. 
De la humildad a la gloria. Nadie lo sabe si no lo prueba. La sabiduría ha invitado a gustarlo desde antiguo y en este domingo de los domingos se concentra la paz.
Como pueden imaginar el padre Mateo les tenía preparado el almuerzo y allí se encontraron y allí festejaron la Pascua como una familia. La juventud se pone metas. Nuestros jóvenes esposos y las hermanitas de la paz tenían ante sí el horizonte, el proyecto, el plan era el del ser. Si la muerte corta todas las posibilidades y pone en curso a los que existen hoy había sido vencida la muerte con la resurrección y el presente se les ensanchaba en aquel valle como si fuera el preludio del cielo por su simplicidad. 
Pocos elementos que eran cosas del habitar y mucho cielo y color inefable de las sierras y miles de pájaros y nobles animales e invalorables árboles ¿Porque cuanto valen los talas y algarrobos que salen al paso por todos lados? ¡Que lenguaje en el silencio: sí que son seres que significan lo absoluto!
Ellos tenían esta circunstancia y un horizonte que los abría en el ser y un cielo que los hacía libres para las estrellas. 
Nuestros Florencio y Flora habían roto el tegumento ciudadano hacía menos de un año y a pesar de la nobleza de sus ciudades de origen experimentaban esta libertad absoluta llena y espesa en el vacío de la simplicidad. La Providencia les había deparado algo que ya no se estimaba en la modernidad: un sacerdote confesor que amaba la liturgia como tiempo sagrado que daba esa vuelta a la Pascua que ahora se proyectaría hasta Pentecostes. Un tiempo que era en verdad "imagen movil de la eternidad" que los colmaba de contenido habitativo en aquel valle serrano relativamente aislado perdonado por pobre o salvado por escondido "do la paz viste pellico y conduce cabras del llano al monte u ovejas del monte al llano".
No, nadie con alma espiritual debería sentirse sin porvenir en un valle semejante lleno de la liturgia que es imagen de la eternidad.
Su primera Pascua en aquel otoño iba a ser una misma y fructuosa vida. Una pequeña plenitud hogareña,  no sólo por la huerta que ya producía para derrotar cualquier miseria y para deleitar los paladares más exigentes de Europa. FLorencio pudo hacer realidad sus estudios de agronomía en aquella especialidad extendida a la granja. Si hay que comer para vivir y trabajar con el sudor de la frente nada hay más vivo, más libre y autodeterminado como una granja perfectamente organizada que remata en la elaboración de la producción del dulce al escabeche.
Florencio ya tenía en su cooperativa una industria alimentaria en pequeña y satisfactoria escala: la de la vida hogareña, que podía constituirse en ejemplo para los que no estuvieran mutilados con respecto a la virtud. 
Pasaron la tarde con la añadidura de sus amigos que frecuentaban la casa del cura: el médico, el profesor, el dueño de los Ramos generales, el jefe de correo que desfilaron por turno de mate en mate. 
El tío Tobías hizo sociedad como un ermitaño que luego se vuelve de lleno en lleno a su ermita entre los árboles y los pájaros, compañeros sin mengua.

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